Lo supe después, como quien recibe un relato que se le clava en el pecho. Mi madre y Mafe estaban por fin solas en esa habitación: Mafe de pie, con esa postura serena que todo lo abarca, como la profesional que es; mi madre sentada en la camilla, con el cuerpo aún cargado de todo lo que le había pasado. Ya había vivido demasiadas cosas terribles como para asustarse por un simple desmayo. Y Mafe, con esa agudeza que tiene para ver más allá de lo evidente, ya intuía la herida profunda que la estaba consumiendo. Quizás fue esa sensación de comprensión lo que dio ánimos a mi madre para empezar a desvelar algo más de su pasado, cuando la psicóloga decidió indagar.
—Gray es mi mejor amiga —decía Mafe, con voz baja y pareja—. Me preocupa ese odio que se tienen.
—Yo no la odio —aclaró mi madre, sin levantar la vista de las sábanas blancas—. Es más miedo. Miedo de que le haga daño a mis hijos. Es temor, nada más.
Mafe dio un paso, acortando la distancia, tanto física como la que separa el silencio de la confianza.
—¿Temor? ¿Por qué? —preguntó entonces, con esa calma suya que parece desarmar hasta a quien más se resiste.
Mi madre soltó un suspiro profundo. Sabía que, en su estado, no podía seguir cargando con tantas verdades calladas. Y así, casi en un susurro, comenzó a desgranar los capítulos más oscuros de su vida.
—Nunca conocí a mi padre —empezó—. Mi mamá vivía de la prostitución. Era algo horrible para mí, porque ella traía a los clientes a casa. Nunca fui a la escuela; tenía que estar ahí para servirles: darles bebidas, ir por cigarrillos y cuando llegué a la adolescencia, todo empeoró: tuve que servirles de otra forma, algo que a mi mamá le servía también.
Mafe conocía la esencia de esa historia, pero la escuchaba con atención, como si cada palabra fuera nueva y tuviera su peso.
—Hasta que llegó un cliente distinto —continuó mi madre, y se abrazó a sí misma con fuerza—. Se obsesionó conmigo. Mi madre sabía que estaba casado, que tenía una vida hecha, y aun así no le importó. Tampoco le importó mi edad para ponerme a eso. Mi exesposo siempre tuvo esa debilidad: las mujeres muy jóvenes. Por eso la diferencia entre nosotros era tan grande.
Me estremezco al pensarlo: exponer a una niña a ese mundo así es demasiado cruel.
—Tenía catorce años cuando supe que esperaba a Nessy —continuó mi madre, con la voz quebradiza—. Él se mostró tan contento, hasta dijo que por fin le daría los hijos que su esposa no quiso. Pero cuando se enteró de que sería una niña y no un varón, se llenó de furia. Me golpeó por primera vez estando embarazada, sin el menor remordimiento.
Hizo una pausa breve, como si le costara respirar.
—Ni siquiera me llevó al hospital. Y le juro que me dijo que, si la bebé moría no pasaba nada, que estaría bien.
Se notaba que cada palabra le arrancaba algo por dentro.
—Nunca quiso a mi hija. Sus enfados conmigo casi siempre nacían de eso: le había dado una niña en lugar del hijo que anhelaba. Por eso me costó tanto llegar a amarla como madre. Le juro que la amo con toda mi alma, pero ese dolor quedó grabado en cada rincón de mi corazón.
Mafe, aunque se esforzaba por mantener la compostura profesional, se veía afectada; esto era una tragedia sin fin.
—De mi madre nunca más supe, desde que me fui a vivir con él. Jamás vino a verme ni quiso conocer a sus nietos. Y yo incluso pensé en que Nessy no siguiera viviendo.
Eso fue algo que Mafe no esperaba; se quedó helada, y su entereza flaqueó por un instante.
—¿Qué? —alcanzó a preguntar, casi en un susurro.
—Él repetía que las mujeres solo servían para obedecer y servir —se apresuró a explicar mi madre—. Frecuentaba bares y yo lo oía decir que esperaría a que mi hija tuviera “la edad suficiente”. No podía sacarme la idea de que ella correría la misma suerte que yo. Pensé que sería mejor que no viviera para sufrir así.
Mafe no supo qué responder; se sentó despacio en una silla cercana, invadida por el asombro y el silencio.
—Era apenas una niña con una hija y otro embarazo encima, sin estudios, sin nadie a quien pedir ayuda —sollozó mi madre—. Le juro que no sabía hacia dónde correr.
El silencio se llenó de su llanto suave y desconsolado.
—Nadie supo nunca de mi vida hasta que conocí a Gray —confesó al fin, levantando la vista—. Ella tenía entonces veinticuatro años.
Mafe se enderezó, poniendo toda su atención en ese nombre.
—Salía solo a comprar lo necesario, sin hablar con nadie, porque él me amenazaba de muerte si sospechaba que iba a contarle mi verdad a alguien —siguió mi madre, con voz casi inaudible—. Pero un día, una mujer se me acercó por el anillo que llevaba puesto, el de mi boda impuesta. Solo me dijo que le parecía bonito, pero ahora sé que ella ya lo conocía.
Mafe empezaba a entender, por fin, cómo se habían cruzado sus caminos.
—Era tan buena, tenía un corazón inmenso —decía mi madre, perdiéndose un instante en esos recuerdos más suaves—. Pero cuando supo quién era mi esposo, se asustó tanto que le dio algo parecido a un ataque.
Las crisis, sus malditas crisis.
—Esa vez yo estuve ahí para ayudarla…
—¿Hubo algo más entre ustedes? —la cortó Mafe, y por primera vez su tono profesional se rompió por la curiosidad—. ¿Se enamoraron?
Mi madre abrió mucho los ojos, sorprendida de verdad.
—No —respondió rápido—. Al menos yo no. Fuimos amigas. Después de que la calmé y ella vio el infierno que yo cargaba, nos acercamos pero nunca le hablé de mis hijos. Solo supo del maltrato, porque fue lo único que me atreví a contarle.
Mafé soltó el aire, como si el alma le volviera al cuerpo.
—Pero como le decía: Gray y ese hombre ya se conocían. Y por lo que alcancé a saber, él la odiaba.
Mafe debió preguntarse si Gray fue siempre un objetivo para él, algo que nunca pudo alcanzar.
—Ella no solo le tenía miedo: lo odiaba con fuerza. Se notaba que le había hecho mucho daño, y ese rencor se sostenía en una promesa.
El silencio se volvió pesado, espeso. mi madre parecía temer seguir hablando, pero Mafe no podía quedarse con la duda. Se inclinó hacia adelante.
—Si se quisieron tanto, ¿por qué le tienes miedo ahora? —insistió con voz tensa—. ¿Por qué te odia?
Mi madre suspiró hondo, armándose de valor para la verdad que dolía solo de nombrar.
—Una vez mi esposo nos descubrió hablando —empezó, como si el recuerdo mismo le causara heridas—. Se enfureció conmigo, me ató a la cama tres días seguidos sin comer ni beber nada.
Hizo una pausa más larga, cargada de espanto.
—Pero a Gray le hizo algo mucho peor físicamente —susurró—. Aún no sé cómo pudo sobrevivir a eso.
—¿¿Golpeó a Gray?? —preguntó Mafe, y se le notaba la mezcla de rabia y tristeza hirviendo en la sangre—. ¿Qué clase de daño le hizo?
—Terminó en la UCI por un golpe en la cabeza —confesó mi madre, con la voz hecha pedazos—. Fue un intento de matarla. Él me encerró y volvió hasta ella, jurando que la acabaría. No sé cómo logró escapar ni cómo sigue viva.
A Mafe se le heló la sangre; de golpe entendió tantas cosas: Gray había estado en coma, la operaron, todo por ese golpe terrible. Pero había algo que no encajaba, algo que debía saber sí o sí.
—Entonces, ¿por qué ese odio inmenso de Gray hacia ti? —preguntó Mafe, y ya no había calma profesional, sino una urgencia cortante—. ¿Por qué te aterrorizas de ella?
Mi madre bajó la cabeza, como si las palabras se le atascaran en la garganta.
—Porque mi esposo dio con ella por mi culpa —logró decir al fin.
Mafe se quedó inmóvil, clavándola con la mirada. Sus ojos, siempre tan llenos de comprensión, se volvieron duros como piedra.
—Pero no fue a propósito, ¿verdad? —insistió, dándole una última oportunidad, la posibilidad de que fuera un error.
Mi madre no contestó. Ese silencio, lleno de miedo y vergüenza, fue la única respuesta. Había sido ella: de una forma u otra, había entregado a su única amiga a ese monstruo, sabiendo perfectamente quién era y lo que era capaz de hacer.
Mafe se levantó de golpe; la silla rodó atrás con estrépito. La furia pura, esa rabia que quema las entrañas por ver traicionada a quien más quieres, la dominó por completo.
—¡¿Cómo pudiste?! —le gritó, con la voz temblando no de tristeza, sino de indignación—. ¡¿Cómo fuiste capaz de entregar a la única persona que te ayudó al mismo hombre que te destruía a ti?!
El aire parecía estallar, pero justo entonces la puerta se abrió de golpe: entró el médico, sin avisar, cortando de seco el enfrentamiento y dejando todo a la mitad.
Se merece el odio de Gray