El apartamento estaba patas arriba por culpa de Saher, a ella y a Scarlett se les ocurrió remodelar todo para que fuera un espacio más sano, lejos de los recuerdos dolorosos de Jeremy.
Me dolió meter sus fotos y sus cosas en cajas, sentía que lo estaba haciendo a un lado, pero las chicas notaron mi actitud desalentadora y decidieron hacer una pausa para comer; la pequeña pausa aclaró mis pensamientos y la llegada característica y ruidosa de Zay ayudó mucho con eso.
— ¡Zay Zay, ya llegó! — La morena entró, viendo con detenimiento — ¿Acaso pasó un tornado por tu casa, Nao?
— No, estamos remodelando — Le explicó Scarlett desde su lugar en la mesa.
— Ok, ¿Y me llamaron para...?
— Para que nos ayudes con tu toque personal — Saher y yo nos miramos las caras, ninguna de las dos estaba muy convencida respecto a eso. Zay puede ser un poco extravagante la mayor parte del tiempo y al parecer Scarlett notó la preocupación en nuestros rostros, porque cambió sus ideas de inmediato — O puedes darnos una mano en esto. Hay demasiado desorden aquí.
— No gracias, prefiero mirar desde aquí — Seguido a sus palabras, arrastró una de las sillas de madera y se sentó, robando la caja de papitas de Scarlett e ignorando la cara de desaprobación que le lanzó la castaña a la morena en solo segundos — ¿Qué piensan hacer con este lugar?
— No me mires a mí. Ellas dos se levantaron hoy con esa idea en la cabeza — Encogí mis hombros, sin estar realmente interesada por lo que harían con el departamento. Mientras no toquen mi habitación, pueden hacer lo que quieran con el lugar, aunque estoy replanteando eso último, porque son muy capaces de demoler una pared o romper el baño para hacer uno nuevo.
Saher y Scarlett han visto y me han hecho ver demasiados programas de remodelación para siquiera poder contarlos y en verdad temo por el bienestar del apartamento ahora que lo pienso mejor.
— Naomi no colabora. Se ha negado a deshacerse de todo, comienzo creer que es una acumuladora — Me acusó Saher desde su lugar en la mesa, dándole otro mordisco a su hamburguesa y sacando otra para pasársela a Zay.
— No soy una acumuladora — Me defendí, entrecerrando los ojos— Solo no veo la necesidad de deshacerme de mis cosas cuando aún están en perfecto estado. Nuestro presupuesto no nos permite inventar demasiado, ¿Recuerdas?
La castaña que se hace llamar amiga mía volteó los ojos a la vez que dejaba salir el aire de sus pulmones en un resoplido ruidoso y exagerado, guardó lo que sobró de su comida y tanto ella como Scarlett se pusieron manos a la obra otra vez, arrastrando los botes de pintura que Elliot nos había hecho el favor de traer para empezar a pintar las paredes de un color crema, sustituyendo el gris claro de antes.
Todas terminamos ayudando, hasta Zay que en un principio se mostraba reacia a levantarse de su lugar para mover un dedo, pero reemplazó su ropa por una vieja que yo tenía, tomando una brocha y poniéndose manos a la obra, aunque pudo más el desorden; Saher, Scarlett, y yo nos vimos hechas un desastre andante por los malos inventos de la morena. Mi suéter terminó arruinado por la cantidad de pintura que cayó sobre él y mi cabello, bueno, tendré que hacerme una limpieza profunda.
Me alejé del rango visual de Zay, aunque ya no tenía sentido, estaba muy manchada, pero la puerta exigía atención y nadie aparentemente pretendía dejar lo que hacía por ir a abrirle a quien sea que estuviera tocando.
Limpié mis manos llenas de pintura sobre mi ropa, negándome rotundamente a manchar más de lo necesario la puerta.
— ¡Hola! — Una rubia en tacones me recibió del otro lado, superando mi altura por unas cuantas pulgadas; su sonrisa era amplia y reluciente, y más atrás había otra mujer, una muy linda debo admitir.
Kasia miró por encima de mi hombro, registrando las manchas de pintura por el suelo cubierto por una fina capa de plástico y cartones, nada más para añadir una protección extra. La curiosidad en sus grandes ojos azules era notoria, estaba incluso más interesada que yo por lo que ocurría adentro — ¿Qué están haciendo?
Resoplé, haciéndome a un lado para que entraran.
— Scarlett y Saher se despertaron con ganas de remodelar el apartamento hoy — Expliqué, señalándole el camino que ella ya sabía hacia una de las habitaciones.
— ¿Y por eso pareces un desastre andante? — La pregunta salió con diversión de sus labios, haciéndome cruzar los brazos en protesta — Ah, qué descuidada soy. Ella es Katrina, una de mis hermanas mayores.
Mi vista viajó a la mujer que parecía no encajar con el entorno. Su ropa y su postura desencajaban totalmente con el desorden que había aquí, incluso conmigo, pero no me dejaría intimidar por su apariencia, es solo una mujer, no una Diosa, aunque me estoy replanteando eso sinceramente; todo en ella grita perfección y finura.
Sin embargo, levanto la mano en el aire y la agito, asemejando un saludo.
— Hola, soy Naomi. Un gusto — La observé por un momento, cuando la sensación de familiaridad me atravesó. Había algo en ella que me recordaba a alguien, pero ¿A quién? — ¿Ya nos habíamos visto antes? Me pareces familiar.
La mujer pelinegra sonrió con modestia, negando suavemente con la cabeza antes de hablar.
— Lo dudo, recordaría a cualquier amiga de mi hermana — Tragué en seco al escucharla. Su voz era delicada, melódica y a la vez, demandante.
Parpadeé, obligándome a volver a fijar mi rumbo. No entendía por qué prácticamente estaba babeando por una mujer, pero lo hacía.
Katrina era hermosa, no había duda alguna de ese hecho; sus ojos por algún motivo eran como dos llamas ardientes que quemaban mi piel con intensidad; su altura complicaba aún más las cosas y eso que no me consideraba una persona pequeña.
Intimidarme no era una opción viable para mí, y ella tampoco tenía por qué saber lo que me generaba su mirada. No soy de las personas que se sonrojan y agradecía mentalmente por ello; fue una suerte que las chicas me llamaran para terminar lo poco que nos quedaba por pintar en la habitación para tener la suficiente fuerza de romper el contacto visual que mantenía y del que apenas era consciente.
— ¡Kasi, te vas a ensuciar! — Saher gritó con fuerza, asemejándose más a un chillido agudo justo en el momento en que la rubia la abrazó por detrás, atrapándola entre sus brazos con un candado improvisado que hizo con sus manos.
— Siempre puedo comprar otra blusa. No es problema para mí, Sahy — Respondió al instante, inclinándose para apoyar su barbilla en el hombro descubierto de la castaña — ¿Por qué no me dijiste? Hubiera venido a ayudar.
— ¿Tu? — Zay dejó lo que estaba haciendo, arqueando las cejas y cruzándose de brazos. Su voz salió con una mezcla de incredulidad y diversión — ¿Sabes usar una brocha, Kasia?
La rubia frunció los labios, separándose del agarre que ejercía sobre mi amiga, dejando salir una risa desdeñosa del fondo de su garganta.
— Puedo aprender si quiero — Protestó, parándose justo en frente de Zay. Su hermana y yo mirábamos en la entrada de la habitación, en silencio. Temía que, en un arrebato, la morena algo mal de la cabeza se le diera por fijar la blusa de la rubia como blanco para la brocha goteante que tenía en su mano, porque no podría pagarla, de eso estoy segura... y tampoco podríamos controlar la guerra que se desataría entre ambas.
— ¿En serio? ¿Desde cuando tienes tanto interés en los trabajos manuales? No esperas que crea, ¿Verdad?
— Ok — Dije, entrando por completo a la habitación, siendo seguida por la hermana de Kasia; no la veía, pero sus tacones resonaban en mi piso haciendo que su presencia fuera imponente y, por loco que parezca, ninguna de las chicas la había notado por la pequeña provocación que estaba montando Zay y que Kasia seguía sin darse cuenta — Vamos a calmarnos aquí. Tú, baja esa brocha, y tú, retrocede antes de que la pintura manche esa blusa — Pedí, metiéndome en medio para marcar distancia entre ellas, solo por si acaso.
— No sé atrevería.
Dios, quería golpearme con algo cuando eso salió de su boca. No había dicho eso, Dios mío, esperaba que fuera solo mi imaginación, pero confirmé que no lo fue al notar cómo el cuerpo de la morena se iba acercando hasta el punto en que mi mano tocó su pecho. Planeaba mancharla, ese era el objetivo que tenía.
— Zay, quédate ahí. Saher, llévate a Kasia de la habitación antes de que ocurra un accidente, por favor.
Coloco mis manos a ambos lados de mis caderas, inclino mi cabeza hacia atrás, hasta que mi nuca toca mi cuello y cierro los ojos, suspirando con pesadez, anticipándome a lo que posiblemente se avecinaba si Saher no se apresuraba en sacar a la rubia de aquí.
Con Zay teniendo una brocha llena de pintura dispuesta a manchar al primero que se le atravesara, era casi como darle a un niño una bomba para jugar. A esa mujer le encantaba hacer desastres y la actitud tan pacífica de Kasia prácticamente parecía una invitación para empezar a molestarla.
Me permití respirar con más tranquilidad de nuevo cuando por fin Saher agarró a nuestra amiga de los hombros y la sacó, rumbo a la sala, en donde estaría segura por ahora mientras escucho las protestas por todo el pasillo.
— ¿Siempre son así? — La voz me devuelve a la realidad, concentrándome de nuevo en la afrodita que tengo en frente; parpadeo por unos segundos, permitiendo que mi cuerpo se relaje. Las chicas miran con atención a la desconocida, pero no preguntan ni dicen nada.
— La mayor parte del tiempo lo son — Admití, lanzándole una mirada rápida, sin ver más allá de lo razonable. No quería parecer grosera ni una pervertida, eso sería una mala primera impresión — Deberíamos salir antes de que tú también termines manchada. — sin esperar respuesta, le hice señas para que saliera de la habitación y me siguiera por el pasillo que ya habíamos recorrido, hasta la sala de estar. Kasia estaba muy concentrada hablando con Saher, así que no quise irrumpir en su conversación. En vez de eso, me dirigí a la cocina, moría por un café y pretendía hacerme uno.
— Háblame de ti, Naomi— Su voz me tomó por sorpresa, no pensé que tomaría la iniciativa, de hecho, se veía muy concentrada en su celular para entablar una conversación conmigo, pero agradecí eso. En verdad soy mala para ser la primera en entablar una conversación.
Me di la vuelta, dándole la espalda a la encimera de la cocina, apretando mi labio con algo de fuerza al pensar en qué decir.
— Algo de mí — Repetí en voz alta, meditando aquello en mi cabeza — Ummm, la verdad no hay mucho que contar.
— Siempre hay algo que contar — Exclamó en un tono que no pude identificar — Kasia me ha contado que ustedes no son de la ciudad, ¿Qué las trajo aquí?
— Supongo que Saher y yo teníamos algo de curiosidad por la ciudad, y luego vino lo de la universidad, así que, aquí estamos — Expliqué, poniendo el agua en la estufa para que hirviera — Pero háblame de ti. De seguro tu vida es mucho más interesante que la mía.
Me giré de nuevo para verla, esperando a que el agua se calentara lo suficiente. Pero me encontré con sus ojos, brillando con una chispa misteriosa y seductora, el negro en ellos era hipnotizante, casi adictivo, casi podía sentir que me absorbían. Katrina avanzó unos cuantos pasos, pasando la isla de la cocina en pocos segundos con una sonrisa persistente en su rostro, ¿Acaso no se cansaba de sonreír esta mujer? A mí ya se me hubiera acalambrado el rostro.
— Tengo una vida interesante, lo admito. No puedo quejarme del trabajo que tengo.
Entrecerré los ojos sin entender, y a la vez despertando la curiosidad dentro de mí. No pude evitar la pregunta que salió sin siquiera darme cuenta.
— ¿En qué trabajas?
La pregunta flotó en el aire, añadiéndole más curiosidad al asunto. Sus codos se apoyaron en la superficie plana detrás de ella, dando la ilusión de que posaba para una cámara oculta que en cualquier momento aparecería.
— Soy médica forense — Abrí mis ojos con interés y ella parecía disfrutar de eso.
— Definitivamente tienes una vida entretenida. La monotonía no es un problema para ti — Seguí, sin disimular mi creciente interés sobre el tema — ¿No te cuesta dormir por las noches? O sea, me refiero a que, viendo tantos cuerpos... ¿No tienes problemas con eso?
Ella negó.
— Te acostumbras rápido — Se detuvo casi al instante, pensando — Pero no siempre es fácil. Cada caso es diferente, cada víctima tiene una historia que contar — Katrina me explicó, encogiéndose de hombros. En verdad se escuchaba como si realmente disfrutara su trabajo y, no lo dudo. En lo personal, no podría con algo así, pero es una profesión que siempre me ha llamado la atención... aunque de lejos; me limito a ver los documentales de asesinatos frente a una pantalla.
— ¿Hace cuánto trabajas en eso? — Formulé otra pregunta mientras hacía el café. El olor inundó mis fosas nasales, intenso y con un ligero amargor que relajaba mis músculos a una velocidad sorprendente — ¿Quieres? — Le ofrecí, elevando una de las tazas, pero se negó.
— No, gracias. — Asentí, sirviéndome — Respecto a lo de cuántos años llevo trabajando en esto. Casi 15 años.
— Wow — Jadeé, impresionada — Me imagino que has visto muchas cosas.
— Demasiadas. Hay muchos locos sueltos por ahí, pero no uses ese término en frente de mi hermana.
— ¿Por qué?
— No le gusta que traten de locos a sus pacientes.
— ¿Pacientes? — Volví a repetir y, ahora que lo pienso, creo que hoy me levanté con un complejo de loro.
— Pacientes — Me confirmó — Es Psiquiatra forense. Aun así, mi carrera es mucho más interesante, ¿No crees?
Separé la taza humeante de mis labios, dándome el tiempo suficiente para pensarlo.
— Para ser sincera, me gustan las dos... Pero de lejos, en un lugar donde esté segura.
Katrina río sonoramente.
— Son carreras muy seguras.
— Ajá — Entrecerré los ojos mientras hablaba con lentitud — Harley Quinn decía lo mismo y terminó siendo otra loca más.
— ¿En serio harás una comparación con un personaje ficticio? — Se río de nuevo.
— En este mundo todo es posible. Al menos eso es lo que me dice mi papá, y yo le creo.
— Quizás tengas algo de razón — Admitió por fin, manteniendo ese aire de escepticismo en su rostro — Aunque todavía me parece un poco ridículo. Tengo que ser sincera contigo, Naomi.
Fue mi turno de encogerme de hombros con una ligera sonrisa pintada en mis labios.
— Bueno, quizás si suena un poco ridículo, pero... a veces es divertido hacer comparaciones algo absurdas, ¿No crees?
— No lo sé. Me gusta usar mucho más mi razonamiento, ¿Empiezo a sonar como una anciana?
— No, para nada — Dije, meditando si era correcto o no decir lo que tenía pensado, pero arriesgándome, lo hice — Estoy segura de que cuando llegue a esa edad tal vez pensaré así.
Abrió la boca, soltando un jadeo silencioso.
— Eso es cruel. Me estás diciendo vieja.
— Jamás haría tal cosa — Me defendí de cualquier acusación — Apuesto lo que quieras a que estás aún en la flor de la juventud.
— Es tentador — Sus ojos captaron de nuevo mi atención por ese brillo extraño destellando en esos dos pozos oscuros. Su mirada se estrechó y juraría que descendió unos cuantos centímetros, hasta estar fijos en mis labios — No apuestes sin saber que ganarás. Podrías meterte en problemas — Me dijo, picándome un ojo — Fue un gusto conocerte Naomi, pero mi hermana solo venía de paso. Ya debemos irnos.
Yo asentí, siguiéndola fuera de la cocina. Kasia ya estaba de pie, junto a la puerta, despidiéndose cálidamente de Saher.
— Adiós, Nao — La rubia también se despidió de mí, saliendo antes que su hermana mayor.
— Nos veremos pronto, estoy segura. Hasta entonces — Se inclinó, dejando un casto beso en mi mejilla. Con su cercanía podía percibir aún más su perfume, incluso lo sentía más fuerte que antes, casi embriagador — No me olvides, Naomi.
— No lo haré, Katrina. Te lo prometo.
Me regaló una última sonrisa antes de darse la vuelta e irse. Yo cerré la puerta, volviendo a la cocina para lavar mi taza de café; los gritos no se hicieron esperar desde la habitación de atrás, al parecer la morena exigía que fuéramos a retomar lo que habíamos dejado a medias. Y sin darme cuenta, me vi arrastrada de nuevo a la remodelación innecesaria.