Al día siguiente, en la mañana, seguía con mi tarea de enseñarle a Nessy a defenderse. Aunque, sinceramente, mi mente no dejaba de regresar al pastel. A ese bendito pastel que me devolvió un pedacito de infancia, de mamá, de esos días en los que me sentía amada solo por existir.
Es uno de los pocos cumpleaños en los que me he sentido tan feliz como antes, porque nadie había puesto tanta atención a los detalles como ella.
Los últimos meses, todos los momentos en los que he sido auténticamente feliz tienen que ver con Nessy.
Tan dulce, tan buena y tan capaz de ponerme a limpiar la casa entera. Porque, sí, la ternura le dura hasta que ve desorden.
—¡Gray, por el amor de Dios! —me regañó, escoba en mano, con esa voz cansada que exigía respeto.
Yo la miré desde el sofá, medio dormida, mientras ella barría con una dedicación que ni en un comercial de limpieza.
—Mira este desastre, Gray —continuó—. ¡Yo no sé cómo haces tú para vivir así! Mira, hay una media en la sala, un plato en la habitación, un tacón en el baño y el otro… ¡ni idea! ¿Qué hace un control en la nevera, ah? ¡Explícame eso!
Yo suspiré.
—Ness, quizás estaba ebria —bromeé con voz baja.
—Me dan ganas de tirarte esta escoba —replicó, apuntándome con ella—. ¿Y el trapeador?
La miré desde donde estaba, con esa paciencia que uno saca cuando sabe que la otra persona tiene toda la razón.
—Está bien, Ness —dije al fin, levantándome con flojera—. Voy a recoger, ¿sí?
—No, no «voy a recoger» —replicó, cruzándose de brazos—. Tienes que aprender a mantener el orden.
Yo asentí con una sonrisa leve. Era adorable cuando se enojaba. De esas veces en las que uno no sabe si tenerle miedo o ternura.
—Prometo ser más ordenada —dije con calma, agachándome para recoger.
—¿Prometes o juras? —preguntó, mirándome con los ojos entrecerrados.
—Juro que recogeré mis medias, mis platos, mis zapatos y cualquier cosa que se me caiga de las manos, mi general —respondí con fingida seriedad.
Nessy rodó los ojos, pero no pudo ocultar una sonrisa.
—Eso, colabora —dijo finalmente, dándome una palmada en el hombro.
—Sí, señora —respondí en tono sumiso, inclinando la cabeza exageradamente.
Ella rio y yo también. Y, por un segundo, entre escobas, platos y medias extraviadas, sentí algo que no había sentido en mucho tiempo:
Paz, y un amor tan lindo que asustaba lo real que parecía.
—Eres un desorden —culminó Nessy, con esa media sonrisa que mezclaba ternura y fastidio—, pero así me enamoré de ti.
Dijo eso antes de irse con la escoba, rumbo a la nueva «zona designada» que ella misma había inventado para las cosas de limpieza.
—¿Qué dijiste? —pregunté de inmediato, aunque mi tono sonó más alerta que curioso.
—¡Nada! —respondió desde el pasillo, visiblemente nerviosa—. ¡Que me voy a bañar! ¡Tengo calor!
La escuché subir el tono de voz a medida que se alejaba. Y sí, «estupendo», pensé.
Pero no dejé pasar el comentario tan fácilmente. Minutos después, oí el agua de la ducha correr, el sonido golpeando las baldosas y el leve eco de su voz tarareando algo. Cuando la regadera se cerró y todo quedó en silencio, caminé hasta la habitación.
Empujé la puerta con suavidad y la vi. Solo llevaba las bragas, el cabello aún húmedo pegado a la piel y esa expresión tranquila que se le formaba cuando creía que yo no iba a decir nada. Ya no se sorprendía de verme entrar así, como si no la hubiera visto desnuda antes.
—Repíteme lo que me dijiste —le ordené, con voz baja, apoyándome en el marco de la puerta.
Ella levantó la mirada apenas, como si no entendiera a qué me refería.
—Solo dije que me iba a bañar.
—Antes de eso —insistí, acercándome un poco más—. No me lo ocultes, Nessy.
Tragó saliva. Sus dedos se enredaron con el borde de la toalla que había sobre la cama.
—Lo escuchaste —dijo al fin, sin atreverse a mirarme.
—No lo suficientemente claro —respondí, cruzándome de brazos, aunque una sonrisa jugueteaba en mis labios.
Ella respiró hondo, bajó la cabeza y, casi en un suspiro, murmuró:
—Que te quiero.
Negué suavemente, dando un paso más hacia ella.
—No, Ness —dije en voz baja—. No era eso.
Me detuve frente a ella, tan cerca que podía sentir el olor del jabón aún fresco en su piel.
—No es tan difícil, ¿sabes? —susurré—. Solo se dice así: te amo.
Ella levantó la mirada con los ojos muy abiertos, sorprendida. Y aunque quise que sonara como una lección más, algo que dijera para provocarla, sabía que lo había dicho en serio.
Cada palabra.
Nessy tardó unos segundos en reaccionar. Su expresión se ablandó, los labios le temblaron un poco y entonces sonrió.
—Yo también —respondió, apenas audible.
Nos quedamos mirándonos durante largos segundos, en silencio, de esos que pesan y duelen un poquito por lo reales que son. Hasta que ella desvió la mirada, con una timidez que pocas veces mostraba últimamente. Entonces me acerqué despacio, tomé su rostro entre mis manos y la hice volver a mirarme.
—No huyas —le susurré.
Y, antes de que pudiera decir algo más, la besé. Nessy tembló un poco. Sus manos se aferraron a mi camisa y, durante unos segundos, todo el ruido, el aire, el mundo entero, pareció desvanecerse. Cuando me separé, lo hice despacio. Ella seguía con los ojos cerrados, respirando con dificultad, como si temiera que abrirlos rompiera el momento.
Y cuando por fin los abrió, me quedé allí, frente a ella, sin decir nada. Solo mirándola.
No sé cuánto tiempo pasó, pero sentí que podía pasar una vida entera en ese silencio. Su respiración se entrecortaba; la mía, también.
Nessy intentó hablar, pero se detuvo. Tragó saliva, bajó la mirada apenas y volvió a alzarla cuando notó que no dejaba de observarla.
—¿Por qué me miras así? —preguntó con voz baja, casi un suspiro.
Sonreí apenas.
—¿No puedo?
Ella frunció los labios, nerviosa. Sus mejillas se tiñeron de rojo y dio un paso atrás, aunque no logró despegar su mirada de la mía.
—Gray… —murmuró.
—¿Qué? —pregunté sin apartar los ojos.
—Deja de mirarme así —pidió, temblorosa.
Me incliné un poco, rozando su mejilla con el dorso de mi mano.
—No quiero —susurré.
Al no poder sostenerme la mirada, optó por cambiar de tema.
—No vi ningún arnés —dijo de repente.
Lo guardé. Pero qué interesante tema de conversación surgió.
—Déjame mostrarte —dije, sintiendo la sonrisa asomarse antes de empezar a caminar.
Ella seguía allí, quieta, sus manos nerviosas jugaban un ritmo silencioso sobre sus piernas.
Busqué el arnés, lo sentí pesado y familiar en mis manos. Al girarme, sus ojos, de un cálido color miel, se abrieron de golpe, absorbiendo la forma de la pieza, y su boca se entreabrió en una O perfecta.
—No es para la seguridad en alturas —dije, mi voz se hizo un susurro ronco mientras recordaba la inocencia que irradiaba—. Pero funcionaría maravillosamente bien dentro de ti.
Ella lo señaló, su dedo índice temblando apenas, antes de que el asombro le permitiera cerrar la boca y encontrar las palabras.
—Ah, yo —hizo una pausa, tragando saliva con dificultad—. No lo imaginé, digo, es tan diferente a los otros.
—¿Estás asustada? —cuestioné, mi sonrisa se ampliaba al ver su nerviosismo.
Negó con la cabeza, demasiado rápido, un gesto brusco que desmentía sus palabras.
—No, solo —suspiró, el aire escapando de sus labios—… solo sorprende.
—¿De verdad te asusta? —insistí, dando un paso más cerca.
—Que no —respondió, la voz más firme ahora, como si estuviera tratando de convencerse a sí misma.
Me senté sobre la cama, sin apartar mis ojos de los suyos. Mi mirada era una promesa, quizás una advertencia.
—Lo usaría —dije, mi tono era lento y medido—, pero me molestaría bastante verte llorar.
Pareció indignada, un rubor caliente ascendiendo por su cuello.
—Tampoco soy tan frágil —se cruzó de brazos, un gesto defensivo que me resultó adorable—, no voy a llorar.
Eso me suena a desafío.
Me puse de pie de nuevo, la calma de mi pose contrastando con el calor en el ambiente. Me incliné hacia ella, la tomé por la cintura con ambas manos, y la levanté de un solo movimiento para dejarla sentada sobre la mesa fría y pulida.
Su cara era un lienzo de deseo mientras mis manos viajaban para separar sus rodillas, para abrir sus piernas.
La dejé sobre la mesa, la superficie fría bajo sus muslos, el lugar perfecto para la ceremonia. Mantuve la distancia, su cuerpo abierto y expuesto a mi mirada. Ella no apartaba los ojos del arnés que yo había dejado en la cama. Sentía su tensión, una cuerda lista para romperse.
—Mírame, Ness —dije, mi voz ahora era una orden, pero envuelta en seda.
Sus ojos de miel volvieron a los míos y con calma, me giré a la cama.
Deslicé mis pantalones a la altura de mis caderas, no tenía prisa. Quería que viera cómo me lo ponía, quería que entendiera la autoridad que me daba. El cuero negro contrastaba con mi piel, cada correa ajustándose a mi cuerpo, cada hebilla un clic de poder que sellaba mi rol.
Nessy no dijo nada, pero el nudo en su garganta era palpable. Sus dedos se aferraban a los bordes de la mesa.
Me abroché la última correa y me sentí completa, armada.
—Me dijiste que no eres frágil —dije, volviéndome hacia ella—. Eso espero porque esto —di un paso adelante, el sonido del cuero rozando hizo que ella temblara ligeramente—… esto exige resistencia.
Me incliné, apoyando mis manos en la mesa a cada lado de sus caderas, acorralándola suavemente. Mis ojos no abandonaron los suyos.
—Te tomaste esto como un desafío —susurré, la punta de mi nariz rozando la suya—. Yo me lo tomo como una promesa.
Y sin esperar una respuesta, la besé, mis labios dominantes, mi cuerpo ahora revestido presionando contra la abertura de sus piernas, dándole el primer y contundente aviso de lo que el arnés significaba. Nessy tardó un momento en responder, su labio inferior se liberó para dar paso a un suave gemido de sorpresa.
La tomé por la nuca, mi pulgar masajeando la piel sensible para mantenerla anclada y segura. Sentí su rigidez inicial, contenía la respiración. Me alejé un centímetro y hablé con una voz que vibraba entre nuestros labios.
—Respira, esto es para ti también.
Nessy tragó saliva y me miró con una intensidad que quemaba, había una luz nueva en esos ojos color miel.
Regresé al beso, esta vez con más profundidad, ablandando sus defensas. Mi cuerpo se acercó más, el arnés rozando sus muslos internos. Me separé un momento y mi mano viajó desde su cintura hasta su pecho, mi pulgar trazando sus pezones.
—Estás fría —declaré—. Necesitas calentarte, necesitas estar lista para mí.
Mis manos trabajaron con deliberada paciencia. Las piernas de Nessy seguían separadas, invitándome. Pasé un dedo suavemente por la curva exterior de su muslo y luego me detuve en el borde de sus bragas. Ella emitió un sonido bajo, casi un sollozo mientras la deslizaba por sus piernas.
—No tienes que hacer nada, Nessy —susurré, mi voz tranquilizadora—. Solo siente lo que mis dedos te dicen.
Con la otra mano en su rodilla, para anclarla, mi dedo índice se deslizó bajo el encaje, buscando la humedad que sabía que ya existía a pesar de sus nervios.
Ella arqueó la espalda, un espasmo involuntario de placer y pánico. La toqué con una precisión que solo años de práctica pueden dar, ignorando la necesidad de apresurarme.
—Tranquila, aún no —mi voz era un control absoluto—. Respira y déjame que te enseñe lo que este desafío nos va a dar.
La estimulación manual fue solo el prólogo. Un toque ligero, metódico, para romper el hielo y recordarle a su cuerpo dónde empezaba el placer. Usé mis dedos como un mapa, delineando la geografía sensible de Nessy, asegurando que cada terminación nerviosa estuviera alerta y temblando.
Nessy soltó un jadeo roto, su negación de ser frágil se estaba derrumbando bajo la experta atención. Vi cómo sus ojos se cerraban, el control deslizándose.
Me alejé un momento, respirando profundamente.
—¿Recuerdas que dijiste que no ibas a llorar? —susurré, mi boca muy cerca de su oído, para que el sonido vibrara en su tímpano— Tendrás que concentrarte mucho para cumplir esa promesa ahora.
Nessy no pudo responder solo se encogió, ofreciéndome una vista aún mejor.
Me arrodillé en el suelo frío, un acto de deliberada sumisión que, irónicamente, la hacía sentir más indefensa. Ahora mi rostro estaba entre sus rodillas abiertas, recordándole su posición expuesta. Me tomé otro momento, dejando que la anticipación la consumiera. Mis manos subieron a sus muslos, la piel suave se erizó bajo mi toque firme mientras la despojaba de su ropa interior. La abrí un poco más, solo lo suficiente para tener acceso completo.
Y entonces, sin más preámbulos, mi boca encontró el centro ardiente de Nessy. El contacto fue húmedo, cálido y absolutamente preciso. Nessy gritó, el sonido no era de dolor, sino de una descarga eléctrica inesperada. Su cuerpo se tensó por completo, sus manos golpearon la mesa en busca de agarre, y sus dedos se enterraron en el borde de madera.
No me detuve, sino que profundicé, usando mi lengua con la misma paciencia y la misma autoridad con la que me puse el arnés. Era una mezcla de firmeza y dulzura.
En su primer espasmo de placer, una lágrima amenazó por salir. Me detuve un instante, solo para sonreír con triunfo y afecto.
—No todavía, Ness —murmuré, antes de volver a la tarea, llevando su respiración agitada y sus gemidos al borde del siguiente colapso.
Continué la estimulación hasta que la piel de Nessy brilló con sudor y sus músculos se tensaron, pidiendo más. Sentí su cuerpo temblar; estaba a segundos de desmoronarse.
Suficiente preparación, era hora de cumplir mi promesa.
Me puse de pie con calma. Nessy abrió los ojos, sus pupilas dilatadas, el mundo reducido a la figura dominante que se alzaba sobre ella. La vi registrar la silueta del arnés como una amenaza inminente.
—Tranquila —dije, mi voz era baja, firme y absolutamente tranquilizadora—. Voy a ir lento, todo lo lento que necesites para sentirte segura conmigo.
Levanté mis manos para tomar sus tobillos, sujetándolos con suavidad. La acerqué al borde de la mesa, alineando la abertura de sus piernas con la punta del arnés.
Me incliné, apoyando mis manos a cada lado de su cadera. El contacto con su piel caliente fue un choque. Nessy jadeó, sus manos volaron a mi cuello, aferrándose a mí en busca de un ancla.
—Mírame —le ordené, mi barbilla rozando su frente—. Si duele, lo quito. Si lo pides, me detengo. ¿Confías?
—Sí —susurró, con el sonido estrangulado por el deseo.
Con una lentitud casi dolorosa, hice el primer movimiento. La penetración fue cautelosa, medida, un reconocimiento de la inexperiencia.
Nessy apretó los ojos y su cuerpo se tensó contra mí. Mantuve la posición por un momento largo, permitiendo que sus músculos se relajaran y que su mente procesara la presencia firme y completa del arnés.
—Estás increíblemente apretada —dije, mi voz ronca de puro placer al sentirla—. Es bueno que te prepararas para mí.
Solo cuando Nessy emitió un gemido bajo y se movió ligeramente hacia mí, entendí que el miedo había dado paso a la aceptación. Y puedo dar rienda suelta a mi dominio. Entonces me moví. Lento al principio, profundo y dominante después, reclamando cada centímetro con el arnés, una promesa cumplida. Nessy finalmente gritó, ya no con miedo o sorpresa, sino con la euforia de su primera rendición total.
Nessy se convirtió en un manojo de sensaciones: sus piernas temblaban y el movimiento de su cadera era una mezcla desesperada de huida y deseo. Sus manos seguían en mi cuello, pero ahora sus uñas se enterraban con necesidad en mi piel, la señal inequívica de que estaba en el límite.
—¡Gray, por favor! —chilló, su voz apenas reconocible—. ¡Más! No, espera…
De repente, un gemido agudo y ahogado se escapó de sus labios, un sonido que cruzó la línea entre el placer y el dolor de estiramiento. Su cadera se levantó en un espasmo de rechazo. Frené en seco, el aire se hizo espeso entre nosotras. Yo jadeaba sobre ella, mi respiración rápida chocando contra su rostro.
—Un momento —dije, mi voz ronca, una lucha por recuperar el control que por un segundo había delegado a la furia del deseo.
Retiré el arnés, solo un centímetro, suficiente para aliviar la presión. Mantuve mis ojos fijos en los suyos. Ella temblaba, las lágrimas silenciosas de antes ahora mezcladas con sudor y placer extremo. Nessy intentó hablar, pero solo logró jadear.
Esperé. Si era su límite, yo lo respetaría.
Nessy parpadeó, tragó saliva con dificultad, y luego, con la barbilla aún temblorosa, asintió, una vez, ese gesto firme que prometía más resistencia.
—Sí —logró decir, casi un susurro—. Continúa, Gray.
La palabra fue un permiso, un nuevo nivel de consentimiento. La sonrisa regresó a mis labios, esta vez era de satisfacción total.
—Como ordenes, preciosa.
Y me hundí de nuevo, el movimiento ahora más preciso y menos frenético, sabiendo exactamente dónde estaba su límite y empujándola suavemente al borde una y otra vez. Su grito fue el sonido glorioso de la rendición absoluta.
El ritmo se aceleró, el arnés era fuego. La firmeza del cuero contra la suavidad ardiente que ya había preparado mi boca.
Nessy no podía quedarse quieta: sus pies pataleaban en el aire, buscando apoyo que no existía. Sus manos abandonaron mi cuello para agarrarse a mis hombros, sus uñas se enterraron profundamente en la piel, sin cuidado, solo necesidad.
—¡Mírame! —gemí, mi voz era un gruñido de placer.
Ella abrió sus ojos, pero estaban desenfocados, velados por el placer inminente.
Ajusté mi cadera, la fricción del arnés cambiando el ángulo, atacando un punto nuevo y devastador. Nessy gritó, el sonido fuerte y hermoso. Su cuerpo se arqueó hacia adelante con tanta fuerza que mis brazos tuvieron que rodear sus costillas para mantenerla en la mesa.
—¡Ah! ¡Gray! ¡Gray! —suplicó, su boca articulando mi nombre como una oración y una orden.
El temblor en su cuerpo era ahora una vibración constante. Yo la miraba, registrando cada microespasmo, sabiendo que estaba al límite del precipicio.
Una última embestida profunda, mantenida y Nessy se contrajo completamente. Sus rodillas se pegaron a mis costados, su espalda se arqueó de la mesa y un sollozo escapó de su boca. Sus uñas se hundieron tan fuerte en mis hombros que sentí la humedad de la sangre, pero no me importó.
La vi ceder. El color subió a su cara hasta teñirla de un rojo intenso, y su cuerpo se convulsionó bajo el arnés. Los temblores la sacudieron por completo, y una serie de gemidos rotos, sin palabras, solo sonido puro, fue la prueba de su primera gran rendición.
Me quedé quieta dentro de ella, mis brazos apretando su cintura, mi respiración era agitada y el arnés estaba empapado. El silencio que siguió fue casi ensordecedor.
La descarga eléctrica de su clímax me paralizó por un instante, y el mundo se redujo al sonido ronco de nuestras respiraciones y el crujir del cuero del arnés bajo la tensión.
El arnés, sí, ahora completamente calado y brillante por el sudor y la humedad compartida, se sentía como una segunda piel.
Sentí cómo la tensión abandonaba progresivamente su cuerpo. Los temblores se hicieron menos violentos, pasando de sacudidas a un suave, pero persistente, movimiento en el interior de sus muslos. El rojo intenso de su rostro comenzó a ceder, dejando una capa de rubor febril sobre su piel que ahora parecía increíblemente suave y vulnerable.
Sus uñas, que habían desgarrado mi piel, se relajaron lentamente. Sentí cómo la presión desaparecía. Acerqué mi rostro a su cuello, sintiendo el pulso salvaje que aún latía bajo mi mejilla, y deposité un beso húmedo justo debajo de su oreja.
Me moví despacio, sin retirarme, sintiendo la caricia húmeda y tibia de su cuerpo. La presión en mis costados disminuyó cuando sus rodillas se separaron ligeramente, pero el suave peso de sus piernas sobre mis caderas me ancló a ella. Levantó una mano temblorosa y la llevó a la parte posterior de mi cuello, sus dedos se enredaron en mi cabello, un toque suave y posesivo que era tan revelador como sus gritos.
Pero de repente, la respiración agitada de Nessy se interrumpió abruptamente. Su mano, que había estado acariciando mi nuca con una suave posesión, se tensó de nuevo, no por el placer, sino por una nueva oleada de alarma. Sus ojos, antes nublados por el éxtasis, se abrieron de golpe, fijos en su entrepierna.
Sentí el cambio de inmediato.
—¿Nessy? ¿Qué pasa? —pregunté, mi voz baja y cargada de preocupación
.
Ella no respondió de inmediato. En cambio, sintió el cambio de la temperatura y la humedad bajo ella. No era solo la humedad compartida del arnés, ni la clásica liberación.
Era como si la intensidad del placer, sumada a la inmovilidad forzada del arnés, hubiera roto algo sutil, una contención.
Un pequeño grito ahogado escapó de sus labios cuando se dio cuenta. Se movió, intentando inútilmente liberarse del arnés, y el movimiento solo la alarmó más.
—Gray… yo… ¡Me rompí! —su voz era un susurro quebrado, cargado de una vergüenza y pánico infantil.
No era una fantasía, era una consecuencia. Una prueba física y tangible de la abrumadora dominación que acababa de experimentar. Era una reacción que se había manifestado como una pequeña herida, un sangrado escaso.
Y para mí, esto es muy normal. Pero ella siente que algo está mal.
Pobrecita.
Me retiré lentamente, con infinita ternura, sintiendo la resistencia de su cuerpo. La vi temblar, no por el placer que se iba, sino por el miedo de la vulnerabilidad expuesta.
—No, mi amor, no estás rota —dije con firmeza, manteniendo mi voz suave y mi mirada anclada en la suya, ofreciéndole calma—. Estás limpia. Estás a salvo.
Moví mi cuerpo para aliviar la tensión de mis brazos y, con un movimiento lento y deliberado, desabroché las hebillas superiores del arnés. El primer sonido metálico liberado fue como un ancla cayendo.
Me quité el arnés de la cintura, liberando mis caderas, y me arrastré fuera de ella con el máximo cuidado, rodando para ponerme a su lado.
—Shh. Está bien. Es normal. Ha sido una intensidad increíble —susurré, mientras me reincorporaba para ir a buscar algo para limpiarla.
Regresé de inmediato con una toalla pequeña y suave. Me puse de rodillas junto a la mesa, al lado de su cadera.
—Mírame, Nessy. Mírame a los ojos —pedí.
Ella lo hizo, sus ojos aún dilatados por el terror y la excitación residual.
Con la toalla húmeda, con la mayor ternura, comencé a limpiarla. Fui pausada, respetuosa de su dolor y su vergüenza. Mis dedos se movieron con una reverencia que transformaba la limpieza en un acto de devoción. Cada roce era una reafirmación de mi amor, un mensaje silencioso: «Estoy aquí. Te cuidaré. Siempre.»
—Ves, no es una herida. Es solo la prueba de lo mucho que has sentido. Has sido valiente y has confiado en mí.
Al terminar, besé el interior de su muslo, un beso de consuelo y adoración. La vergüenza comenzaba a retirarse de su rostro, reemplazada por la familiar, aunque exhausta, luz de su confianza en mí. La prueba física de la fuerza del encuentro se había transformado en la prueba de la fuerza de nuestro vínculo.
Una vez que Nessy estuvo limpia, me centré en su calma.
La tomé en mis brazos, su cuerpo estaba flojo y pesado, la fuerza se había evaporado con el clímax y el susto. La levanté de la mesa, su cabeza cayendo suavemente sobre mi hombro, y la llevé a la cama.
La deposité sobre las sábanas frescas, acomodándola cuidadosamente. Me arrodillé a su lado, tomando sus manos entre las mías, y me concentré en sus ojos.
—Perdóname, mi Nessy —susurré, mientras mis pulgares acariciaban el dorso de sus manos—. Perdóname si te lastimé, si la intensidad fue demasiado y te asustó. Nunca es mi intención causarte dolor, solo darte placer.
Nessy me miró, y la intensidad de su mirada me desarmó. Una sonrisa tenue y adolorida se dibujó en sus labios; el miedo anterior ahora era solo un recuerdo lejano.
—Me duele, sí —admitió. Su voz aún sonaba un poco rasposa, mientras sus ojos buscaban y encontraban los míos.
Se acercó un poco a mí, apoyando la frente en mi mano.
—Pero si va a doler, que sea contigo.
Una oleada de emoción me invadió al escuchar esas palabras. Era la confirmación de su confianza absoluta.
Luego, su expresión cambió a una de satisfacción pura. Un calor renovado subió a su rostro.
—Y, Gray —su voz se volvió ronca, una chispa traviesa regresando a sus ojos exhaustos—. Me encantó. Dios, fue incontrolable. Nunca sentí algo así.
Una sonrisa amplia y genuina se extendió por mi rostro, una mezcla de orgullo, alivio y profundo amor. Me incliné sobre ella, no para reclamar, sino para honrarla. Besé suavemente su frente, como el sello de mi devoción.
Me levanté lo suficiente para apagar la luz más brillante, dejando solo la cálida penumbra de la lámpara de noche. Me deslicé en la cama junto a ella, atrayéndola a mi costado. Ella se acurrucó de inmediato, sintiendo el consuelo de mi piel contra la suya.
Rodeé su cuerpo con mi brazo, sosteniéndola firmemente. Su respiración se hizo regular contra mi cuello.
Allí nos quedamos, juntas, toda la noche.