Salí de allí como si me hubieran arrojado al fuego. Estaba agitada, temblorosa, con la adrenalina del miedo luchando contra una urgencia incontrolable. Quería correr de vuelta a esa habitación, derribar la puerta si era necesario y abrazarla con todas mis fuerzas. Besarla también, pero no podía. No podía hacer nada de eso sin saber la verdad, esa verdad que pendía como una guillotina entre nosotras.
El peso de mi madre y sus mentiras me paralizaba. No podía estar en esa habitación, no podía estar cerca de esa luz y soportar la carga de todo esto.
La hermosa Gray que vi allí tenía una luz en sus ojos que dolía menos. Dios mío, era algo que siempre había anhelado ver en la mujer que amaba.
—Se ve menos rota, Mafe —dije con un susurro que me raspó la garganta—. Se ve como la mujer que, en el fondo, siempre quise ver.
Hice una pequeña pausa, luchando contra las lágrimas.
—Me duele tanto no poder demostrarle lo mucho que la quiero. Tuve que irme.
—Tranquila, Nessy —me dijo Mafe, con la voz llena de consuelo—. Cuando Gray esté más estable y podamos decirle la verdad sin que le afecte más de lo normal, haremos esa prueba. Su consentimiento es la única vía.
—No lo es —interrumpió Daniel con una sonrisa.
Mafe y yo lo miramos fijamente.
—Bueno, soy fiscal, he recorrido mucho —dijo, haciendo una pausa—. Uno sabe cosas.
Mafe solo arqueó una ceja, esperando.
—Hay maneras. Cuestionables. No muy legales, Mafe. Pero ¿están realmente mal si nadie las descubre y es por una buena causa? —dijo Daniel con ligereza, como si hablara del clima.
Llevó su mirada a Mafe de nuevo, como buscando su aprobación.
—Cosas que yo normalmente no hago —mintió de repente, aunque su sonrisa lo desmentía.
—¿Por qué lo sugieres, entonces? —cuestionó Mafe—. Si puedes hacer esa prueba de forma rápida y encubierta, vas a hacerlo.
Daniel sonrió de inmediato, una expresión de picardía y ambición en sus ojos.
—Claro —dijo con rapidez, como si la decisión ya estuviera tomada—. Considéralo una orden.
Mafe guardó silencio por un momento, estudiando la facilidad con la que Daniel cruzaba la línea.
—También debemos pensar en Gerardo —dijo Daniel, su tono cambiando abruptamente a uno más oscuro—. Gerardo quiere dañarla. Tiene asuntos pendientes.
Hizo una pequeña pausa y su voz bajó a un susurro.
—Pero no puedes matar a una mujer que ya está muerta.
Mafe suspiró, con la frustración y la aceptación luchando en su rostro.
—Aceptaré darte secciones porque necesitas ayuda —dijo Mafe antes de darse la vuelta e irse con elegancia.
Parecía una rendición forzada, teñida de escepticismo. Daniel se quedó allí, sonriendo abiertamente.
—La tengo matada —dijo con picardía, refiriéndose a Mafe.
Yo, mientras tanto, sabía que, aunque fuese cruel, debía mantener la distancia con Gray. Esa separación sería temporal, solo hasta que la prueba revelara si esto valía la pena.
Pero el recuerdo de su voz y de su mano temblorosa me dio la certeza que necesitaba. Recordé mi promesa: si Gray me recuerda, es la mujer para mí.
—Ella me recuerda —susurré para mí misma, y la verdad se instaló en mi pecho con la fuerza de un ancla—. Ella es la mujer de mi vida.
Y ahora, con el corazón lleno de la luz de Gray, tenía que prepararme para despedirme de mi hermanito. Sabía que allí probablemente estaría mi madre, la sombra constante. Pero le había prometido a Ángel estar; aunque fuera como un adorno silencioso, sin cruzar ni palabras ni miradas con ella.
Era difícil no mirarla. Incluso en medio de la euforia por el sueño cumplido de Ángel, por el orgullo que me hinchaba el pecho, mis ojos volvían a ella.
Ángel estaba radiante, pero ella, mi madre estaba terriblemente pálida, con una palidez cerosa que no era natural. Estaba alarmantemente delgada; su ropa colgaba de su cuerpo como si lo hubiera encogido. Y su cabello, antes impecable, parecía reseco y se le caía en mechones delgados.
De verdad estaba muy mal. El deterioro era evidente, una luz roja intermitente que gritaba «peligro» en el ruidoso salón.
A los chicos que iban a la convocatoria les estaban entregando las camisetas con sus nombres o apellidos. La de Ángel no llevaba nombre, sino el apellido que sí le gustaba: «Sandoval».
Y, en ese preciso momento de celebración, mi madre se puso de pie, rígida y con la mano en el estómago, para irse. Aparentemente, se dirigía al baño. Sentí una necesidad impulsiva de seguirla. Y esta vez no tenía nada que ver con Gray, ni conmigo, ni con el drama familiar: era con ella.
Podía estar enojada, furiosa con cada mentira y cada manipulación, pero ella era mi madre y no pude evitar sentir una punzada helada de preocupación al verla tan frágil.
Cuando llegué a la puerta del baño de mujeres, me deslicé dentro en silencio, sin hacer ruido. La vi frente al espejo, temblando ligeramente. Estaba quitándose un pequeño cuadrado adhesivo de la parte interior de su brazo; parecía un parche que iba a reemplazar por otro.
—¿Qué haces? —cuestioné. Mi voz era un susurro que sonó demasiado fuerte en el eco del mármol.
Ella se sobresaltó y giró con los ojos desorbitados, intentando esconder el envoltorio en su mano. Sabía que me mentiría, así que actué por instinto. Con la adrenalina corriéndome por las venas, tomé de la papelera el envoltorio de aluminio del que había sacado el parche usado y empecé a mirarlo y a leer.
El pequeño envoltorio de aluminio estaba tirado, aplastado, pero el texto impreso en letras pequeñas era imposible de ignorar. El nombre saltó a la vista, claro, químico y aterrador: FENTANILO.
Me llevé la mano a la boca. El aire se había ido de mis pulmones. Sabía lo que era esa palabra. Me obligué a leer el resto de la etiqueta, buscando desesperadamente otra explicación. El terror se concretó con el siguiente dato, escrito en letras rojas:
PARCHE TRANSDÉRMICO — Dosis: 50 mcg/h.
—¿Qué…? —murmuré, con la voz quebrándose.
Cualquier analgésico normal se toma cada cuatro o seis horas, pero esto no era normal. Mis ojos se fijaron en la indicación de uso, escrita en un recuadro de advertencia que me hizo temblar:
«Para dolor crónico severo e intratable. Reemplazar cada 72 horas».
72 horas… tres días.
No se trataba de un dolor de muelas ni de una migraña. Era un dolor que requería una bomba constante de un narcótico brutal, liberado directamente a través de la piel, día y noche.
Luego, en el folleto arrugado que saqué frenéticamente de la caja cercana, encontré las advertencias que hicieron que el suelo se tambaleara:
Riesgo de sobredosis fatal con la exposición al calor. No aplicar en piel dañada.
Y la descripción de su uso:
«Indicado en pacientes con dolor oncológico severo».
¿Oncológico? ¿Mi mamá tiene cáncer?
Levanté la mirada hacia mi madre. Su rostro demacrado y pálido finalmente coincidía con la etiqueta que acababa de leer. Ya no podía negar la evidencia.
—¿Tienes cáncer, mamá? —pregunté finalmente, con la voz ronca, negándome a aceptar el sonido de esa palabra.
Ella no lo negó. No tenía cómo. Solo miró el parche en mi mano con ojos vacíos.
—No se lo digas a Ángel, no querrá irse —solo eso pudo decirme.
Su preocupación era solo por el sueño de Ángel, no por su propia vida. Maldita sea. Maldita sea su enfermedad, su silencio y su egoísmo.
—¿Hace cuánto? —cuestioné, sintiendo que la rabia me devolvía la fuerza—. ¿Qué has hecho? Dime la verdad ahora mismo.
Necesitaba que me lo dijera absolutamente todo, cada fecha, cada diagnóstico.
—¿Has ido a las quimios? ¡¿Qué has hecho?! —insistí, dando un paso hacia ella, sintiendo la urgencia de sacudirla.
—¡Nada! —respondió finalmente, alzando un poco la voz. Sus ojos se fijaron en los míos, cargados de una desesperanza abrumadora—. No hay nada que hacer. Es un cáncer sin cura, Nessy.
No sentía el suelo bajo mis pies. La cabeza me daba vueltas.
—¡¿Cómo que nada?! Tienes que hacer algo —insistí, con la voz quebrándose en un ruego que nunca pensé dirigirle—. ¡Vas a morir rápido si no haces algo al respecto! Tienes que intentarlo.
Ella se encogió de hombros, un gesto de total resignación.
—Igual voy a morirme, Nessy. Las quimioterapias solo cansan y agobian… y duelen.
Un cáncer sin tratamiento avanza como un incendio forestal. ¿Cómo podía simplemente negarse a tratarse? El resentimiento se mezcló con una oleada de terror y piedad. La vi de verdad: no a la manipuladora, sino a una mujer asustada, consumida por el dolor y por la enfermedad.
—Y tal vez morirme es lo que quiero —murmuró de repente, apenas perceptible, pero el impacto fue como el de una bala.
—Mamá… —murmuré, sintiendo que la pena me inundaba.
Iba a suplicarle, a rogarle que luchara, cuando una voz nos interrumpió.
—¡Mamá! ¡Nessy!
Era Ángel. Estaba parado en la puerta, con la camiseta de «Sandoval» en sus manos y una sonrisa nerviosa.
—Ya se va a terminar —dijo con una sonrisa forzada—. Las he estado buscando.
Tenía los ojos aguados. Estoy segura de que pensó que lo abandonamos.
—Ya vamos —dije con calma, forzando mi cuerpo a moverse.
La visión de Ángel, tan puro en su euforia, me devolvió a la realidad. Si mi madre seguía bajando de peso, la única forma en la que Ángel podría no sospechar era que dejara de verla. Si él supiera, su sueño se desvanecería al instante.
Ahora sé lo que tiene y no importa lo que haya pasado, ni cuánto me haya destrozado, es mi madre.
La idea de enfrentarme a una enfermedad terminal y a la perspectiva de perderla me dejó sin aliento. No sé cómo hacer frente a esto, a la culpa, al odio que ahora se siente tan insignificante.
Pero ahora, solo para que Ángel no renuncie a su sueño, me quedaré callada. Y la máscara de frialdad que le daba a mi madre será para protegerla y para proteger a mi hermano.
Un bus enorme, decorado con los vibrantes colores de la bandera de Colombia, estaba allí, aguardando, todo listo para llevarse a mi hermano.
Y no pensé que me iba a doler tanto. No pensé que la idea de que Ángel no estuviera cerca me dejaría tan vacía, tan expuesta. Por eso, el abrazo que le di quería que durara una eternidad. Lo abracé con una fuerza desesperada; quise que ese calor quedara guardado en mis entrañas, en mis huesos, como una reserva de energía vital para los próximos meses.
Estaba llorando, ambos lo hacíamos. Mis lágrimas eran calientes sobre su hombro; las suyas eran silenciosas y rápidas.
—Me duele esta despedida, Ángel —susurré, ahogada, apretándolo más fuerte—. Pero esto… esto te beneficiará más que nada en el mundo. Ve y sé libre.
Él sorbió el aire y tragó saliva, tratando de recuperar el control.
—Es que yo las quiero mucho, Nessy —dijo con la voz ronca, secándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Y me van a hacer mucha, muchísima falta. Prométeme que te cuidarás, por favor.
—Lo haré y tú vas a concentrarte solo en meter goles. Vamos, campeón —le dije, intentando sonreír a través de la agonía—. No llores.
Ángel se separó a regañadientes. Subió los escalones del bus y se acercó a una de las ventanillas, apoyando la mano contra el cristal. La mirada que me dio era una mezcla de euforia, miedo y la más pura lealtad.
—¡Adiós, Nessy! ¡Adiós, mamá!
Mi dolor al verlo agitar la mano desde la ventana, al verlo alejarse, se volvió insoportable. Más aún cuando vi el colectivo moverse, lentamente al principio, y luego tomando velocidad. Mis piernas se negaron a moverse. Solo pude ver su rostro, sus ojos aguados y la línea de sus labios temblar en una mueca de tristeza, hasta que el bus se convirtió en un punto distante.
Él va a cumplir un sueño, y nosotras no merecemos estar en él.
Poco después, las personas comenzaron a dispersarse y la algarabía se apagó. Mi madre se quedó un segundo más, con los hombros hundidos. Y estaba a punto de seguir hablándole del cáncer, porque no habíamos terminado, porque tenía que rogarle, cuando, de repente se desplomó. Fue un peso muerto cayendo de frente sobre el asfalto.
—¡Mamá! —el grito se me escapó, agudo y aterrorizado.
Me arrodillé junto a ella con una velocidad que no sabía que tenía, sintiendo el pánico helado que me subía desde los pies.
La sacudí, la moví, la llamé.
—¡Mamá! ¡Mamá, levántate!
Nada. Su cuerpo era inerte, su piel más fría que el mármol.
—¡Ayuda! ¡Por favor, que alguien llame a una ambulancia! ¡Ahora! —Mis súplicas eran desesperadas, histéricas.
Mi voz se quebró. Estaba jodidamente enojada con ella, sí, pero el terror de verla morir en el asfalto era más grande que todo mi resentimiento. Necesitaba que viviera, aunque fuera para poder seguir odiándola, para poder convencerla de la verdad sobre Gray, para poder seguir teniendo a alguien.
Necesitaba llamar a una ambulancia. El pánico me nublaba la visión. Tenía que conseguir ayuda, llevarla a un hospital.
Mientras tanto…
La hermosa Zafiro se acercó a la acera. Su auto impecable relucía bajo el sol de la tarde mientras esperaba para recoger a Sol, tal como lo hacía casi todos los días.
—Hola, Zafi —dijo Sol con una sonrisa que la iluminó, acelerando el paso para subir al auto.
Zafiro sonrió. La anticipación de verla hacía que su rostro fuera un faro.
Sol ya tenía la mano en la manija de la puerta y la adrenalina de la universidad por fin comenzaba a disiparse cuando una pesada camioneta roja se detuvo bruscamente detrás del auto de Zafiro.
Sol se congeló y su mano retrocedió como si la puerta estuviera ardiendo. Su sonrisa se borró, reemplazada por un pánico silencioso.
La puerta de la camioneta se abrió y su padre bajó, con el ceño fruncido y los brazos cruzados.
—Sol, ¿adónde vas? —la voz de su padre era grave y exigente.
Sol se quedó inmóvil, sintiendo que el aire le faltaba. Zafiro, al notar la tensión, se preparó para intervenir, buscando una palabra casual para desviar la situación.
—Papá, yo… —tartamudeó Sol.
—¿Y quién te lleva hoy, Sol? ¿Vas a viajar con tu amiga? —El tono de la palabra «amiga» era sarcástico, cargado de suspicacia.
Sol se quedó callada, incapaz de mentir o de articular una respuesta. El miedo la había vuelto muda.
Zafiro reaccionó con cortesía forzada. Salió del auto, elegante y serena, con su distintivo cabello rizado rojo enmarcando su rostro. Extendió la mano con amabilidad.
—Buenas tardes, señor. Mi nombre es Zafiro y soy amiga de Sol. Encantada de conocerlo.
El padre de Sol ni siquiera miró la mano extendida. Sus ojos se clavaron en Zafiro y luego regresaron a Sol. Su rostro se endureció con una furia fría.
—No te atrevas a negarlo, Sol. No te atrevas —su voz era baja, pero cada palabra golpeaba—. Una amiga mía me escribió para decirme que te vio… te vio besando a una mujer fuera de un hospital hace unos días.
El silencio fue un muro de cemento.
Sol sintió que el mundo se le venía encima. El padre giró la cabeza hacia Zafiro, su mirada recorriendo su cabello rojo y sus ojos firmes.
—Y adivina qué. Esta muchacha, Zafiro, tiene exactamente las mismas características que me describieron. El mismo pelo, los mismos ojos.
Zafiro sintió el golpe. Su intento de ser amable la había condenado y, peor aún, había delatado a Sol. Intentó intervenir, abrió la boca.
—Señor, no es lo que usted…
—¡Cállate! —rugió el hombre, dando un paso adelante. Su rostro estaba congestionado—. No tienes absolutamente nada que hacer con mi hija. No la confundas y déjala en paz. Eres una señora ya, no le metas ideas a la cabeza a mi hija.
El padre comenzó a insultar a Zafiro. Sus palabras eran venenosas, hirientes, dirigidas a su persona y a su identidad.
—Tú eres una pervertidora, una desviada —escupió, con el odio destilando en cada sílaba—. Aléjate de mi hija.
Zafiro sintió el ardor en sus mejillas. Su calma colapsó ante la brutalidad. Se quedó allí, en silencio, con el cuerpo rígido. Sabía que cualquier palabra suya solo empeoraría la situación de Sol después.
Sol, al ver la humillación, al ver a Zafiro herida y callada, reaccionó con un dolor desgarrador. No podía dejar que su padre hiriera a Zafiro.
Extendió su mano temblorosa y agarró el brazo de su padre.
—Basta, papá. Vámonos.
Tiró de él, obligándolo a girarse, a abandonar la confrontación. El padre cedió, aún lanzando una última mirada de advertencia y desprecio a Zafiro.
Sol fue hacia la camioneta, pero antes de subir, antes de entrar en su prisión, sus ojos se encontraron con los de Zafiro. Su rostro era una máscara de absoluta desolación.
—Lo siento —murmuró Sol, apenas audible. Un lamento roto que era una disculpa, una promesa de dolor y una despedida forzada.
El padre la empujó suavemente hacia el asiento del pasajero. La puerta se cerró y la camioneta se alejó, dejando a Zafiro sola y temblando.
Zafiro condujo de vuelta a su apartamento en piloto automático. La rigidez que había adoptado frente al padre de Sol no la abandonó. Sus manos estaban blancas sobre el volante de cuero, los nudillos apretados. No sentía el motor, solo un zumbido persistente en su oído, el eco de los insultos y de la voz desesperada de Sol diciendo: «Lo siento».
Llegó a su edificio, estacionó y subió las escaleras. Entró en su apartamento, un espacio de orden y silencio, y se dejó caer pesadamente sobre el sofá.
Se quedó tendida, mirando el techo. Estaba físicamente exhausta, pero el dolor aún no la había roto. Estaba en shock, su cerebro intentando procesar la injusticia emocional de lo que acababa de presenciar.
De repente, su teléfono, que había lanzado sobre la mesita, vibró.
Una vez, dos veces, tres veces.
Tardó unos instantes en reunir la fuerza para agarrarlo. La pantalla iluminó su rostro con una luz cruel: era Sol.
Abrió la conversación. Los mensajes no eran textos casuales; eran párrafos cortos y definitivos, separados por el tiempo que le tomó a Sol teclearlos bajo la atenta vigilancia de su padre.
El primer mensaje la golpeó:
«Zafi, por favor, perdóname».
El segundo, el ultimátum:
«No podemos más. Esto no está bien, no es algo que deberíamos sentir ni tú, ni yo ni nadie».
El tercero, la puñalada de la culpa:
«Siento haberte hecho perder el tiempo. Yo estaré bien, te lo prometo. Espero que tú también lo estés».
Zafiro sintió que un nudo de hielo se formaba en su garganta. Podía sentir el miedo en cada puntuación, la presión bajo la que Sol había escrito.
Pero fue el último mensaje, el más corto y el más devastador, el que le quitó el aliento.
«Sí, estaba confundida».
La palabra «confundida» era el epitafio de su relación, la mentira que Sol había tenido que adoptar para sobrevivir. Era la negación de cada beso, de cada noche, de cada plan futuro que habían compartido.
Zafiro subió la conversación y comenzó a releerla, línea por línea. Su corazón solo leía la palabra «adiós» en cada una de esas frases.
El miedo había obligado a Sol a anular su propia verdad.
—No, no es cierto —susurró, intentando convencerse a sí misma, pero su voz sonó débil y vacía en el silencio del apartamento.
La negación se hizo insostenible. La rigidez de su cuerpo, el control que había mantenido, se rompió de golpe. Un sollozo silencioso le subió por el pecho, un temblor que la sacudió de pies a cabeza.
Se giró, cubriendo su rostro con un cojín grueso para ahogar el sonido. Rompió en llanto.
Era la rabia por la injusticia, la impotencia de ver a la persona que amaba ser forzada a mentir y el profundo dolor de ser borrada de la vida de Sol con una sola palabra. Le dolía mucho la certeza de que Sol no lo había escrito por voluntad propia.