GRAY

Me senté frente a Mafe, con el plato del desayuno ya vacío, dispuesta a escuchar y sintiendo el peso de la inminente confesión. Ella tenía la palabra. Ella me miró con una intensidad que traspasaba su fachada de terapeuta. Después de un suspiro largo y cargado, fue directa:

—Gray, no quiero meterme en tu vida personal, pero necesito que me digas qué está pasando entre tú y Génesis.

La pregunta me tomó completamente por sorpresa. El aire se me cortó en los pulmones. ¿Qué decir? No tenía una etiqueta, un nombre para eso que existía entre Ness y yo. Jamás lo había analizado. Nunca me había permitido pensarlo de esa manera y mucho menos había imaginado que alguien más lo notaría y me lo preguntaría tan directamente.

—Gray, ¿sí notas que Ness está enamorada de ti? —cuestionó Mafe, con voz suave, al ver mi total incapacidad para responder.

Me dejé caer pesadamente contra el respaldo del asiento, sintiendo el frío cuero contra mi nuca, y desvié la mirada hacia el techo del consultorio, buscando una respuesta en las grietas invisibles.

—Lo sé desde hace bastante —respondí finalmente, con la voz ronca, amarga por la admisión—. Pero no, no lo aceptaba. Digo, ¿cómo alguien podría amar a alguien como yo?

—Te tienes en un terrible concepto, Gray —replicó Mafe con un tono de cansancio cariñoso—. Pero, aun así, esa chica se muere por ti, y lo sabes.

Yo sabía exactamente hacia dónde se dirigía esta conversación y qué pregunta vendría después. Mafe no iba a andarse con rodeos.

—¿Y tú, Gray? —cuestionó, y la pregunta se sintió pesada, definitiva—. ¿Sientes al menos el mínimo aprecio por ella?

Tragué saliva. ¿Cómo se supone que yo, la mujer que evita la intimidad como la plaga, la que habla de negocios y estrategias de asesinato, hable de sentimientos y cosas así de cursis? 

Pero la pregunta merecía la honestidad que Ness se merecía.

—Aprecio… —murmuré, buscando la palabra justa.

Me enderecé, miré a Mafe a los ojos y decidí que no iba a mentirle, aunque no usara las palabras que ella esperaba.

—Mira, Mafe. Desde que la conocí, no ha hecho más que ayudarme a reconstruir pedazos que ni siquiera sabía que se podían pegar. Es ingenua a veces, sí, pero es de una bondad brutal. Es de esas personas que ven el bien en el peor momento. Y yo… yo no he tenido eso nunca.

Hice una pausa, sintiendo una calidez extraña, como la de un sol tardío.

—Es un encanto —confesé, con una pequeña sonrisa involuntaria asomando en mis labios. Me reí un poco, una risa que sonaba a alivio—. Es linda, Mafe. Joder, es ridículamente linda y brillante. Me sacan de quicio sus cosas tiernas, pero no puedo evitar querer protegerla de todo. Cuando llora en mi hombro, siento que, si pudiera, le quitaría todo el dolor.

Mis manos apretaron el reposabrazos.

—Me ha ayudado a no pensar en el dolor del pasado, a enfocarme en algo que vale la pena, que es ella. Sé que no soy buena para esto y no sé qué carajos es esto. Pero —busqué las palabras correctas y di en el clavo—… la idea de no tenerla cerca, de que ella se aleje me aterroriza. Eso te lo puedo decir. Es un ancla. Sí, eso es ella es mi ancla.

Mafe podría estar al borde del colapso emocional, pero aun así mantuvo la compostura profesional, ofreciéndome una sonrisa leve, teñida de melancolía.

—Gray, eso es lo más honesto y lindo que te he escuchado decir jamás —dijo, manteniendo esa sonrisa cálida, aunque la preocupación no tardó en ensombrecer su expresión.

Sentí la necesidad de compartir más de la conexión con Ness.

—Y ella ha tenido pesadillas —le conté a Mafe, bajando la voz hasta convertirla en un susurro—. Cuando tuvo una crisis en mi auto, la escuché suplicarme. Me rogaba que no me fuera, como si su mayor miedo fuera que la abandonara.

Mafe suspiró con fuerza, un sonido que denotaba la pesada carga de lo que acababa de revelar. Parecía como si toda su determinación se hubiese drenado de golpe.

—¿Puedo contarte algo, Mafe? —pregunté de repente.

La idea de desenterrar mi pasado era dolorosa, pero ahora se sentía necesaria. Ella se sobresaltó ligeramente, pero asintió de inmediato, dándome vía libre. Apreciaba mi iniciativa; yo rara vez hablaba de mi vida.

—Es impresionante que mi pasado duela menos ahora —confesé, mirando mis manos entrelazadas—. Me torturó todos estos malditos años. Me definía.

Ella sostuvo mi mirada con esa calma profesional que le habían dado años de estudio y experiencia, esperando pacientemente. Sabía que la llevaría a las partes que ella ya conocía y que iba a completarle el terror.

—Mi mamá me encerró para protegerme —dije, aunque ella ya lo sabía—. Pero cuando cumplí doce, en un maldito descuido, me escapé para conocer el río que escuchaba todo el tiempo.

Supe que Mafe identificó de inmediato de qué río le hablaba, por la expresión fugaz de dolor que cruzó su rostro.

—Pero nunca llegué al río, Mafe, porque la razón por la cual ella me estaba escondiendo me encontró —continué, con un peso insoportable en la voz—. Un hombre. Se fijó tanto en mis ojos que me dio escalofríos. Yo era una niña, no tenía malicia, no tenía cómo sospechar de nadie y terminé acercándome a un hombre que me mostró algo que jamás había visto.

Busqué en mi memoria.

—Creo que era un juguete. No lo recuerdo bien, pero me llamó mucho la atención. Era bonito.

Mi voz se hizo más grave; el recuerdo se volvía vívido y doloroso.

—Después escuché a mi madre buscarme. Gritaba mi nombre y, cuando se dio cuenta del hombre que estaba cerca de mí, su rostro se convirtió en una mueca de terror absoluto y resignación. Supe que algo estaba realmente mal solo cuando él no quiso dejarme correr hacia ella.

—¿Un hombre obsesionado contigo? —cuestionó Mafe, con la confusión en su voz—. Eras una niña.

—No —dije con una calma helada, aunque por dentro la tristeza me consumía—. Era mi padre. Mi mamá nos mantenía ocultas de él y yo… yo lo mandé todo al carajo al salir.

Nos arruinó la vida. Sufrí un escalofrío al recordarlo.

—Aunque al principio pensé que sería lindo tener un padre —hice una pausa, con la voz teñida de una amargura añeja—, ese hombre me hizo creer que nadie podría amarme y que eso era nada más que mi culpa.

Nos golpeó, nos encerró, nos insultó. Ese infierno duró solo dos años, gracias a Dios. Pero me había roto.

—Ese hombre asesinó a mi madre y me obligó a llorar sobre ella mientras se moría en el suelo, en lugar de llevarla a un hospital —mi voz se rompió por completo.

El control se esfumó. Las lágrimas de la niña que fui cayeron sobre mis manos.

—No quiso buscar ayuda, aunque se lo supliqué de rodillas.

La coraza de Mafe se resquebrajó; sus ojos se llenaron de un dolor palpable. Tal vez porque se trataba de su mejor amiga.

—Y nunca quiso entregarme su cuerpo, Mafe. Nunca me dijo qué hizo con él, dónde lo escondió —continué, con la desesperación de aquella búsqueda infantil aún presente.

—¿Y cómo saliste de allí? —cuestionó Mafe, luchando por mantener la calma.

En ese instante, una pequeña sonrisa, de gratitud pura, se dibujó en mi rostro.

Por Luis.

—Había un hombre, Mafe, que trabajaba allí de chofer y nos quería mucho a mamá y a mí —dije, secándome las lágrimas con el dorso de la mano—. Él curaba nuestras heridas y, cuando mi mamá murió y se dio cuenta de que podrían hacerme lo mismo, me sacó de la casa en el maletero de un auto.

Para mí, él siempre fue mi padre, el verdadero. Siempre me trató como a una hija y me lo dijo. Él fue quien me llevó con la familia de mi madre y después desapareció. No supe más de él. Me aterra pensar que él también esté muerto.

—La familia de mi mamá ya la había dado por muerta cuando aparecí —me detuve; la ironía era cruel—. Ni siquiera sabían que estuvo embarazada. Sé que desapareció después de la luna de miel.

Mafe asimiló la información, con un nudo en la garganta.

—¿Y tu madre estaba tan asustada, Gray, que le daba miedo incluso comunicarse con su propia familia? —preguntó, con la tristeza palpable en su voz.

—Mi abuela dijo que mi mamá se había casado por una ambición que le costó caro, que nunca obedeció. Quizás le avergonzó volver —dije, aunque nunca supe cuál fue la verdadera versión de su pasado—. Ni siquiera me registró cuando nací. Solo me llamaba Génesis. Prácticamente, yo no existía para el mundo.

Y, además, yo escuchaba a mi padre amenazar a mi madre con matar a su familia si se atrevía a irse otra vez. Sabía que mi madre incluso hizo planes para sacarme de la ciudad, pero se retractaba cada vez, incluso después de hacer las maletas. Quizás pensaba en la imposibilidad: cómo moverse con miedo constante, con un hombre que la buscaba implacablemente y una niña sin registro alguno, sin identidad, sin un lugar donde esconderse de verdad.

El miedo de mi madre era tan grande que ni siquiera la cercanía de su propia familia le parecía un refugio seguro.

—La familia de mi mamá trató de hacer las cosas bien —continué, con una sonrisa cansada—. Me llevaron a registrar para que pudiera estudiar, tener papeles, un nombre que existiera en el mundo.

Solo que ese intento de normalidad lo arruinó todo. Apenas me registraron, intervinieron las autoridades y el Bienestar Familiar me quitó de sus manos. Supongo que nadie entendía cómo una preadolescente podía aparecer de la nada, sin historia, sin documentos, sin escuela, sin siquiera saber cómo comportarse como las demás. Fui un misterio y, para ellos, los misterios siempre huelen a delito.

—¿Y qué hicieron contigo? —preguntó Mafe, con un hilo de voz.

—Investigaciones, pruebas de ADN, entrevistas. Querían que hablara, que dijera de dónde venía, qué había pasado, pero nunca lo hice.

Tenía miedo. Si decía algo, creía que él me encontraría.

—Y, aunque suene horrible, Mafe —mi voz se quebró, pero continué—, agradezco que mi padre siempre me viera como una carga. Porque eso significó que jamás me buscó. Ni siquiera valía su tiempo y su desprecio fue mi libertad.

Mafe cerró los ojos, como si necesitara un segundo para procesar el peso de mis palabras.

—En el ICBF todo fue un infierno distinto —proseguí, bajando la mirada—. Las otras niñas se burlaban de mí porque no sabía nada. No entendía los juegos, ni los programas de televisión, ni cómo usar un teléfono. Crecí encerrada, Mafe. Todo me daba miedo: las voces fuertes, las luces, incluso la risa. Y ellas lo notaban, me imitaban, me llamaban «la rara», «la muda», «la salvaje».

Tragué saliva antes de continuar.

—Nadie allí entendía que no venía de una casa, sino de una prisión.

Fueron psicólogos, revisiones médicas, funcionarios llenando papeles sin mirar a la niña que tenían frente a ellos, hasta que las pruebas de ADN confirmaron que mi  familia materna sí era la mía y me devolvieron.

Así, sin más, como si un examen bastara para borrar todo.

Me quedé callada unos segundos.

—Supongo que, para el sistema, eso era justicia.

Y todo ese caos se resumió en años de estudio acelerado, psicólogos infantiles y un sistema educativo especial y extraño. Me saltaron unos años porque, afortunadamente, no era bruta. Mi mamá, a su manera errática, me enseñó a leer y a escribir. Yo era una niña muy inteligente y, lentamente, construí una vida, especialmente gracias a Daniel y a Zafiro.

Ellos me enseñaron el mundo exterior y me cuidaron. Por eso me sorprende la magnitud con la que Ness me ayuda a olvidar todo eso ahora.

—Y todo iba bien hasta que conocí a Julia, cuando todavía era jodidamente estúpida —mi tono se volvió de inmediato frío y cortante, la voz destilando desprecio—. Yo era tan buena con todos antes de conocerla.

Parecía haber tocado la fibra sensible de Mafe. La tensión en la sala era palpable.

—Ya sé lo que te hizo —confesó Mafe, con la voz baja y cautelosa.

—¿Así que la muy hija de perra tuvo el valor de contártelo? —cuestioné con una rabia descontrolada—. ¿También te dijo que fue a la clínica solo para meterme en la cabeza que él me buscaría de nuevo, que prácticamente era mi culpa si me hacía daño otra vez?

Pudo haberlo matado ella misma. Lo tuvo a su alcance, pero no, la cobarde no tuvo el valor. En cambio, sí tuvo la vileza de hacer que golpearan e internaran a la única ancla emocional que tenía en ese entonces.

El odio me quemaba.

—No tienes idea de cuánto la odio, Mafe. Porque yo siempre fui la chica que mi madre protegió con su vida. Y ella permitió que me hicieran daño.

—Gray, por favor, tranquilízate —dijo Mafe con una calma que me pareció exasperante—. Créeme que esa mujer ya está pagando todo.

—No creo que lo esté.

—Bueno, tiene cáncer, uno que no tiene cura —dijo Mafe con una calma que me heló la sangre. Había un trasfondo; lo sentía—. Por eso hay muchas cosas que necesitas saber y, quizás, perdonar.

—Por lo único que siento pena es por sus hijos —admití, con el tono aún frío.

—¿No los odias? —cuestionó Mafe.

—No, no los odio —insistí, negando con la cabeza—. Ni creo que podría.

Por eso no los maté.

—Pero no creo que sea sano, ni para ellos ni para mí, estar cerca —dije con calma, con sensatez—. Mucho menos con todo el conflicto que hay entre su madre y yo.

Suspiré, forzándome a volver al presente, a la luz que representaba Nessy.

—Pero el tema importante aquí es Nessy y, como tú misma dices, Julia y ella ni se topan. Así que volvamos a Nessy —una sonrisa genuina se dibujó en mis labios—. Quiero agradecerte mucho por haberme forzado a contratarla. No sé qué tiene, Mafe, pero lo que tiene hace que lo que me destruyó duela menos.

Mafe tragó saliva y se tensó. Sus ojos, antes calmados, se movieron inquietos hacia la puerta. Iba a seguir hablando de Nessy cuando mi celular vibró con una llamada entrante de Daniel.

—¿Dime, Daniel? —contesté.

—Gray —dijo del otro lado de la línea, con un suspiro audible—. La abuela decidió venir conmigo finalmente.

—¡Me dormiste, desperté aquí! —escuché la voz estridente de mi abuela al fondo.

—¡Lo intenté por las buenas, me mordiste y me dolió! —se quejó Daniel, exasperado—. ¡Tienes que entender, abuela, no estás en edad para vivir sola y menos en ese rancho!

Daniel jadeó, como si hubiese tenido esa discusión toda la mañana.

—Llamé a Zafiro. ¿Puedes venir? Necesito refuerzos.

Me giré hacia Mafe, que se había puesto de pie, las manos moviéndose nerviosamente sobre la mesa.

—No te preocupes. Vete —dijo, apresurándome—. Ness te dará la razón de lo que quiero decirte.

—¿Mafe inquieta? —murmuré, sintiendo que mi propia preocupación volvía.

Espero que no estén preparando algo para mi cumpleaños. Odio esas celebraciones. Pero estoy segura de que es eso. Me prepararé para sonreír incómodamente y no parecer una sociópata.

—Mafe, trata de saber qué le pasa a Ness. Me preocupa —le pedí finalmente, con la voz llena de genuina inquietud—. Consuélala, ¿sí? Tuvo un día terrible con su hermano y ha estado llorando. La dejo en tus manos.

—No te preocupes, Gray. Yo le ayudaré —Mafe se veía nerviosa, pero su voz era firme.

Y ese presentimiento de que algo se iba a romper pronto no desaparecía. Pero, como la vida me ha golpeado tantas veces, mi único recurso era prepararme para morir o, simplemente, sobrevivir.

Solo que, de verdad, esperaba con todas mis fuerzas que nada de lo que se avecinaba involucrara a Nessy.

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