Me gusta cuidar de Nessy con todo lo que soy, pero sé que ella debería aprender a cuidarse y defenderse por sí misma. Puede haber un momento en que se encuentre sola o en peligro y no pueda depender de mí. Así que le voy a enseñar a defenderse. Y la primera regla del entrenamiento es empezar antes de que el sol despierte.
—¡Nessy! ¡Arriba! —la desperté con un tono enérgico.
Eran apenas las cinco de la mañana, pero mi tiempo era limitado y tenía un trabajo que hacer. No había margen para la pereza. Ella abrió los ojos lentamente, como si le pesaran toneladas, y se pasó las manos por el rostro mientras soltaba un bostezo largo y quejumbroso.
—Levántate, Ness. Tenemos que hacer algo ahora —anuncié, sin darle tiempo de procesar nada—. Te esperaré en la sala. Y ponte ropa deportiva, la más cómoda que tengas.
Nessy seguía siendo deliciosamente obediente, así que, como esperaba, pronto llegó a la sala después de bañarse y vestirse.
—Al auto —le dije, poniéndome de pie—. Compraremos algo de comer en el camino.
Ella se estiró una vez más, todavía con esa somnolencia pegada a los ojos, pero me siguió sin protestar.
Paramos en una panadería, disfrutando de un desayuno rápido y caliente antes de que la llevara a otra casa de mi propiedad. Era una que solía habitar con frecuencia, pero que ahora estaba casi abandonada. Debería venderla, pero aún le tenía un apego extraño.
Lo importante era que tenía un espacio perfecto donde solía desahogar mi ira o entrenar: una especie de minigimnasio privado, con pesas, sacos de boxeo y colchonetas sobre el suelo de goma.
—Bueno, no me sorprende el desorden —dijo Nessy, escaneando el lugar con una ceja alzada.
—No estás aquí para limpiar —le aclaré de inmediato, con una sonrisa que no llegó a mis ojos—. Podrías encontrar esposas o un arnés por allí, te lo advierto.
La vi procesar mis palabras. Su mirada se detuvo en una pila de correas de cuero y unas cadenas colgadas en la pared.
—Vaya, no sabía que hacías ese tipo de cosas —opinó con curiosidad genuina, no con juicio.
—No sabes muchas cosas de mí —respondí, acercándome a uno de los sacos.
—Pero no pensé que hicieras trabajos en altura.
Arqueé una ceja al instante, sintiendo el impulso de una carcajada.
—¿Qué?
—Los arneses se usan para trabajar en alturas, ¿no? Para que las personas no se caigan —dijo Nessy, con toda la convicción de alguien que ha dicho un hecho irrefutable.
Su inocencia, tan contrastante con la crudeza de mi comentario, me golpeó de lleno. No pude evitar estallar en una sonora carcajada. Era un sonido ronco, un placer que Nessy solía arrancarme sin esfuerzo.
—¿Qué? —cuestionó, completamente confundida y sonrojada.
Yo solo seguí riendo, apoyándome en mi rodilla para recuperar el aliento.
—¡Para eso se usan! —insistió ella, cruzándose de brazos con un adorable puchero.
Me sequé las diminutas lágrimas que la risa me había provocado y la miré con adoración.
—Te enseñaré cómo «uso» esos arneses un día de estos —dije, tratando de ahogar una nueva oleada de risa—. Pero ahora te voy a enseñar a defenderte.
La tomé de la mano y la llevé al centro del espacio. Me até el pelo con una liga, me amarré el saco en la cintura y sonreí. El cambio era palpable.
—¿Qué tanto sabes de defensa personal? —cuestioné. Mi tono ahora era serio.
Ella solo se quedó perpleja, observando la transformación.
—Algo —murmuró.
—No es suficiente —respondí, cortante—. Necesitas saber más, mucho más, y lo vas a aprender conmigo.
Ella dio un paso hacia atrás, sin dejar de mirarme con una mezcla de fascinación y absoluto terror.
—¿Quieres que pelee…?
Yo asentí. Mi sonrisa se convirtió en una expresión de desafío.
—¡¿Contigo?! —cuestionó, y sus ojos se abrieron como platos. Era un miedo casi cómico, como si temiera que la fuera a destrozar.
—Más o menos —le dije con calma—. Necesito saber cuánto sabes para saber cuánto necesitas aprender. Vamos, dame lo mejor que tengas, Ness.
Ella se encogió, haciéndose más pequeña, y el miedo en sus ojos se hizo aún más evidente. La idea de pelear con su imponente jefa la había acobardado por completo.
—¿Cuándo cumples años? —preguntó de repente, con esa astucia que a veces me sacaba de mis casillas, intentando desviar el tema del entrenamiento.
—No me cambies el tema —respondí. Mi voz era firme—. Y no te lo diré, porque no me gustan las celebraciones.
—¿Sabes que le puedo preguntar a Mafe o a Zafiro, verdad? —insistió ella, con una pequeña sonrisa desafiante que me hizo sonreír internamente.
—Y puedes hacerlo —me acerqué más a ella, reduciendo el poco espacio que nos separaba—. Pero ahora, a lo que vinimos.
—Es que no puedo pelear contigo, Gray —insistió, con el pánico aún visible en sus ojos.
—No es una pelea, Nessy —aclaré—. Vas a intentar golpearme y yo me defenderé sin agredirte. Sin tocarte más de lo necesario.
Necesito que aprenda a defenderse físicamente. No puedo ir por la vida golpeando a gente que es diez años más joven que yo. Primero, que aprenda a pelear; ya después le enseñaré a usar armas y a conducir para que atropelle gente, si es necesario.
—Vamos, trata de golpearme. Ahora.
Ella, ya acorralada entre mi presencia y el muro imaginario que sentía, finalmente tomó una decisión. Se paró frente a mí, y la diferencia de altura la hacía ver tan adorablemente menuda y tierna.
—Adelante…
Y finalmente lo intentó, interrumpiendo mi palabra al lanzar un puño cerrado directamente hacia mi rostro. Y no voy a negar que la chica tiene fuerza y sabe algunos movimientos básicos, pero para alguien con mi entrenamiento es demasiado predecible. Detuve su mano a centímetros de mi cara, con la palma abierta y firme, absorbiendo su impulso. Antes de que pudiera reaccionar o usar su otra mano, detuve su segundo brazo también. Su frustración y su respiración agitada eran evidentes.
Debe reaccionar más rápido y aprender que, si ya lanzó un golpe a la cara y fue nulo, debe buscar otra ubicación que no esté alertada del golpe.
Bajé sus manos con suavidad, pero con autoridad, haciendo que su cuerpo se inclinara ligeramente hacia adelante. Mi rodilla se posó apenas en su abdomen, dándole el empuje justo para desequilibrarla y darle la vuelta en el aire antes de dejarla caer tendida sobre la colchoneta.
No lo vio venir. Se quedó bocarriba, completamente perpleja, con los ojos como platos, y yo todavía sujetaba sus muñecas firmemente. En una situación real, otra persona podría subirse sobre ella, inmovilizarla por completo y golpearla sin piedad. Tiene mucho que aprender.
Le permití hacer tres intentos más, y todos terminaron igual: conmigo demostrando una defensa superior. Bueno, es que no es tan fácil pelear con una mujer con entrenamiento de escolta.
Su ternura y esa inocencia suya me obligaban a medir mi fuerza al extremo, haciendo lo posible por no lastimarla ni causarle un solo moretón. Solo estaba exhausta.
—Déjame ir a beber agua —dijo con la voz ronca y entrecortada mientras jadeaba, tirada bocarriba en la colchoneta. Su cabello estaba pegado a su frente por el sudor.
Asentí y la ayudé a levantarse con un tirón suave.
Después de beber agua, Nessy regresó, visiblemente más concentrada, frotándose las manos y mirando la colchoneta con renovada determinación.
—Solo una vez más, Gray. Por favor —pidió, con un brillo en los ojos.
—Bueno, está bien. Una última. Pero esta vez, ¡piensa diferente! —le advertí, lista para su predecible golpe al rostro.
Lo volvió a intentar. Me lanzó un golpe que detuve con facilidad. Pero esta vez, apenas inmovilicé su mano derecha, su izquierda se movió con una rapidez que no había mostrado antes. Su puño no: su mano abierta fue directamente hacia mí, apretándome con fuerza una de mis tetas.
Mierda, me enterró las uñas y el dolor me hizo sisear.
No contenta con esa distracción y aprovechando mi momentánea sorpresa y mi encorvamiento, me clavó la rodilla en el abdomen con un golpe rápido.
Debo admitir que no esperaba ese golpe bajo ni la patada en el vientre; la mayoría de sus ataques anteriores habían estado demasiado concentrados en la cara.
Me encorvé un poco, soltándola por el dolor y la sorpresa.
¡Lo había logrado!
Nessy dio un salto hacia atrás. Su rostro se iluminó con una mezcla de sorpresa, incredulidad y una alegría salvaje.
—¡Lo hice! ¡Ahí tienes, no terminé en la colchoneta! —gritó, levantando los brazos en señal de victoria con una euforia desmedida y dando pequeños saltitos.
Su agotamiento desapareció por un segundo. Su celebración fue instantánea, pero su conciencia la alcanzó aún más rápido. La sonrisa se congeló en su rostro y sus ojos se abrieron en pánico.
—¡Oh, Dios mío, Gray! Lo siento mucho, lo siento —se acercó a mí de inmediato, con las manos temblando, intentando palpar mi estómago—. No quería hacerte daño, solo solo reaccioné. ¡Lo siento, lo siento!
Su voz se quebró por la culpa y yo me enderecé lentamente, aliviando la presión en el vientre. Lo que realmente me llegó fue su reacción, la inteligencia en el ataque y su posterior pánico. Verla tan orgullosa de su hazaña y luego tan angustiada por haberme lastimado me llenó de un afecto abrumador.
—Tranquila, Nessy —dije, sintiendo una sonrisa de profundo orgullo extenderse por mi rostro—. No pasa nada, no me has roto nada.
Ni me dolió.
Me acerqué y ella intentó retroceder, como si aún temiera mi reprimenda. Yo la detuve, atrayéndola con un abrazo fuerte y firme. Su cuerpo temblaba bajo mis brazos.
—Estás aprendiendo. Y eso me encanta —susurré, apretándola contra mí.
Nessy se aferró a mi cintura, hundiendo el rostro en mi cuello y suspirando.
—Pero no me entierres las uñas, ¿entendido?
Ella asintió frenéticamente. Levanté su barbilla con un dedo, obligándola a mirarme. Sus ojos estaban húmedos por la culpa. La sonrisa que le mostré era de pura admiración y deseo.
—Me alegra que me hayas sorprendido. Estoy muy orgullosa de ti.
Acorté la distancia entre nosotras y el abrazo de orgullo se convirtió en un beso ardiente, apasionado y profundo. El sabor de Nessy era mi recompensa.
—Ahora, suficiente entrenamiento por hoy —murmuré contra sus labios—. A casa. Te mereces otro baño.
Y yo tengo que irme a hacer algo.