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Se acurrucó más contra mí hasta quedar recostada sobre mi pecho, ahora mojado gracias a ella. Su respiración, aún agitada, se fue haciendo lenta y tranquila. Sabía que Ness tenía un potencial enorme; me daba la sensación de que podría llevarlo hasta el límite. Pero lo que más me complacía era verla así: en paz, con una sonrisa tan frágil que me hacía sentir responsable de protegerla.

Durante el trayecto, cuando se había quedado dormida en el auto, la oí murmurar entre sueños. Pedía que no me fuera, que me quedara mientras temblaba.

Me preocupó.

Tendré que hablar en serio con Mafe: hay algo en ella que la asusta hasta la médula. Y eso me inquieta. Había algo en ayudarla que me llenaba. Me sentía bien, útil, necesaria.

La mañana llegó despacio. Eran aproximadamente las siete cuando sonó un teléfono. No era el mío, sino el de Ness. Ella alzó la cabeza a medias; yo me incorporé y atendí antes de que ella se molestara en hacerlo.

Para evitarle la molestia, claro. El número era desconocido.

—¿Hola? —dije, con la voz todavía grave por el sueño.

—Hola, ¿está Ness? —preguntó una voz al otro lado de la línea, masculina y tensa.

¿Un hombre? ¿A esa hora? ¿Qué hacía un hombre llamando a Ness tan temprano?

—¿Quién la busca? —pregunté, mientras ella me miraba con los ojos abiertos como platos.

—Ángel, su hermano —respondió la voz.

Mierda. ¿Estuve a punto de insultar a ese niño?

—Ness —le pasé el teléfono—. Es tu hermano.

Ella se incorporó de inmediato.

—¡Ángel! —exclamó, poniéndose en pie con una rapidez nerviosa.

Tomó el teléfono con manos temblorosas y se sentó en la cama para hablar.

Yo, mientras tanto, me puse de pie. Recordé al infeliz ese que mató a su esposa. Al final, estaba decidida: lo mataré. Y debería prepararme: saber cuándo buscarlo, por dónde entrar y cómo bloquearle cualquier vía de escape o ayuda. Será una cucaracha menos.

Me quedé de pie, tensándome de nuevo, repasando mentalmente rutas y posibilidades. Mientras tanto, la conversación se volvió un hilo tenue que yo no lograba oír con claridad; estaba en altavoz, pero había distancia entre las palabras y mi comprensión.

—Estoy preocupado por ti —dijo su hermano, y la preocupación se escuchaba en su voz.

—Ay, Ángel —respondió ella con dulzura—. Estoy bien, no te preocupes.

—¿Cómo no, si no sé nada de ti? —insistió él—. Desde que estoy en el club no te he visto.

Ness caminó por la casa mientras hablaba. Siempre me ha desconcertado cómo hay gente que no puede sostener una conversación sin moverse. Media hora después, regresó con el teléfono todavía pegado al oído.

—Ángel —murmuró casi en un susurro—. Pobre. Soy una hermana terrible, debe sentirse tan solo.

Miró el celular unos segundos más y, de pronto, se levantó con prisa. Salió sin decir nada. No pregunté; son asuntos suyos. Terminé de arreglarme y bajé a la sala. Ella llegó detrás, acelerada, con esa mezcla de culpa y cariño que la caracterizaba.
—¿Vas a algún lado? —le pregunté, tratando de sonar casual.

—Perdóname por no hacer mi trabajo —se disculpó antes de que yo pudiera decir nada—. Quiero encontrarme con mi hermano. Hace mucho no lo veo.

Me encogí de hombros.

—¿Quieres que te lleve? —ofrecí—. Así evito que termines aceptando aventones de extraños.

Ella sonrió, recordando el pequeño escándalo de la noche anterior. La dulzura que le brotó me atravesó.

—Claro —aceptó, con esa voz que siempre me arrancaba la voluntad.

Mientras me detenía en un semáforo, saqué el celular. Varias notificaciones llegaban una tras otra. Nessy me miraba con curiosidad, como si preguntara sin palabras: «¿Y quién te escribe tanto?».

Eran mensajes de Daniel: un link y luego tres audios.

Escuché los audios primero.

El primero: una risa estridente que no lograba entender del todo, pero lo bastante escandalosa como para clavarse en los oídos. En el segundo se le notaba que tomaba aire; en el tercero volvía a reírse, como festejando algo suyo.

Me llevé una mano a la cara y mil pensamientos me pasaron de golpe por la cabeza. Decidí abrir el link y lo que vi me dejó malditamente boquiabierta.

El maldito video de la maldita fresa.

¡Hijos de puta! ¿Cómo se atreven a subir eso?

Allí estaba Nessy con su sonrisa preciosa, y yo solo quería lanzar el teléfono por la ventana.

De repente, un carro detrás de mí me pitó varias veces; el sonido me jodió aún más. Asomé la cabeza por la ventanilla para ver quién era.

—¡¿Qué gonorrea?! —le grité sin filtro.

Cuando me senté de nuevo, lo escuché apurarme, tocando la bocina para que moviera el auto. Arranqué con la ira taladrándome por dentro, aunque me tardé más en avanzar para irritar mucho más al hijo de puta ese. Pero al girarme hacia Nessy, ella me miró y sonrió con ese encanto suyo.

—Esos niños se veían muy felices —dijo con dulzura.

—Claro —respondí, furiosa—. Se estaban burlando de mí.

Ella se acomodó en el asiento, mirando al frente como si repasara un pensamiento sereno.

—Pero les dio algo que jamás olvidarán —insistió—. Hay muchos niños que no tienen una infancia bonita. Ese tipo de momentos se quedarán en sus mentes para siempre.

En eso no pude seguir enojada. Tenía razón. Mi infancia no fue linda, y la de ella aparentemente tampoco; ver a esos niños felices me golpeó con nostalgia.

—Pero no a costa de mi dignidad en un TikTok que subió quién sabe quién y que, desgraciadamente, se hizo viral —murmuré, resignada.

—Será una anécdota bonita para usted y para esos niños —contestó ella sin perder su dulzura—. Se vio preciosa y, cuando usted tenga hijos, tendrá experiencia.

Concentré la vista en la carretera de nuevo.

—Se avergonzarían de su madre «fresita» —bromeé, soltando una media risa.

—Lo dudo —replicó ella—. Y le queda mejor «fresota».

Tras decir eso, se bajó de la camioneta para encontrarse con su hermano, y yo me encontré sonriendo de forma torpe. Suspiré antes de bajarme detrás de ella; quise asegurarme de que estuviera bien antes de que apareciera su hermano.

—Si necesitas hacer pendientes —dijo Nessy, con esa dulzura que ya me resultaba adictiva—, puedes hacerlo. Yo esperaré a mi hermano aquí.

—No te preocupes —respondí tranquila—. Mis pendientes son rápidos.

Nos sentamos en una banca cercana. Ella lo hizo después de mí, tan cerca que podía sentir su perfume, esa mezcla entre jazmín y algo que no sabía definir, pero que me hacía querer acercarme más.

—¿Qué tal mi sabor? —pregunté con una sonrisa traviesa, más para romper el silencio que otra cosa.

Ella giró apenas el rostro hacia mí, sus ojos brillando con esa calma peligrosa que solo ella tenía.

—Para no gustarle lo dulce, su piel tiene un sabor muy dulce —contestó sin titubear—. ¿Por qué le gusta que le hagan eso?
Ladeé la cabeza, observándola un momento. Porque me gusta agarrarla del cabello mientras lo hace, porque me gusta sentir la humedad en esa zona, porque me gusta cómo tiembla mientras lo hace, porque me gusta escuchar sus gemidos contra mi piel.

Pero no dije eso.

—Se siente bien —susurré apenas, desviando la mirada.

Ella sonrió y, sin aviso alguno, dejó caer su cuerpo contra el mío, encajando perfectamente entre mi brazo y mi pecho. Su respiración se mezcló con la mía, lenta y cálida.

El celular vibró. Era Daniel, pero lo ignoré.

—Si debes irte, no te preocupes por mí —murmuró Nessy, su voz tan cerca que podía sentir cómo se movían sus labios al hablar—. Estaré bien.

—Me vas a llamar cuando tengas que irte —dije sin darle opción—. Yo te recojo.

—Bien —respondió sonriendo—. Me gusta viajar contigo.

Hubo un silencio breve, de esos que no incomodan, solo pesan bonito. Nessy me miró, sus ojos recorriéndome con descaro y ternura al mismo tiempo.

Y entonces se inclinó hacia mí. Fue ella quien tomó la iniciativa, como si llevara horas esperando hacerlo. Sus labios tocaron los míos con una suavidad que me desarmó por completo. No hubo prisa ni duda, solo un beso lento, hermoso, que me hizo olvidarlo todo. El ruido alrededor desapareció. Solo existía ella.

Cuando se separó, me sonrió con ese brillo travieso en la mirada.

—Para no gustarle lo dulce. Besa muy dulce también.

Yo solo reí, incapaz de responder. Me puse de pie con calma, pero esa calma se desmoronó en un solo instante.

A lo lejos, vimos al hermano de Nessy acercarse corriendo, sonriendo, lleno de felicidad por ver a su hermanita. pero justo detrás de él, una camioneta blanca y polarizada se deslizaba con una lentitud demasiado calculada. El aire cambió. Lo sentí.

Él no parecía darse cuenta, pero yo sí. Esa camioneta lo estaba siguiendo.

—¡Nessy! —gritó su hermano con entusiasmo, sin notar nada.

Cuando llegó hasta nosotras, la camioneta se detuvo justo frente a mí. El motor seguía encendido, vibrando con ese sonido grave que te pone los nervios de punta.

Y, de pronto, lo vi. El hijo de perra de Gerardo sentado al volante, acompañado de tres hombres más. ¿Por qué demonios estaba siguiéndolo? ¿Por qué estaban aquí?

Su mirada se posó en Nessy y sentí un nudo subir por mi garganta. La observaba con burla, con ese desprecio asqueroso que te hace querer arrancarle los ojos a alguien. Nessy se escondió detrás de mí y yo, sin pensarlo, la cubrí con el cuerpo. Gerardo sonrió. Una sonrisa torcida y enferma.

—Oh, Génesis —dijo con un tono que me heló la sangre.

Solo escuchar mi nombre en su voz me hizo hervir. Odiaba que me llamaran así. Odiaba ese «oh», como si se burlara de todo lo que él y su hermano me hicieron.

—¡¿Qué quieres?! —le solté, apretando la mano de Nessy con fuerza. Mi piel ardía; el pulso me golpeaba en las sienes.

—Tranquila —respondió con burla, ladeando la cabeza—. ¿O qué? ¿Vas a dispararme delante de toda esta gente?

Se rio. Un sonido que me revolvió el estómago.

—¿Delante de lo que sea la sumisa que tienes detrás? —añadió con veneno.

—Respétala.

Mi voz salió tan firme que incluso a mí me sorprendió. Por un segundo, su expresión cambió: ya no era burla, era lástima.

—Ahora me da pena hacerte daño físico, fiscal —murmuró, inclinándose apenas hacia adelante—, porque emocionalmente. te vas a romper tanto que tú misma vas a querer matarte.

No dijo nada más. La camioneta comenzó a avanzar lentamente, alejándose, pero sus palabras quedaron suspendidas en el aire como una maldición. Me quedé paralizada, solo por un instante. Gerardo no hablaba en vano. Si dijo «emocionalmente», significaba que planeaba quitarme algo… o que ya lo había hecho.

Nessy se abrazó a mí, temblando. Yo también temblaba, pero no por miedo, sino por esa sensación horrible de que algo ya estaba ocurriendo y yo era la última en enterarme. Me giré hacia Nessy y su hermano para preguntarles si conocían a Gerardo, pero el celular vibró en mi bolsillo.

Por un segundo, pensé que sería él, burlándose otra vez, pero no. Era Mafe. Un solo mensaje que hizo que mi estómago se hundiera:

«Hola. Tengo que hablar contigo. es de suma importancia».

Leí esas palabras una, dos, tres veces. Y lo sentí, esa sensación de vacío antes de que todo se venga abajo. Porque algo, no sabía qué, estaba a punto de desmoronarse.

Y lo peor es que, de alguna forma, sabía que tenía que ver con Nessy.

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