Nessy

Tras el trayecto en TransMilenio, llegué al lugar donde mi hermanito entrenaba religiosamente de lunes a viernes. Él nunca faltaba, ni un solo día.

Y ahí estaba: corriendo detrás del balón, con los mismos zapatos que yo le había comprado.

Me emocionaba profundamente, me sentía como esas madres que asisten a ver jugar a sus hijos y estarían listas para enfrentarse a cualquiera que se atreviera a tocarlos. Así de intensa era yo con él. Y eso que solo estaba entrenando.

Incluso el entrenador notó mi entusiasmo. Me observaba de reojo de vez en cuando, como si estudiara mi reacción, hasta que finalmente se acercó para hablarme.

—¿Conoces a Ángel? —preguntó, sin dejar de vigilar a los chicos en la cancha.

Me giré hacia él de inmediato, con una sonrisa de orgullo imposible de ocultar.

—Sí. Ángel es mi hermano.

El entrenador asintió con aprobación y luego fijó la mirada en él.

—Es un muchacho muy talentoso —dijo—, muy entregado y disciplinado. Tiene mucho futuro.

Sentí que el pecho se me iba a estallar de emoción al escuchar eso. Que alguien reconozca su valor es un orgullo que no cabe en palabras. Al instante me lo imaginé jugando en grandes equipos, en estadios llenos coreando su nombre.

Sonreí aún más; y aunque creía que era imposible, la sonrisa se me ensanchó hasta dolerme. Pero entonces el entrenador añadió algo más.

—Sin embargo —dijo, bajando un poco el tono—, por alguna razón le cuesta mucho relacionarse. Y eso es un problema, porque el fútbol no es un deporte solitario: es trabajo en equipo.

Sabía que su timidez era un obstáculo, y tenía razón: si le costaba conectar con sus compañeros, todas sus otras cualidades podrían verse opacadas.

—Creo que debería trabajar en eso —añadió—. Ya se lo he dicho, pero todavía no he logrado hablar con su madre. Tal vez tú, como hermana, puedas ayudarlo. Créeme, tiene un enorme futuro.

Me quedé en silencio, mirándolo fijamente, pero por dentro ya había tomado una decisión: lo esperaría a que terminara y hablaría con él. Tenía que hacerlo.

Esperé a mi hermano hasta que terminó el entrenamiento. Quería contarle que ya tenía trabajo y que por fin podría ayudarlos, pero también hablar con él sobre su timidez.

—Juegas muy bien —le dije, tanteando el terreno.

Él sonrió de inmediato, con esa modestia que siempre lo ha caracterizado. Ángel nunca ha tenido ego; parece que cada cumplido le pesa más de lo que lo enorgullece.

—El entrenador me comentó que casi no hablas con tus compañeros —añadí tras un silencio—. ¿Por qué sucede?
Él se encogió de hombros.

—Durante los partidos sí lo hago —respondió bajando la mirada—. ¿No basta con eso?

—No, Ángel. Un equipo no existe solo dentro de la cancha —le respondí con suavidad—. También fuera de ella. Necesitas hablar con ellos, confiar, conocerlos.

Siguió caminando, arrastrando el pie contra una piedrecita y evitando encontrarse con mis ojos.

—Quizás lo sé —murmuró tras un largo silencio—. Pero, desde niño me cuesta muchísimo.

Volvió a callarse, hasta que de pronto lo soltó todo:

—Cuando papá vivía, pasaba tanto tiempo con miedo de volver a casa que simplemente dejé de hablar con todos —tragó saliva, como si cada palabra le doliera al salir—. Me encerré en ese miedo, y aunque papá ya no está, creo que nunca logré salir de ahí.

Sentí cómo se me rompía el corazón. Siempre había intuido que la timidez de mi hermano tenía su origen en ese infeliz, pero escucharlo de su propia voz fue un golpe directo que me destrozó por completo.

Me aclaré la garganta, buscando las palabras adecuadas —aunque sabía que no tenía ningún derecho a exigirle nada—:
—¿Y qué tal un psicólogo? —le propuse—. Podríamos ir los dos juntos.

Él se detuvo en seco, sin levantar la vista. Se quedó pensativo unos segundos y luego retomó el paso, respondiendo en un susurro casi inaudible:

—No sin mamá. No si no somos los tres… juntos.

Lo alcancé rápidamente, pero no supe qué decir. No pude contradecirlo, porque tenía toda la razón. Los tres necesitamos sanar, y al final, con nuestras diferencias, mamá y yo solo hemos terminado arrastrándolo a él.

—Hablaré con ella —le prometí con firmeza—. El viernes, en cuanto salga del trabajo, iré a hablar con ella.

—¿Ya conseguiste trabajo? —preguntó de golpe, y sus ojos se iluminaron de entusiasmo.

—Sí, en una casa particular —le respondí con una sonrisa, rodeándole los hombros con el brazo—. Una casa enorme.

—¿Y no te parece tedioso tener que limpiar algo tan grande? —bromeó él.

—Solo tengo que hacerlo cinco días a la semana —me encogí de hombros—. Además, vive una sola persona ahí.

Después de eso, la conversación cambió por completo. Dejamos a un lado lo doloroso y lo pesado. Reímos, jugamos como cuando éramos pequeños, y durante ese rato, simplemente fuimos felices.

Aunque yo sabía que tarde o temprano tendría que volver a enfrentarme a la realidad.

Me despedí de él totalmente decidida: hablaría con Sol sobre todo esto. Ella siempre ha sido madura, directa, y nunca me maquilla la verdad aunque duela. Por eso es mi gran apoyo, incluso cuando sus palabras cortan como cuchillas.

Un verdadero amigo es quien se atreve a decirte lo que no quieres escuchar, no quien repite tus propias palabras como si fueran la única verdad.

Busqué las llaves que Sol me había dado, pero no aparecían por ninguna parte. Seguramente se me habían olvidado en el consultorio de Mafe o, peor aún, en la casa de Gray.

Y entonces me golpeó de nuevo ese pensamiento incómodo: ¿y si Gray vio el dibujo? Ese último que jamás debió haber visto.

Si lo hizo, la relación entre jefa y empleada se volvería insoportablemente tensa.

Con la mente hecha un nudo, llegué al apartamento de Sol. Toqué dos veces, esperando escuchar su voz tranquila, pero lo que salió desde adentro fue muy distinto.

—¡Ya, déjame en paz, vete! —gritó, desesperada, como si alguien la estuviera acorralando.
Me quedé congelada, confundida.

—¿Eh? ¿Sol? —balbuceé en voz baja— Soy yo, Ness…

No alcancé a terminar. La puerta se abrió bruscamente y una mano me jaló hacia dentro. Sol la cerró de golpe y echó el seguro, como si el mismo diablo la persiguiera.

La escena me heló la sangre.

El sofá blanco estaba manchado de gotas oscuras y frescas que se extendían como un mapa de dolor. Sus brazos… Dios, sus brazos estaban cubiertos de cortes, desde la muñeca hasta casi el hombro, como si hubiera intentado bloquear un ataque con un cuchillo.

—¿Q-qué te pasó? —pregunté jadeando, sintiendo cómo mi propia voz se quebraba—. Sol, ¿por qué no has ido al hospital?

Ella me miró con los ojos desorbitados; su pecho subía y bajaba como si acabara de escapar de una pesadilla.

—Porque podría seguir ahí afuera —susurró, temblando.

Me giré instintivamente hacia la ventana, luego hacia la puerta. Nada. La calle parecía tranquila.

—¿Quién? —pregunté casi en un hilo de voz.

Sol no respondió de inmediato, como si pronunciar el nombre le diera más fuerza a aquello que la había atacado. Solo apretó los dientes y murmuró:

—Llamé a la policía, pero aún no llegan.

Mi corazón se aceleró. Tenía que sacarla de ahí, llevarla a un hospital; no estaba tan lejos.

Me acerqué y la sujeté con cuidado, pero ella se aferró al suelo como un animal herido que se niega a abandonar su escondite.

—Vamos, Sol, por favor —le insistí—. No hay nadie allá afuera, estás a salvo conmigo.

Ella negó con la cabeza, los labios blancos de tanto presionarlos.

—No lo entiendes… —dijo con la voz rota.

—Confía en mí —le supliqué, mirándola a los ojos, sin importarme que su sangre comenzara a manchar mi ropa—. No voy a dejar que te pase nada.

Sus pupilas vibraban de miedo; por un segundo sentí que ni siquiera me veía a mí, sino la sombra de lo que la había atacado. Tuve que sostener su rostro con ambas manos, obligándola a mirarme.

—Soy yo, Nessy. Estoy aquí. Nadie más.

Ella tragó saliva y, tras unos segundos eternos, asintió apenas. Con un movimiento lento, casi vencida, me permitió ayudarla.

No entendía nada de lo que había pasado, ni quién demonios podía haberle hecho eso a mi Sol, pero en ese instante no importaba. Solo importaba sacarla de allí antes de que la sangre o el miedo terminaran por consumirla.

Llevé a Sol al hospital y me quedé en la sala de espera mientras la atendían. Apenas podía mantenerme quieta en esa silla dura, con el frío de los pasillos calándome hasta los huesos. Ella no me había dicho mucho sobre quién la había herido, pero la corazonada me taladraba el pecho: Lincy.

Un par de horas después llegaron los padres de Sol. Apenas me miraron y su expresión lo dijo todo: desconfianza y reproche, como si mi sola presencia fuera sospechosa. Nunca les caí bien, y en sus ojos parecía que hasta podían culparme de lo que le había pasado.

Pero no me movería de ahí, no importaba lo que pensaran. Yo iba a esperar a Sol.

Pasaron horas: ellos se acomodaron en una esquina de la sala de espera y yo en la otra. El silencio solo se rompía con los pasos del personal de guardia y el sonido lejano de un monitor cardíaco. Cuando al fin casi amanecía, los dejaron entrar a verla. Yo me quedé afuera, abrazándome los brazos para no ceder ante el frío y la ansiedad.

Minutos después salieron. No me dirigieron ni una sonrisa, pero esta vez su orgullo parecía haberse quebrado un poco.
—Sol quiere hablar contigo —me dijeron al fin.

Me levanté de golpe. El cansancio, el frío y el juicio en sus miradas desaparecieron. Lo único que importaba era verla.
Entré a la habitación y la encontré allí, recostada, con vendas gruesas en los brazos. Solo entonces noté otra venda pequeña en el cuello, justo donde antes no había visto nada: una herida que pudo ser mortal si hubiera sido más profunda. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda.

—Amiga —me acerqué enseguida, con la voz quebrada—, ¿quién te hizo esto?

Sol bajó la mirada; sus labios temblaban antes de pronunciar apenas un murmullo:

—Ella.

—¿Lincy? —pregunté directa, sin rodeos.

Su cabeza asintió con rapidez, como si quisiera soltarlo de una vez, como si decirlo le quemara.

La rabia me recorrió entera. Maldita sea, ¿por qué? Si se supone que Sol le gustaba, ¿por qué atacarla?

—Pero pensé que le gustabas —murmuré, confundida—. No lo entiendo.

Ella negó de inmediato.

—No —susurró, con la voz rota—. Ella está enamorada de ti.

Me quedé helada y sentí cómo mi corazón se caía al suelo. ¿De mí? ¿Entonces todo ese interés en Sol…?

Mi cabeza empezó a dar vueltas hasta que Sol me dio la pieza que faltaba.

—Me decía que me alejara de ti —confesó, con los ojos vidriosos—. Está celosa de mí.

La reconocí de inmediato, esa era Lincy.

Su obsesión, su necesidad de tenerme solo para ella, siempre había estado allí, silenciosa, en cada mirada, en cada palabra disfrazada de normalidad. Pero nunca imaginé que llegara a este punto.

Un escalofrío me recorrió entera. Era esa extraña mezcla de repulsión y desconcierto que se siente cuando alguien te desea de una forma torcida y enfermiza. Lincy no solo estaba enamorada de mí. Estaba dispuesta a destruir a cualquiera que se interpusiera en su camino.

—Cuídate mucho tú, Nessy —me susurró Sol, con los labios secos—. Mis padres dicen que vuelva con ellos. En parte lo considero bueno ahora que tú ya tienes trabajo.

Un trabajo que, en el fondo, sentía perdido. No había manera de que pudiera ir mientras Sol estuviera aquí, no con esa imagen suya, vendada y rota, clavada para siempre en mi mente. Y ahora que ella probablemente se mudaría, lo único que me quedaba era preguntarme a dónde iba a ir yo.

El médico me pidió salir y obedecí, pero mis pensamientos se quedaron atrapados dentro de esa habitación. Cuando la madrugada se abrió bajo un sol frío, yo todavía seguía en la sala de espera. Sol no estaba tan grave, saldría pronto, pero se marcharía con sus padres «por seguridad». Y aunque sabía que era lo correcto, me dolía como si me arrancaran una parte de mí misma.

Mientras tanto, ellos me miraban desde la otra esquina como si fuera un estorbo. No decían nada, pero sus ojos lo decían todo: reproches, sospechas, desconfianza. Cada cruce de miradas me hacía sentir más pequeña, como si hubiera fallado en todo. Como si llevara una culpa invisible que ellos podían leer claramente en mi frente. Me removí en la silla incontables veces, deseando desaparecer.

No me atreví a hablarles. No tenía fuerzas para enfrentar su silencio, que gritaba más fuerte que cualquier palabra.
Regresé al apartamento de Sol con una sensación de exilio en el pecho; allí estaba su teléfono. Me tomó horas limpiar la sangre seca del sofá, del suelo, de los rincones. Era como fregar la evidencia de una herida que también era mía. Cerré la puerta con llave, apreté el pestillo y aun así la inseguridad no se fue. El miedo seguía allí, sentado conmigo en cada rincón vacío.

Mi vida era una guachafita.

Me repetía que debía buscar a Mafe, pedirle consejo, tal vez hasta pedirle perdón por haber perdido tan pronto el trabajo que ella me confió. Pero ese día su consultorio estaba cerrado y nadie respondió a mis llamadas.

Yo cargaba con el celular de Sol; pensaba ir al hospital a devolvérselo, pero terminé sola en una mesa exterior de una panadería.

El pan duro, el café aguado y la calle bulliciosa eran lo único que me rodeaba mientras repasaba todo lo que se estaba derrumbando: Sol herida y bajo el cuidado de sus padres, yo con un trabajo que sentía perdido, mi hermano con grietas que seguían rompiéndolo, nuestros recuerdos cargados de miedo, y mi madre con esa grieta eterna que nunca supimos cerrar.

Y en medio de todo ese caos, mi corazón preguntaba en silencio:

¿Cómo volver a mi familia? ¿Cómo acercarme a mi hermano? ¿Qué hacer con mi vida cuando parece que la estoy perdiendo a pedazos?

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Vero
10 days ago

Fuerte cap