Ahí estaba mi preciosa jefa, alojada como una sombra detrás de Lincy.
Ella se giró despacio, como si cada movimiento le costara. Frente a ella, Gray: más alta, con la mirada de quien ya sabía cómo va a degollar a su presa. Lincy sostenía esa suficiencia que siempre la caracterizaba. Gray, en cambio, tenía una baja reciente: la mano derecha vendada, una desventaja aparente que se volvía irrelevante por la expresión en su rostro.
—¿Y usted es? —preguntó Lincy.
—¿Qué hacías rondando mi maldita casa? —contestó Gray sin alzar la voz; su susurro se sintió tan afilado como un cuchillo.
Gray se cruzó de brazos pese al dolor, provocándose daño a propósito. Tenía algo de masoquismo elegante: se veía peligrosa incluso cuando ocultaba su debilidad.
Lincy la miró y luego me miró a mí.
—Ella —dijo Lincy, despacio—. No me interesaba la casa, me interesaba ella. Pero ahora se muestra esquiva.
Había en su voz un tono de reclamo y de curiosidad. Me miraba como si quisiera decirme que le pertenecía.
—Si antes hasta dormía con ella —insinuó—. ¿No es así, Ness?
Gray me lanzó una mirada rápida, arqueando una ceja como si esperara que yo explicara algo, y volvió a fijar la vista en Lincy.
—No me importa si durmió con usted —dijo Gray—. Pero si vuelve a acercarse a mi casa, a mi empleada o incluso al mismo aire que yo respiro, me encargaré de que la única cercanía que comparta con Nessy sea bajo la tierra que ella pise.
Había una calma tan densa en sus palabras que cada sílaba parecía apuñalar. Zafiro permanecía tranquila, como si para Gray matar fuera un trámite más, algo que haría un martes cualquiera. Mi hermano solo miraba confundido.
—¿Me va a disparar? —se burló Lincy, adoptando esa pose de quien desafía toda lógica—. Porque parece que la que recibe disparos es usted.
Mierda.
Gray suspiró, como si todo lo que hacía y decía Lincy le diera absoluta pereza. Se giró un instante y clavó la vista en el semáforo: estaba en rojo. La calle vibraba con el ritmo de la ciudad; motores y bocinas creaban una tensión previa. Sonrió, pero era una sonrisa completamente vacía de alegría.
—Está bien, quédese tranquila —dijo muy despacio—. Mi mano derecha está jodida, pero soy ambidiestra.
Fue como si el mundo entero se alineara con su intención. Con la mano izquierda, en un movimiento seco y certero, la sujetó. La tomó por el brazo y la arrastró hasta el borde del carril exclusivo. El TransMilenio, rojo e inmenso, apareció en la avenida con la prontitud de una bestia que cumple su ruta.
Primero llegó el soplo: un viento cálido que olía a aceite y caucho. Después, el ruido que llenó el aire como un presagio. El bus no pasó a un metro ni a medio metro: pasó a centímetros de Lincy. Las llantas crecieron en mi mirada, enormes y amenazantes, cruzando el asfalto tan pegado que en mi mente se dibujó la escena de ella siendo pisada.
El talón de Lincy quedó suspendido sobre la raya blanca; sus zapatos colgaban al borde, rozando el aire que separaba la acera del carril. El calor que despedían las ruedas le rozó las piernas. El viento del vehículo le revolvió el cabello y le pegó la ropa al cuerpo. Se podía sentir el cosquilleo en la piel y el hedor a diesel.
El chofer pitó con violencia y clavó los frenos; el chillido de las ruedas raspando el pavimento se clavó en los huesos. El conductor maldijo; el inmenso bus siguió su curso con una indiferencia brutal, pero pasó tan cerca que hasta la suela del zapato de Lincy pareció rozar el neumático.
La gente en la acera gritó, se tapó la boca. El conductor volvió a pitar, nervioso, y frenó más adelante.
Lincy se encogió de golpe; todo su cuerpo tembló tras ese roce. Sus ojos, antes afilados como puñales, se volvieron cristal. Gray la sostuvo allí, inmutable y en calma.
—Mi casa tiene cámaras —dijo Gray, mirándola con la serenidad de un magistrado—. Puedo hacer que esto te cueste caro. Pero si alguien prueba que casi hago que un bus te mate, eso mismo te librará de cargos. Sin embargo, tengo formas peores de arreglar problemas, y te aseguro que no te gustarán.
La soltó. No porque se conmoviera, sino porque ya había dicho lo que tenía que decir.
—Aléjate de mi empleada y de todo lo que es mío —remató, once veces más fría que la brisa que traía el bus.
Lincy retrocedió: su orgullo estaba hecho grieta. Se veía el miedo rascándole la piel, aunque la rabia no desapareció por completo. Su mirada prometía revancha, pero sus pasos eran de retirada.
Yo respiré al fin: segura, porque sabía que si esto escalaba, Gray la mataría y me protegería una vez más.
—Por un segundo pensé que esa pobre chica moriría ahí mismo —opinó Zafiro, todavía impresionada.
—No —respondió Gray con calma, como si no hubiera puesto a alguien a rozar la muerte—. Eso se planea.
Mi hermano arqueó una ceja y me lanzó una mirada inquisitiva. Yo, en ese instante, estaba más preocupada por ocultar lo que realmente pensaba: cómo usaría Gray esa misma fuerza para acorralarme contra una pared.
Me mordí los labios con fuerza.
—¿Ness? —me llamó, clavándome la mirada.
—Me quitaba piel del labio —mentí rápido, mordiéndome de verdad esta vez—. Lo hago a veces.
—Ajá —murmuró, sin tragarse mi excusa del todo.
—Recuerda que necesito los papeles —cambié el tema de inmediato—. Excepto el certificado de la EPS y el puntaje del Sisben; esos los puedo sacar en una sala de internet.
Ángel siguió con la ceja arqueada unos segundos más, hasta que cedió:
—Podemos ir a casa por ellos. Mamá no está, puedo buscarlos.
Me giré hacia Gray con la mejor sonrisa que pude armar.
—¿Puedo ir con mi hermano por esos papeles?
—Por supuesto —contestó Zafiro enseguida, adelantándose.
La prisa en su voz hizo que Gray se girara hacia ella con el ceño fruncido, la mirada afilada como una cuchilla. Esa respuesta no le correspondía a Zafiro; la pregunta era para ella, mi jefa.
—¿Yo estoy pintada? —espetó Gray, indignada.
—No hagas corajes, primita —replicó Zafiro, subiéndose a su auto—. Nessy, ven aquí.
Avancé solo un paso, pero Gray me detuvo con un simple gesto de la mano.
—A mi auto —ordenó, sin dar espacio a discusiones, y se dio la vuelta.
Es mi jefa. Debo obedecer.
—Camina, Ángel —le dije, tomándole la mano.
—¿En serio, Nessy? —Zafiro puso los ojos en blanco, con exagerada indignación—. ¿Me dejarás conduciendo sola?
—Su jefa soy yo —sentenció Gray, subiendo al asiento del conductor con una sonrisa.
Pero después me lanzó una mirada que no era solo una invitación: era una orden muda. Y yo la entendí perfectamente, terminé instalada en el asiento trasero junto a mi hermano.
El viaje fue silencioso y tenso. Gray conducía con una calma extraña, demasiado medida e incómoda. La última vez que me llevó no tenía tanta paciencia; algo me decía que ahora la limitaba su mano herida.
Al llegar a la casa, me quedé quieta dentro del carro. Me daba miedo incluso bajar; me aterraba que mamá apareciera de repente.
Pasaron unos minutos eternos hasta que Ángel volvió con un sobre de manila en las manos. Tenía mi nombre escrito con marcador negro.
—Creo que ahí está todo —dijo sonriente, orgulloso de haberme ayudado.
—Gracias —le devolví la sonrisa, apretando la carpeta contra mi pecho.
Revisé rápido. Sí, ahí estaban todos mis documentos.
—No olvides el partido —me recordó Ángel, con esa ilusión que no quería perder.
—No lo olvidaría —le aseguré—. Se lo avisaré a mi jefa con tiempo.
—Gracias —dijo antes de abrazarme fuerte—. Te necesito allí.
Lo abracé también, con un nudo en la garganta.
—No te preocupes, te prometo que estaré.
Y me despedí, aunque me dolió hacerlo. Tenía que volver, tenía que seguir cumpliendo, ganarme ese permiso para poder estar junto a él en el partido.
Cuando regresamos, me lancé con prisa a terminar los quehaceres que había dejado a medias. Prefería distraerme con el trapo y los platos antes que con las miradas inquisitivas de Gray.
—¿Y qué pasó con la matrícula? —cuestionó Gray a Zafiro con un tono que parecía más un interrogatorio que una simple pregunta—. ¿Qué carrera escogió? ¿Al menos saben los horarios?
—El estudio es nocturno, Gray —explicó Zafiro con calma, midiendo cada palabra—. ¿Tan rápido quieres controlar hasta sus horarios?
Gray se cruzó de brazos, frunciendo el ceño como si cada palabra de Zafiro la irritara más.
—No, todavía no la hemos matriculado —dijo Zafiro—. Además, le faltan papeles: debe sacar la cédula.
La mirada de Gray se clavó en mí como un cuchillo.
—¿No tiene cédula?
Solté el trapo sin querer.
—Es que hubo unos inconvenientes. Necesitaba mi tarjeta de identidad para eso y es complicado.
Zafiro notó lo mismo que yo: había algo distinto en Gray. No era su típica dureza, era algo peor. Todo lo que tocaba lo hacía con violencia contenida: si cerraba una puerta, esta retumbaba; si dejaba un plato, lo golpeaba contra el mesón como si quisiera quebrarlo.
—Gray, ¿qué te pasa? —preguntó Zafiro con cautela.
Sé que no debía, pero me escabullí a la habitación contigua a la suya cuando ellas entraron. Fingí limpiar, pero en realidad me pegué a la pared para escuchar. Necesitaba entender qué era lo que la perturbaba tanto.
—Con solo verla me daña el genio —escupió Gray, sin rodeos.
¿Verla? ¿A quién?
—¿A Julia? ¿La viste? —insistió Zafiro.
No, no podía ser mi madre. Julia es un nombre común; podría tratarse de cualquiera.
—Estaba con Mafe —respondió Gray.
El aire se me atascó en los pulmones. Sí, hablaba de ella.
—Y no me molesta verla —continuó Gray, y su voz se tensó como un arco a punto de romperse—. Me molesta que siga creyendo que no hizo nada malo.
Sentí un vacío en el estómago. Gray odiaba a mi madre. ¿Por qué? ¿Qué pudo haberle hecho? Mamá siempre nos protegió, siempre estuvo en casa. No podía ser ella.
Me alejé de la pared, insegura. Lo siguiente lo escuché más débil, pero sus palabras fueron perfectamente claras.
—Parece que se le olvidó que destruí mi corazón, mi consciencia y la promesa que le hice a mamá mientras ella solo miraba. Supo cómo usar mi dolor a su favor, y en mi contra.
La voz de Gray se quebró al final, pero no por debilidad: sonaba rota, cargada de esa furia que se acumula en los huesos.
Me quedé paralizada.
¿Qué promesa? ¿Qué dolor? ¿Qué pudo haber pasado esa noche para que existiera un odio tan feroz hacia ella?
Y lo peor: un pensamiento me atravesó como un rayo.
¿Gray me odiaría también si supiera que soy hija de la mujer a la que maldice?
Tengo que averiguarlo, tengo que saber qué ocurrió entonces. Porque en este misterio no solo está el pasado de mi madre; también podría estar mi condena.
Boom