nessy

La vergüenza se me pegó a la cara como una segunda piel: le había disparado a mi jefa y ahora la veía sangrar frente a mí. Pero ella permanecía inusualmente tranquila; no había pánico en sus ojos, solo furia fría.

El impacto había sido en su brazo derecho. Ver esa calma gélida en su mirada, junto al rastro oscuro que la sangre dejaba en la tela, me dio más miedo que el propio hecho de haberla herido.

—¡Baje el arma! —ordenó. No levantó la voz, pero su autoridad cortaba el aire como un cuchillo.
Yo no me movía; todo mi cuerpo temblaba.

—¡Lo siento! —balbuceé, con la voz quebrada—. ¡No quería, de verdad no lo quería!

Aún le seguía apuntando: el shock me había inmovilizado por completo. Sentía cada latido golpearme como un martillo contra el pecho.

—Le pedí que bajara el arma, no que me diera justificaciones. Póngala sobre la cama y venga conmigo.

Quería obedecer, pero mis piernas no respondían. Miré al suelo: salpicaduras pequeñas y oscuras trazaban un camino que no quería seguir. ¿Cómo iba a explicar esto? ¿Dónde estaba Lincy? ¿Se habría ido ya, o seguía fuera, aprovechando el caos?
Al fin dejé el arma. Mis manos parecían no ser mías al depositarla sobre la cama. El tiempo que tardé en reaccionar fue suficiente para que ella hablara de nuevo, con más firmeza.

—Señorita, no se lo voy a repetir —dijo, y su voz sonó un poco más lejos—. Venga conmigo.

No tenía alternativa. Avancé en silencio; cada paso cargado de culpa y miedo. Me preguntaba si Lincy seguiría cerca. ¿Había huido al escuchar llegar el auto de Gray? ¿O estaría observando todo lo que yo había provocado?

Seguí las gotas hasta llegar a un armario empotrado. Allí había un botiquín doméstico que, comparado con lo que yo conocía—VapoRub, analgésicos y remedios caseros—, parecía una farmacia.

—¿Señora…? —susurré apenas, con un hilo de voz.

Ella estaba sentada, respirando con una calma demasiado tranquila. Me señaló una caja blanca grande. Era de plástico rígido, con un cierre que soltaba un clic seco. Era mucho más que una simple caja de primeros auxilios; su interior olía a alcohol y a metal pulcro.

—¿No quiere ir al hospital? —pregunté, sosteniendo la caja entre mis manos, todavía temblando.

Ella arqueó una ceja, insensible al pánico que me recorría.

—¿Quiere que vaya al hospital y diga que mi empleada me disparó? —replicó, helada.

Tragué saliva. Lo más sensato era calmarme y dejar que ella resolviera.

—Ábrala.

Abrí la caja con dedos torpes. Dentro no había solo parches y vendas: encontré, fórceps, pinzas hemostáticas con cierre, una bandeja metálica, jeringas estériles, viales, una jeringa con anestésico, gasas, agujas, bisturíes envueltos y material para suturas. Todo impecable, costoso y diseñado para realizar intervenciones reales. El metal brilló bajo la luz.

El temblor en mis manos sacudía la caja; el ruido metálico retumbó como un trueno dentro de mi pecho.

—Cálmese —me dijo Gray con sequedad—. Necesito que esté serena para lo que va a hacer.

Mi cerebro buscó mil salidas: gritar, correr, llamar a alguien, dejarla sangrar hasta que llegara ayuda. Pero su sola expresión hacía que todas esas opciones se encogieran como hojas al sol.

Tomó un bisturí con la mano izquierda y comenzó a cortar la tela de su camisa negra. Sin dramatismo, sin súplicas. Solo el roce del metal contra la tela y el filo frío de la hoja.

Desvié la mirada, pero volví a fijarla en ella: no podía apartar la vista. La sangre empapaba la manga; el rojo sobre su piel parecía casi artístico, como una obra que nadie debía romper.

—Míreme —ordenó.

La obedecí. Su brazo, la herida, la sangre que se deslizaba lentamente. No parecía desangrarse de forma alarmante; aun así, su calma absoluta me desarmaba por completo. ¿Cómo podía no importarle? ¿Cómo podía hablarme así estando herida?

—Usted me disparó —dijo, con esa frialdad que hacía imposible cualquier negación—. Usted va a sacar la bala.

Sus palabras me golpearon como un nuevo impacto. Me quedé clavada en el sitio, con la garganta seca.

—¿Qué? —fue lo único que pude articular.

Ella inclinó la cabeza, midiendo mi terror.

—No voy al hospital. No voy a explicarle a nadie que mi empleada me disparó, ni quiero preguntas. Ahora mismo necesita hacerlo, o haré que esa sea la única opción que le quede.

El silencio que siguió pesó como plomo. El instrumental brillaba bajo la luz, esperando sobre la bandeja.

Respiré hondo, intentando obligar a mis pulmones a funcionar.

—No sé cómo —susurré, con la voz rota.

Ella me miró, y por primera vez vi algo más que enojo: una apuesta calculada, la certeza absoluta de que si me negaba, habría consecuencias mucho peores. Sonrió apenas, como quien confirma que su sospecha era cierta.

—Le enseñaré —dijo. Su voz bajó, volviéndose casi instructiva—. Ponga la gasa ahí, apriete donde le diga y tire con firmeza. No tiemble.

Mi mano se elevó, temblando, hacia la gasa. Pero eso fue sencillo comparado con todo lo demás. Ella no pedía auxilio; me reclamaba responsabilidad. Y por más extraño que pareciera, por mucho que el miedo me desgarrara, no iba a negarme. Lo último que quería en el mundo era que me apartara de su lado.

Porque cualquier forma de estar con Gray era mejor que estar lejos de ella.

Ella permanecía sentada, la espalda recta y el rostro imperturbable, mientras yo apenas podía sostener la caja blanca entre las manos.

—Deje de temblar —ordenó con voz firme, sin levantar la mirada de su propio brazo—. Si tiembla, me lastima.

Me mordí los labios, intentando contener el pánico. Ella estiró su mano izquierda hacia mí y señaló un frasco.

—Alcohol, empape una gasa.

La obedecí de inmediato y dejé la caja a un lado. Con dedos torpes, empapé demasiado, hasta que la gasa chorreó.
Gray arqueó apenas una ceja.

—Exprímala, no estamos limpiando el piso.

Tragué saliva y obedecí como una niña reprendida. Me acerqué a su brazo; al contacto con su piel caliente, me sobrecogió esa mezcla de temor y devoción. Limpié con cuidado, mientras ella mantenía la mirada fija en mí.

—Más firme —ordenó de nuevo—. No soy de cristal.

Su tono me erizó la piel. Lo hice con más presión, siguiendo cada indicación como si de un examen dependiera mi vida.

—Ahora abra el bisturí. Corte alrededor de la herida, con suavidad. No más de lo necesario.

El metal brillaba en mi mano y sentí que no podía respirar.

—No sé si puedo.

Gray inclinó el rostro hacia mí, fría y dominadora.

—Puede y va a hacerlo. Porque me disparó, y porque yo se lo pido.

Me ardieron los ojos, pero asentí. Coloqué el bisturí donde ella indicó; al primer corte, ella apenas respiró hondo, sin gemir ni quejarse. Yo, en cambio, casi lloré.

—Bien. Ahora las pinzas. Ábralas.

Las tomé con ambas manos mientras temblaba. Ella extendió el brazo, como si me ofreciera un trofeo.

—Meta las pinzas. Con firmeza, no juegue.

El metal entró en la carne y un escalofrío me recorrió. Busqué a ciegas entre el tejido blando, jadeando como si fuese yo quien se desgarraba por dentro.

—Despacio. La bala no está profunda. Sienta eso. ¿Lo nota?

Sí, lo notaba: un roce duro contra el metal que hizo que el corazón me saltara en el pecho.

—Tírela hacia fuera.

—¿Y si no lo hago bien?

—Lo va a hacer bien, porque yo la estoy supervisando —respondió—. Es evidente que es la primera vez que usted hace esto, pero no es la primera vez que me extraigo una bala.

Sus palabras cayeron sobre mí como un golpe inesperado. Por un instante creí no haberlas entendido: ¿ella misma se había sacado una bala antes? La imagen de Gray —la mujer implacable y perfecta— recurriendo a lo mismo, me descolocó.

Pensé en lo peligrosa que era, en la elegancia con la que sostenía la vida y la violencia, en cómo su cuerpo había aprendido a manejar el dolor sin teatralidad. Pensé en mí, temblando por limpiar una herida que ella ya conocía; en lo pequeña que me sentía y en lo cerca que estaba, obligada a tocarla, a ayudarla. Y en ese vértigo nació otra cosa: una necesidad voraz de demostrar que, aunque fuera torpe, yo también podía serle útil. Cualquier excusa servía para quedarme junto a Gray, aunque implicara ensuciar mis manos con su sangre.

Hice fuerza con las manos empapadas de sudor hasta que la bala salió: brillante y manchada de sangre.

La dejé caer sobre la bandeja metálica y el sonido retumbó como un trueno.

Me quedé helada, observando el proyectil.

Gray sonrió con esa calma gélida que siempre me desarmaba.

—Muy bien, señorita.

Su mirada me sostuvo como si supiera que yo temblaba no solo por miedo, sino por ese extraño placer de haberle sido útil.

—Pero tiene mucho que explicarme —agregó, y sentí cómo se me bajaba la presión al instante.

No sabía ni por dónde empezar. ¿Cómo explicarle algo tan absurdo? ¿Cómo lograr que me creyera si apenas me conocía? Podría pensar que todo fue intencional, que le disparé porque quise.

No sabía si ella había visto a esa maldita de Lincy.

Y, sin embargo, lo que más me atormentaba era cómo ella podía mantenerse tan tranquila incluso después de que le extrajera una bala.

No le importó la sangre en el suelo, ni en el pasillo, ni el caos que habíamos dejado atrás; lo único que quería eran respuestas. Por eso terminamos en la sala, con su brazo ya vendado, después de que tomara apenas unos analgésicos fuertes.

Ella estaba de pie, imponente, y yo allí sentada, sintiéndome cada vez más pequeña e indefensa.

—¿Tengo que preguntarle? —dijo de pronto, arqueando una ceja. Su mirada fija en mí me hizo sentir desnuda.

Tragué saliva y traté de sostenerle la mirada, porque sabía que le gustaba que lo hiciera. Pero era casi imposible.
No respondí. Mis labios se entreabrieron, pero lo único que logré fue bajar más la vista.

—Míreme a los ojos —ordenó, con esa calma que era peor que cualquier grito—, o voy a creer que me está mintiendo.

—Quería defenderme de alguien —alcancé a decir.

—¿De alguien? —su voz fue rápida y cortante—. ¿Está diciéndome que había otra persona en mi casa?

—Sí, pero no sé cómo llegó.

—¿No sabe? —repitió con ironía—. ¿Y espera que yo le crea que alguien llegó hasta aquí como si nada?

Tragué saliva y apreté las manos contra mis rodillas.

—No, yo…

—Míreme a los ojos cuando me hable.

Obedecí, pero apenas pude sostenerle la mirada unos segundos. Su mirada era un peso insoportable y terminé desviándola.

—No está mirándome —sentenció—. ¿Me está mintiendo?

—No, no le miento.

—¿Entonces por qué tiembla?

Mi respiración se entrecortaba; cada palabra suya era un golpe directo.

—Yo no… —intenté decir, pero la voz se quebró.

—No qué, señorita. Termine la frase.

El silencio se extendió entre nosotras, solo roto por mi respiración torpe. Ella no se movía, no pestañeaba, solo esperaba.

—Perdóneme —susurré al fin, rendida.

—¿Perdón? ¿Por qué tendría que perdonarla?

—Yo limpiaré todo y después me iré.

Me adelanté a lo inevitable, segura de que ella iba a echarme. Al menos así parecía que era yo quien tomaba la decisión.
Se quedó en silencio un segundo más y entonces se acercó. No fue un movimiento teatral: sus pasos eran silenciosos y medidos, y en dos zancadas estuvo encima de mí.

—¿Cree que puede dispararme e irse así nada más?

Me sujetó la barbilla con dos dedos y tiró de ella con firmeza hasta obligarme a enfrentarla. El gesto no buscaba gentileza: era pura exigencia. Su pulgar presionó justo debajo de mi labio inferior, y la piel me dolió por lo impredecible del agarre.

—Míreme —susurró, tan cerca que su aliento rozó mi rostro—. Y no me mienta.

Mi cabeza intentó moverse, pero fue imposible. Su fuerza no era excesiva, pero sí suficiente para inmovilizarme: bastaba la insinuación de que podía apretar más.

Sus ojos, fijos en los míos, se volvieron todavía más duros. Habitualmente su calma disfrazaba peligro; ahora esa calma se sentía voraz.

—¿De qué se defendía? —preguntó, cada palabra un martillazo—. No quiero poesía ni excusas. ¿Quién?

Mi boca se secó. Me empujó la barbilla hacia arriba otra vez, obligándome a exponer mi cuello en un gesto de suma dominación.

—Si va a mentir, dígamelo ahora para ahorrarme la molestia de descubrirlo por mí misma —dijo con voz sorda—. ¿Entiende lo que pasa si me miente?

Sentí cómo se le tensaban los dedos sobre mí. No era solo una advertencia: era una promesa. Tragué y solté el aire.

No esperó a que respondiera. Con un movimiento seco, apoyó la palma de la otra mano en mi pecho y me empujó hacia atrás hasta que mi espalda chocó contra el respaldo de la silla. El golpe no fue duro, fue intencionado: un recordatorio claro de que ella controlaba todo el espacio entre nosotras.

Su rostro estaba tan cerca del mío que pensé que todo en mí se rompería en cualquier momento. Y justo entonces, el chirrido de la puerta irrumpió en la sala.

Gray no se apartó de inmediato; así que cuando la voz entró, nos encontró todavía en esa postura extraña, con su mano firme sobre mi pecho y mi mirada atrapada bajo la suya.

—¡¿Cómo está su señoría y todo el público en la sala?! —entonó una voz dulce y juguetona, cargada de un humor que se sentía totalmente fuera de lugar—. Alza la mano si tú eres inocente, alza la mano si tú eres culpable.

La pelirroja que logré reconocer apareció en el umbral con unos papeles en la mano. Sus ojos nos recorrieron y una sonrisa traviesa se dibujó de inmediato.

—¿Interrumpo algo? —bromeó, alzando apenas una ceja—. Vaya escena.

Gray retiró la mano lentamente, pero no dijo nada. Yo estaba demasiado aturdida para responder.

—¿Qué está pasando? —preguntó ella.

Después de unos segundos observándome, pareció reconocerme.

—Hola, linda —dijo con una sonrisa.

—¿La conoces? —cuestionó Gray, arqueando una ceja.

—Claro, ella fue quien me devolvió mis papeles y mi dinero —dijo. Dio un paso hacia mí, pero su expresión cambió en seco—. Pero…

Se giró de inmediato hacia Gray con una mirada de puro reproche.

—¿Qué le hiciste para que tenga esa cara?

—Nada —replicó Gray sin inmutarse.

—Parece que hubiera visto un muerto —insistió Zafiro—. Por eso no te duran las empleadas y…

Su voz se cortó en seco al notar las vendas en el brazo de Gray. Su gesto de enojo se desplomó, reemplazado por una sombra de preocupación.

—Gray, ¿qué pasó? —susurró.

—No es lo que crees —respondió Gray en el mismo tono bajo.

Por la forma en que se miraban, supe que aquella conversación no me pertenecía. El peso incómodo de ser una intrusa me cayó encima, asfixiante.

—Iré a limpiar todo y luego me marcho —dije en apenas un murmullo, más para aliviar esa presión que como una decisión real.

Intenté avanzar, pero Zafiro me cerró el paso.

—Gray, no puedes echarla a esta hora, es muy tarde —dijo, mirando a su amiga.

—Yo no la he echado, Zafiro —contestó Gray con calma de hierro—. Ella quiere irse.

Entonces se interpuso despacio entre nosotras y me obligó a retroceder con un solo paso. Alzó la mano y me sujetó suavemente la barbilla, obligándome a mirarla.

—Pero no se irá. Usted y yo no hemos terminado de hablar —dictaminó, marcando cada palabra con su peso—. Regrese a su habitación.

—Pero yo… —intenté objetar.

Su voz descendió a un tono bajo y tajante.

—A su habitación. Usted sabe que no la voy a dejar ir.

No hubo espacio para dudas ni para mi propia voluntad. El aire me faltó en la garganta y mis palabras se quebraron antes de salir. Bajé la mirada y retrocedí, cediendo. Zafiro me observaba confundida, mientras Gray permanecía intacta, dueña absoluta de la situación, como si todo hubiera ocurrido exactamente donde ella lo había decidido.

Y me encanta: ese dominio posesivo me encanta.

No voy a olvidar nunca la forma en que tomó mi barbilla para obligarme a responderle, ni cómo me hizo sentar en esa silla.
Jamás olvidaré nada de eso.

Subí, pero no fui a mi habitación: entré a la suya para limpiar y trapear. Después limpié también el pasillo y la zona del botiquín, y acomodé todo en su lugar.

Antes de irme a mi cuarto, miré hacia la sala. Allí estaba Gray: Zafiro le revisaba la herida, como si necesitara asegurarse de algo.

Esa preocupación tenía un trasfondo que yo no alcanzaba a entender, y me dolía, porque yo también me preocupaba por ella; la sola idea de que hubiera sufrido me apretaba el pecho.

Pero no podía preguntar. Ni siquiera podía atreverme a mencionar lo que pasó aquella noche en mi casa, aunque me moría por saber.

Llegué a mi habitación y todavía no podía creer el tamaño del televisor en la pared. Ni siquiera sabía cómo se usaba.
Segundos después, alguien tocó antes de abrir: era Zafiro, la dulce y espontánea Zafiro.

—Hola —me saludó con dulzura—, ¿todo bien? Me refiero a lo que pasó allá abajo.

—Sí, todo bien —respondí en un susurro.

—¿Tan bien que querías irte? —preguntó, preocupada.

—No quiero irme —dije de inmediato, con seguridad.

Ella arqueó una ceja, como si le costara creer que alguien quisiera quedarse allí.

—No quiero irme, pero no sé cómo explicarle lo que pasó, ni si me creerá.

Pidió permiso para sentarse en la cama y, cuando asentí, se acomodó allí.

—Desde que me llamaste para devolverme el dinero, sé que eres una persona honesta —sonrió—. Y no te preocupes: mi prima es de mal carácter, pero no es injusta. Se va a arreglar.

Ella era un encanto, y tenerla de mi lado me ayudaba mucho.

—¿Comiste algo? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—Estaba cocinando algo.

—Oh, tuve que apagarlo. Supongo que con todo el alboroto lo olvidaste.

—Ya no debe servir.

—No te preocupes, pedimos pizza —dijo con una sonrisa—. Es que ninguna de las dos es buena en la cocina. ¿Quieres?

—Sí.

Me moría de hambre; no iba a dejar pasar esa oportunidad.

—Por cierto, ¿cómo te llamas? —preguntó Zafiro.

—Génesis —respondí—. Nessy es solo un apodo.

—Génesis —repitió, como si el nombre le evocara algo—. Es un nombre lindo.

Sonreí de nuevo.

Me invitó a la sala para comer. El ambiente estaba en silencio hasta que Zafiro lanzó un comentario curioso:

—Gray, ella es una pequeña Génesis.

Gray arqueó una ceja, igual que yo. ¿Pequeña?

—Comparten el mismo nombre —aclaró Zafiro finalmente.

Gray no se mostró sorprendida. Se limitó a mirarme con su calma habitual y entonces dijo algo que me tomó desprevenida:

—Vaya, parece que el destino tiene sentido del humor —dijo, sin levantar la mirada de los papeles que revisaba—. Aunque debo admitir que a usted le queda bien sonreír con ese nombre.

El calor me subió a las mejillas sin remedio. Y aunque traté de disimularlo, terminé sonriendo aún más. Por primera vez en todo el día, sentí que Gray ya no estaba tan enojada conmigo.

Zafiro y yo seguimos conversando un rato, hasta que en algún momento Gray se quedó dormida en el sofá. La luz tenue caía sobre su rostro; se veía tan hermosa que me descubrí incapaz de apartar los ojos de ella. Ni siquiera quería irme a dormir: quería quedarme allí, viéndola respirar tranquila, como si su silencio me perteneciera.

Zafiro insistió en que debía descansar, porque ya casi era medianoche. Y tenía razón, pero mi cuerpo no quería moverse.
Necesito encontrar la forma de hablar con ella, explicarle exactamente lo que pasó para que me entienda y no me eche. No quiero irme, no quiero perder este lugar ni a la mujer que lo habita.

Quiero saber qué ocurrió realmente aquella noche en que asesinó a mi padre, comprender por qué mi madre se empeñó tanto en borrarme esos recuerdos, en obligarme a olvidarla.

Pero más allá del miedo, lo que quiero es quedarme. Quiero permanecer con ella, quiero que mi presencia tenga un espacio junto a la suya.

Quiero compartir mucho más que un nombre con Gray.

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Vero
10 days ago

Me encanta