Nessy 

No sé qué hacíamos en una morgue; solo sabía que mi preocupación por Gray era mucho mayor que cualquier incomodidad del sitio.

Algo no andaba bien en ella desde temprano: esa llamada la había dejado extraña y ahora, frente a este hallazgo, parecía cargar con un peso que no podía compartir conmigo.

El tiempo allí dentro se hacía eterno. El aire helado, el olor, la sola idea de huesos y muerte se me clavaban en los huesos. ¿Quién podría sentirse cómodo en una morgue? Yo no, pero la espera era todavía peor.

Al fin se abrió la puerta y apareció ella. Caminaba con paso firme, seguro como siempre; pero bastaron segundos para notarlo —porque siempre lo noto—: había llorado.

El brillo apagado en su mirada me destrozó el alma.

Subió al auto sin decir nada y yo guardé silencio también; era evidente que no era momento para preguntas. Ese silencio pesaba más que el aire frío de la morgue.

En el trayecto, intenté hablar de cualquier cosa para distraerla, aunque fuera un poco. Sin querer, terminé mencionando el reformatorio y el tema derivó inevitablemente hacia Lincy.

—¿Quién establece vínculos en un centro de corrección? —preguntó con tono seco, casi cortante.
Tragué saliva.

—Bueno, como casi no tenía compañía…

—¿Y acaso usted llena su soledad con cualquiera? —me interrumpió al instante, con un filo en la voz que me hizo encogerme en el asiento.

Estaba irritada, y esa irritación ocultaba celos intensos, profundos.

—Por eso ahora la persigue una loca.

Me quedé callada, apretando las manos sobre las rodillas.

—No lo pensé… —susurré apenas.

Ella aferró el volante con más fuerza, hasta que los nudillos se le blanquearon. La mirada fija en la carretera, dura, peligrosa.

—Esa mujer tiene que dejar de seguirla —dijo, con un gruñido contenido—; no soporto que distraigan a mi empleada.

Hizo una pausa breve, y entonces llegó la amenaza: tranquila, como si hablara de algo cotidiano.

—La próxima vez que sepa de ella, será la última.

Un escalofrío me recorrió.

¿Cómo puede amenazar así, con esa calma mortal? ¿Cómo puede mirarme de reojo, con ese fuego en los ojos, y provocar en mí, en lugar de miedo, un calor extraño en el pecho?

¿Cómo es posible que me guste tanto?

Me quedé observando sus manos en el volante: lo hermosa que se veía al conducir con una sola mano, la fuerza en cada gesto, la tensión en sus labios. Tan preciosa, incluso en medio de esa furia silenciosa.

Sin embargo, mi mente no dejaba de dar vueltas a lo mismo: estaba preocupada por ella, mucho más de lo que debería.

Digamos que, después de aquello, todo volvió a parecer normal al menos ante los ojos de los demás. Gray seguía visitando la casa de vez en cuando; yo continuaba con mis estudios, las sesiones de terapia y asistiendo a los partidos de mi hermano.

Pero esa supuesta normalidad era solo una ilusión. Yo sabía, mejor que nadie, que algo le pasaba a mi Gray.

No me atreví a preguntar durante esas semanas, pero procuré estar disponible para ella en todo lo posible. Le cocinaba, la acompañaba, me mantenía cerca como una sombra dispuesta a sostenerla aunque nunca me lo pidiera.

Un día, varias semanas después de nuestra visita a la morgue, estaba en mi cuarto repasando apuntes cuando escuché su voz. Me llamaba con un tono urgente y seco, como si se ahogara en algo que no podía confesar.

Bajé de la cama con tanta prisa que terminé cayendo al suelo, pero el golpe no me detuvo; corrí hacia su habitación.

—¿Está ocupada? —preguntó apenas crucé el marco.

—Para usted, nunca —respondí, nerviosa por dentro.

Porque es mi jefa, claro.

—Bien, necesito que me acompañe —soltó de repente, evitando mirarme—. Ya sabe, para evitar que estrelle el auto.

Esa era una señal: significaba estrés, angustia, estar al borde del colapso. Y yo jamás me negaría a estar con ella.

Así volvimos a la maldita morgue. Esta vez, sin embargo, no me dejó esperar afuera; me hizo pasar con ella.

Al parecer, necesitaban una muestra de su sangre para avanzar en algún proceso. No pregunté; no me atreví.

—Quiero que le quede claro que está aquí por cualquier cosa, menos porque le tema a las agujas —aclaró de golpe, mientras se sentaba y tomaba mi mano.

No les tiene miedo, eso lo sé. Lo que le duele es otra cosa: algo mucho más profundo que cualquier pinchazo.

Se mantuvo tranquila hasta que el tubo quedó en manos del técnico. Fue entonces cuando su cuerpo se tensó. Sus hombros temblaron apenas, como si ese simple recipiente representara algo terrible. Y apretó mi mano con tanta fuerza que me arrancó un quejido.

Y ya saben cómo suenan mis quejidos.

—¡Ah! —se me escapó, tratando de cubrirme la boca demasiado tarde.

Ella se giró de inmediato hacia mí, con un destello de culpa en la mirada. El técnico alzó una ceja, extrañado; Gray soltó mi mano con suavidad, casi avergonzada.

Al terminar, no dijo una sola palabra. Solo se levantó con esa calma suya —puro disfraz— y salió del laboratorio.

Yo la seguí en silencio.

Apenas vio a Daniel, se detuvo. Él no necesitó explicaciones; simplemente la abrazó con fuerza, como si llevara días esperando hacerlo.

Yo me quedé allí quieta, observando, con un nudo en la garganta.

—No permitiré que te derrumbes sola —susurró él, lo bastante bajo para parecer un secreto. 

Y a veces basta tan poco para confirmar lo que ya sabía: ella cargaba con una tristeza tan pesada que ninguna compostura podía ocultarla por completo.

De pronto, Gray se secó las lágrimas con un gesto brusco, como si borrar la humedad del rostro fuera suficiente para arrancarse el dolor. Su voz salió apenas como un murmullo:

—Vámonos.

—¿Se encuentra bien? —pregunté, con la preocupación apretándome el pecho.

—Sí. Vámonos —repitió sin mirarme, avanzando con paso rápido.

La seguí con prisa; veía cómo se secaba desesperadamente, como si quisiera impedir que el mundo notara que se estaba rompiendo. No podía ignorar su estado, pero tampoco quería agobiarla con preguntas que quizá no estaba lista para responder.

Solo caminé tras ella.

Pero al llegar al auto, esa inquietud me quemó tanto por dentro que tuve que insistir:

—¿Está segura de que está bien? —casi supliqué.

—Por favor, súbase —ordenó con una calma tensa que no me engañó.

Obedecí, todavía con la ansiedad a flor de piel. Durante todo el trayecto la miré de reojo: el rostro inexpresivo, las manos aferradas al volante con exceso de fuerza, la vista perdida. Parecía conducir en piloto automático, como si su mente no estuviera realmente allí.

Yo, incapaz de sacarla de ese estado, me hundí en mi propia angustia.

El silencio para rescatarla nos costó casi la vida.

Ella estaba tan disociada y yo tan absorta en mi temor que ninguna de las dos advirtió el semáforo en rojo.

Todo ocurrió en un instante que se hizo eterno: un destello carmesí, el rugido de un motor, un autobús enorme lanzándose hacia nosotras como una bestia de acero. Los segundos se estiraron como horas.

El corazón se me subió a la garganta y los pulmones se me cerraron.

—¡Gray! —alcancé a gritar.

Ella reaccionó justo a tiempo, pisando el freno con violencia. Las llantas chillaron sobre el asfalto y el auto se sacudió con el frenazo seco. El vehículo pasó frente a nosotras a toda velocidad, tan cerca que sentí vibrar el aire a nuestro alrededor.

El impacto del frenazo me lanzó contra el cinturón; la mano me golpeó contra el tablero. Un dolor agudo atravesó mi muñeca y solté un gemido involuntario.

—¡Ah! —me encogí, aferrándome la zona herida.

Gray giró la cabeza de golpe, con los ojos muy abiertos. En su mirada se mezclaban el susto, la culpa y esa preocupación que rara vez mostraba. Sin pensarlo, tomó mi mano con suavidad; sus dedos cálidos contrastaban con el temblor que yo no podía ocultar.

Me sostuvo la mirada por primera vez en todo el recorrido. Su voz sonó más firme, aunque quebrada por dentro:

—Lo siento —susurró—. Yo me encargaré de todo.

Y por un momento, con su mano envolviendo la mía, quise creerle. A pesar de su respiración agitada y las lágrimas que aún retenía.

Al llegar por fin a la casa, tomó mi mano con delicadeza. La examinó con cuidado, buscando puntos sensibles, y aunque temblaba, me dio un masaje suave antes de vendarla. Sus dedos parecían frágiles y firmes a la vez, como si sostenerse a sí misma fuera un esfuerzo constante.

Notaba su inestabilidad: no solo temblaban sus manos; sus piernas también perdían fuerza. Le costaba mucho más de lo habitual incluso colocar la venda con orden.

Aun así, continuó masajeando mi muñeca, como si esa rutina la obligara a no derrumbarse.

—¿Qué le pasa? —me atreví a preguntar al fin.

—Nada —susurró apenas, con un hilo de voz.

Mentía; lo sabía. Algo le ocurría y no tenía forma de saber cómo ayudarla.

Con dificultad, se puso de pie, apoyada en esa calma forzada que ya reconocía. Antes de irse, me miró una última vez:

—No apoye mucho la mano.

Se marchó despacio por el pasillo, y yo identifiqué cada señal: Gray estaba al borde de una crisis, y eso significaba que estaba devastada por dentro.

Escuché el cierre de su puerta; ese golpe me heló el corazón. No estaba bien, y yo no iba a quedarme inmóvil.

Me levanté con cuidado de no agravar mi lesión y me acerqué a escuchar tras su puerta. No hubo palabras, solo sollozos ahogados, cada uno como una puñalada en mi pecho.

Algo muy fuerte la estaba superando.

El médico nos había advertido: debíamos acompañarla en estas crisis, pero temí no poder sola. Con las manos temblorosas, llamé primero a Mafe y luego marcaría a Zafiro.

En cuanto supo lo que pasaba, Mafe lo dejó todo y vino de inmediato. Era esa amiga incondicional que siempre comprende, justo lo que necesitábamos.

Me quedé apostada a la puerta, atenta a que su llanto no cesara por completo. Si se callaba, podía ser peor: una convulsión, pérdida de conciencia. Ese pensamiento me mantenía alerta, con el corazón en un puño.

Así esperé hasta que llegó.

Mafe traía el semblante firme, aunque los ojos cargados de preocupación. Sabía que Gray estaba encerrada y sufriendo.

—¡Gray! —la llamó apenas cruzó—. Déjanos ayudarte, por favor.

Silencio. Un silencio denso, el de quien se aísla porque no soporta que lo vean roto.

—Gray, por favor —suplicó Mafe, suavizando el tono—. Abre. Cuéntanos qué pasó. No estás sola.

Nada. El mismo silencio, más pesado que antes. No respondía, no cedía, se encerraba aunque fuera a costa de su propio dolor.

—Puedo traer las llaves —susurré como último recurso, sabiendo que se enfadaría después.

—Tráelas —pidió ella con urgencia.

Corrí a mi cuarto; allí, ordenadas en la pared, estaban las copias de todas las puertas. Mis dedos temblaban al tomarlas y se las entregué rápido.

—¿Cuál es? —preguntó, con la voz tensa.

—La que tiene el distintivo azul —señalé.

Sin perder tiempo, manipuló la cerradura. El clic sonó seco, como un disparo en el silencio. Empujó despacio, con respeto, y entró.

Allí estaba mi pobre Gray.

Tendida en el suelo, cubriéndose el rostro con las manos, encogida como si quisiera desaparecer. Temblaba y se ahogaba entre suspiros. La imagen me partió el alma.

Mafe se arrodilló junto a ella y, sin pedir permiso, la abrazó con todo su ser, rodeándola como quien protege algo valioso que se desmorona.

—Shhh… tranquila, mi niña —murmuró con dulzura infinita—. No estás sola, estoy aquí. Respira conmigo. Solo eso.

La acarició el cabello con movimientos lentos, sosteniendo cada pedazo que se le escapaba. Yo me quedé inmóvil, viendo cómo se dejaba querer, rota y temblorosa, mientras Mafe intentaba recomponerla con palabras y esa calma profesional cargada de afecto.

Por primera vez en mucho tiempo, vi a Gray ceder: bajó la guardia y dejó que la sostuvieran.

Le costó incorporarse; su cuerpo parecía de plomo, cada músculo arrastraba años de cansancio y dolor. Recordé entonces que no había avisado a Zafiro. En medio del caos, apenas me dio tiempo de llamarla.

Mientras tanto, la tensión en Gray aumentaba: se clavaba las uñas en los brazos hasta dejar marcas rojas. No era el ataque aún, pero sí la antesala: rabia y frustración contenidas a punto de estallar.

—Tranquila. Respira, por favor —insistió Mafe, acercándose más, con voz suave como un hilo.

La escena era devastadora. Apenas pude explicarle a Zafiro lo ocurrido; la voz se me quebraba, pero ella comprendió que su presencia era urgente.

Gray seguía mirando al vacío, inmóvil. Su respiración era agitada, los sollozos le salían entrecortados. Hizo un esfuerzo visible y soltó un llanto profundo, casi un grito ahogado, antes de decir:

—Murió mamá, Mafe.

Lo expresó con una angustia tan desgarradora que sentí cómo se me partía el pecho.

Mafe no respondió al instante; sus ojos se llenaron de lágrimas en silencio. A veces no hay palabras suficientes.

Yo tampoco alcanzaba a comprender: ¿Gray no tenía certeza de ello? ¿Necesitaba hallar sus restos para poder aceptar la pérdida? Me acerqué despacio, con miedo a invadirla, deseando que mi sola presencia fuera un pequeño apoyo.

Nuestro silencio y la contención parecieron facilitar que se abriera por completo, como si ya no pudiera retener nada.

—Ya lo sospechaba —su voz era apenas un hilo mientras se abrazaba a sí misma, encogida en el regazo de Mafe—. Sabía la verdad, pero aun así duele. Dios, cómo duele.

Mafe tragó saliva y, con manos temblorosas, intentó ayudarla a incorporar hacia la cama. Noté que le costaba mantenerla, así que me acerqué de inmediato para asistirla.

Entre las dos logramos sentarla, pero se replegó enseguida: se dobló sobre sí misma, escondiendo el rostro contra las rodillas. Parecía una niña perdida.

La observé con el corazón hecho pedazos; las lágrimas corrían por mis mejillas sin que pudiera detenerlas. Mafe acariciaba su cabello con suavidad, murmurando frases apenas audibles:

—Respira, aquí estamos. No estás sola, Gray.

Ella lloraba con desconsuelo, y esas preguntas atrapadas en sus susurros eran como puñaladas para mí. Creí que el dolor ya no podía crecer, hasta que la escuché:

—¿Por qué no me la entregaron? —gimió, ahogada—. ¿Por qué ocultaron dónde estaba? Si era ella… ¿qué les costaba? ¿Por qué me la escondieron?

La voz se le hizo añicos. Mafe me miró desconcertada, con los ojos llenos de lágrimas.

—¿A qué te refieres, Gray? —preguntó con delicadeza, intentando comprender.

Pero ella no respondió; el dolor la había cerrado de nuevo. Solo quedaron sus sollozos: desgarradores, peligrosos, del tipo que si no se canalizan pueden hacerle daño.

Sin entenderlo todo, sin saber el alcance de su pasado, la abracé con fuerza, apoyando mi frente contra la suya como si pudiera transmitirle calma. Necesitaba que supiera que no estaba sola.

—Estoy aquí —susurré—. No está sola, se lo juro.

Yo tampoco podía dejar de temblar; verla así me estaba partiendo en dos. Mientras tanto, seguía clavándose las uñas en los brazos hasta dejar marcas rojas, sin importarle la sangre.

—¡Gray, ya basta! —Mafe intentó detenerle las manos, con firmeza pero ternura—. Te estás lastimando más. Por favor, cálmate.

Esas palabras avivaron su furia: esa rabia interna que no lográbamos dimensionar.

—¿Calmarme?! —estalló, con la voz quebrada—. ¡¿Cómo quieres que lo haga, Mafe?! ¡La última vez que intenté tranquilizarme fue sobre el cuerpo casi sin vida de mi madre!

El grito rasgó el aire. Mafe quedó paralizada, sin palabras, y yo apenas podía respirar.

Gray se cubrió el rostro y siguió hablando a golpes:

—Tuve una de esas malditas crisis que me lo roban todo y ella… apenas podía respirar, pero aun así me sostuvo —la frase se le rompió en un susurro—. Con sus últimos alientos, me calmó como si su vida no importara, con tal de que yo pudiera estar en paz.

El silencio que siguió fue insoportable. La mirábamos ambas, devastadas, incapaces de hallar consuelo. Era la primera vez que hablaba de ese pasado, y la verdad nos desgarraba. Hasta Mafe permanecía inmóvil, con la mano sobre la boca.

Gray levantó la vista, los ojos enrojecidos y fijos en nosotras.

—¿Y saben qué hicieron los demás? —siguió, alzando la voz entre lágrimas—. ¡Miraban! ¡Me veían encima de ella, temblando, tratando de sobrevivir, y solo miraban con indiferencia!

Su cuerpo entero convulsionaba; de pronto cayó en un murmullo demoledor:

—Y pasé años buscándola aunque sabía que estaba muerta. ¡Años! —se abrazó con desesperación—. Ni siquiera me permitieron despedirme, nunca me la devolvieron.

El dolor me apretaba el pecho con fuerza. No dejaba de pensar en el hallazgo del río, el cadáver de la fiscalía. ¿Y si…? ¿Si esos restos eran su madre?

Se cubrió la cara con ambas manos, el cabello revuelto sobre los hombros, y volvió a gritar:

—¡Todo este tiempo estuvo en ese maldito río! —el sonido resonó como un trueno—. ¡Ese río que me condenó la vida hace veinte años! ¡El mismo que me lo arrebató todo!

Su respiración era frenética, los sollozos sacudían su pecho. De pronto enredó los dedos en su cabello, tiró con fuerza y se levantó bruscamente, huyendo hacia la puerta.

—¡Gray, espera! —grité al tiempo que extendía mi brazo herido para detenerla.

Logré rozar su muñeca, pero su fuerza me superó. Un tirón bastó para que un dolor agudo recorriera mi brazo herido.

—¡Ah! —gemí, soltándola al instante mientras el ardor subía desde la muñeca hasta el hombro.

Gray no se detuvo. Siguió avanzando, deshecha, tragada por el abismo de su propio dolor.

Me quedé atrás, con lágrimas resbalando por el rostro y sosteniendo la zona afectada, viendo cómo la persona a la que quería proteger se escapaba como agua entre los dedos.

—¡Nessy! —Mafe corrió hacia mí al oírme quejar—. Estás lastimada, déjame revisarte.

Negué con la cabeza, conteniendo el pinchazo agudo.

—No, yo no importo ahora. Tenemos que alcanzarla y ayudarla.

Sin esperar respuesta, apreté los dientes, ignorando el ardor, y corrí tras ella. Mafe me siguió de inmediato, igual de angustiada.

Al llegar a la entrada, el portón se abría despacio. Las luces de un auto iluminaron el acceso y reconocí el vehículo de Zafiro.

—¡Zafiro! —la llamé agitada, alzando el brazo sano.

El coche frenó con un chirrido; ella bajó apresurada. Apenas vio nuestros rostros, comprendió que algo grave ocurría.

—¿Qué pasó? —preguntó alarmada.

—Gray tuvo una crisis —respondí con la voz entrecortada—. Se alteró demasiado, salió huyendo y no logramos detenerla. ¡Tenemos que buscarla!

Zafiro nos miró con seriedad y negó con la cabeza.

—No la vi en la carretera. Si no salió por aquí, sigue dentro del recinto.

Mafe se giró hacia mí, con el semblante tenso.

—¿Hay otras salidas, Nessy?

—Sí, varias puertas hacia el jardín y los pasillos traseros.

—Bien —decidió ella con firmeza—. Yo reviso los alrededores. Mafe, busca en la casa. Tú —me miró a mí— encárgate de las zonas verdes. No perdamos tiempo.

Asentí sin dudar y corrí hacia el jardín, con el corazón golpeándome el pecho. La brisa nocturna me azotaba la cara, pero apenas la percibía. Cada paso era un miedo nuevo; cada sombra, una ilusión de ella.

Y entonces la vi.

Estaba tendida en el césped húmedo, encogida sobre sí misma, llorando como si su cuerpo se deshiciera en sollozos. El sonido me destrozó el alma.

—Gray… —susurré, sintiendo que el aire se me escapaba.

Se veía tan rota y desamparada, como si el mundo entero la hubiera abandonado. Me arrodillé a su lado, con la vista empañada por el llanto, sin saber si debía tocarla por miedo a que se quebrara más.

—Estoy aquí… —alcancé a articular, con la voz temblando al mismo ritmo que sus suspiros.

Quería sostenerla y ayudarla sin saber aún que la noticia ni siquiera era oficial. Pronto se pronunciaría el nombre de su madre. 

Solo sé una cosa: me llena el alma poder estar a su lado ahora.

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Vero
4 days ago

El amoor