La criatura le teme a los espíritus… qué ternura.
Benditos fantasmas: gracias a ellos terminé durmiendo con un calor exquisito.
Pero no podía quedarme allí. Debía apartar, al menos por un momento, esa atmósfera y concentrarme en mi trabajo.
Apenas crucé la puerta, el aire frío me golpeó la cara. No había dado dos pasos cuando el celular vibró. Era un número desconocido.
Mi primer impulso fue ignorarlo, pero una corazonada —un hilo invisible— me dijo que debía atender.
—¿Sí? —pregunté con cautela.
La respuesta llegó como una puñalada al oído:
—Supe que la fiscalía halló un cadáver…
Me quedé muda. Iba a preguntar quién era, pero la voz no me dio tregua.
—Llámalo suerte o desgracia: podría ser alguien que conoces muy bien. Tómalo como un regalo mío para poner fin a tu dolorosa búsqueda.
Esas últimas palabras me helaron la sangre. Reconocí ese tono: era imposible confundirlo. Y en ese instante, mi mundo se derrumbó.
No puede ser.
El aparato se me resbaló de las manos y cayó al suelo con un golpe seco. Me quedé allí, temblando, incapaz de reaccionar. Sentí que el pasado, en su forma más despiadada, regresaba para atravesarme la vida otra vez.
My Shayla