— Nao, te extraño — La voz aniñada de mi hermana menor sonaba a través de mi laptop, su rostro decorado con una mueca larga y risueña me recibía, con sus ojos suplicantes y agrandados como los de un cachorro. — No quiero esperar tanto para que vuelvas a casa. Amatista también te extraña. Todos lo hacemos.
Sonreí, negando con la cabeza mientras terminaba de lavar los últimos platos sucios.
— No puedo ir aún, Luci. Ya hemos hablado sobre eso — Le dije por segunda vez en lo que llevábamos de la llamada — Más bien, cuéntame, ¿Cómo va la escuela?
— La escuela está bien — No me dio ningún otro detalle al respecto, desviando la vista hacia la mesa de madera en la que estaba apoyada la laptop, sus dedos enroscaban un rulo castaño, alargándolo y encogiéndolo repetidamente. Entrecerré los ojos, dejando lo que estaba haciendo para concentrar toda mi atención en ella.
— ¿Solo eso? ¿Está todo bien, Luci? Puedes decirme lo que sea. Lo sabes — No, no estaba bien, lo sabía.
Mamá había hablado conmigo ayer sobre el comportamiento rebelde que ha tenido mi hermana últimamente, pero me negaba a sacar conclusiones apresuradas, quería escucharla primero y averiguar cuál era el problema para buscarle solución.
— Es solo que... — Comenzó a decir, pero se detuvo, como si no supiera si era bueno continuar. Su labio sufría, podía notarlo, lo estaba mordiendo con fuerza.
— En la escuela me distraigo mucho con cualquier cosa y me cuesta prestar atención. Los demás han empezado a molestarme y... se ríen de mí cuando los profesores me regañan — Podía sentir la frustración en su voz, incluso las lágrimas que luchaban por salir a pesar de que las aguantaba con fuerza, manteniendo su vista baja — ¿Me pasa algo malo, Nao? ¿Soy tonta?
Mi pecho se contrajo al ver sus ojos miel al borde del llanto.
El arrebato de llegar hasta ella y abrazarla, decirle que todo estará bien, que es una niña muy inteligente y capaz de cualquier cosa, que no es una tonta, me incitaba a tomar el primer avión que me llevara directo a casa para consolar a mi hermana, pero antes debía hablar con mamá sin hacerle sentir a Luci que no podía confiar en mí, porque sí lo hace.
— No eres una tonta, Luci. Eres la niña más inteligente que conozco. No dejes que esos niños te hagan sentir menos, porque no lo eres. Eres grande, hermanita — La animé, sonriéndole a través de la pantalla.
No podía hacer más que eso — ¿Por eso has estado peleando en la escuela?— Pregunté, tanteando el terreno que iba a pisar, con cuidado, no quería que se bloqueara. Luci no respondió con palabras, pero su asentimiento me dijo todo lo que necesitaba saber— Bien — Suspiré, dejando que la Naomi, hermana mayor y adulta, tomara las riendas — ¿Por qué no se lo dijiste a mamá?— Es que... ella está tan concentrada en la llegada del nuevo bebé que ya ni siquiera me presta atención. Todo es sobre él.
— Luci— La llamé, moderando mi tono, mi voz salió tan suave y comprensiva como me fue posible. Me esforzaba por transmitirle toda la positividad que necesitaba ahora — Quiero que escuches esto, ¿Si? ¿Puedes mirarme, por favor? Déjame ver esos lindos ojos claros — Le pedí, felicitándola cuando hizo lo que le pedí — Eso es. Quiero que sepas que mamá te sigue amando tanto como siempre, lo que ella siente por ti nunca cambiará, no importa si llega otro bebé a la familia. Mírale el lado positivo: Tendrás un compañero de juegos.
— Eso es mentira. Tendré que esperar mucho tiempo para jugar con el bebé. Además, si es niño no podré hacerlo, dañará mis cosas. Y si es niña ocupará toda la atención de papá — Chilló, dramatizando un futuro incierto como si fuera una especie de presagio, uno muy malo.
— No puedes saberlo. Cuando mamá se embarazó de ti no recuerdo que fuera tan malo — Dejé el comentario en el aire, volviendo a centrarme en nuestra conversación principal — Y hablando de mamá, tienes que decirle... ambas cosas. Debe saber lo que está pasando en la escuela y debe saber que te sientes excluida por la llegada del nuevo integrante.
Ella negó con la cabeza.
— No quiero hacerlo. No quiero que mamá y papá piensen que soy una tonta.
— Luci, ellos jamás pensarían eso. Necesitan saber lo que te está pasando para poder ayudarte — Le expliqué, frunciendo el ceño cuando volvió a aparecer su negativa — Ok, ok, hagamos algo. Si hablas con ellos, yo trataré de convencer a nuestros padres de que te dejen venir a pasar las vacaciones aquí, con Saher y conmigo. ¿Te parece un buen trato?
Mi negociación pareció tener resultados, porque su expresión cambió totalmente, dejando sus labios arrugados en el pasado para darle paso a un rostro esperanzador. Sus ojos se abrieron y brillaron como estrellas fugaces y la sonrisa se dibujó en sus labios, grande y soñadora, radiante igual que siempre.
— ¿Lo prometes?
Asentí.
— Prometo hablar con mamá y hacer todo lo que esté en mis manos para que vengas — Aclaré sin afirmar por completo su viaje hasta aquí.
— Me huele a trampa — Dijo, achicando los ojos.
— Y según tú, ¿Cómo huelen las trampas?
Se encogió de hombros, manteniendo su mirada severa que, más que intimidar, casi me hacía reír a carcajadas, pero no sería justo para ella, no. Mi hermana quería intimidarme de verdad y eso conseguiría, aunque estuviera fingiendo.
— No lo sé, lo escuché en una comiquita, pero no debe oler muy bien — Lo pensó un momento — Debe tener un olor muy dulce para llamar la atención de las personas, y así me huele esto.
— Oh, vamos Luci. Confía en tu hermana mayor — Traté de que me creyera un poco — No soy una mentirosa. Lo sabes.
— En realidad no, si eres buena mintiendo, ¿Cómo puedo saber que nunca lo has hecho conmigo? — Preguntó, buscando respuestas en el techo, como si allí estuviesen escritas.
— Te prometo que nunca te he mentido.
— Si lo hiciste — Afirmó, cruzando los brazos — Me mentiste con lo del hada de los dientes y con lo de si decía mentiras me crecería la nariz como a Pinocho... y nunca lo hizo.
— ¿En serio hablaremos sobre personajes ficticios? Pensé que ya eras muy grande para esas cosas, Luci — Resoplé, escuchando la puerta abrirse a mis espaldas, seguido de risas que inundaban toda la sala hasta llegar a la cocina.
Me di vuelta, fijando en mi campo de visión a Saher y a Kasia con bolsas de compras en las manos — Pequeño potro, me tengo que ir. Prométeme que hablarás del tema con mamá, y yo te prometo por mis trofeos que intentaré convencerla para que vengas, ¿Si?
— Está bien, pero lo has prometido — me repitió, señalandome con la punta de su dedo índice — Te quiero mucho, Nao.
— Yo también te quiero, potro salvaje. — Finalicé, mandándole un sonoro beso antes de colgar la llamada. Concentrándome ahora en las dos mujeres que se encaminaban a la cocina, platicando muy animadas.
— Hola, Nao — Kasia fue la primera en saludarme con un beso en la mejilla. Su perfume me inundó la nariz, de hecho, creo que incluso quedó impregnado en toda mi ropa; me regañé una o dos veces por recordar a su hermana, por alguna razón había logrado intrigarme de una manera sorprendente, no sé si era su mirada o su actitud, pero siento que tiene algo que me llama de una forma inquietante.
Aún recuerdo sus labios clavados en mi mejilla, la piel todavía pica en esa zona y mi corazón se exalta ante el fugaz recuerdo — ¿Nao? — Escucho la voz de la rubia a lo lejos, intrigada; sus dedos chasquean frente a mis ojos y yo parpadeó. Alejando con manotazos mentales a su hermana de mi cabeza, por mi bien.
— Si. Eh, hola — Hago el esfuerzo de sonreír, haciéndome a un lado cuando veo a Saher hacer marometas con el par de bolsas que tiene en sus manos. Lucen a simple vista pesadas, ¿Qué tanto habían comprado estas dos? — Sabes, al decir que teníamos que hacer compras, me refería a cosas básicas, no a todo el supermercado.
Saher hizo un ademán con la mano, rodando los ojos y comenzó a desempacar las compras.
— Puede que nos hayamos emocionado un poco — Se excusó, y yo no podía estar más indignada.
Había nueve bolsas en el mesón de la cocina, bolsas grandes y pesadas. En la lista que les di solo había diez cosas, ¡Diez!, lo básico: Leche, huevos, harina, pan, queso, café, azúcar, carne, aceite y arroz. ¿Cómo terminaron trayendo tantas cosas? Era una compra simple e incluso, hasta ahora me doy cuenta de que tardaron casi toda la mañana en eso, porque son casi las dos de la tarde.
— Tu... — Me acerqué a Saher con la intención de estrangularla, hacerle como Homero le hacía a Bart hasta liberar mi estrés. Se supone que tenemos que hacer rendir lo que nuestros padres nos envían, porque aún no conseguimos un trabajo y, aunque no me guste mucho, dependemos de ellos hasta que volvamos a nuestra vida estable de antes. ¿Cómo se le ocurre comprar tantas cosas innecesarias? Veo hasta un secador nuevo de pelo ahí, por el amor de Dios, voy a matarla, lo juro.
— Hey, hey, respira Nao. Te va a dar algo — Kasia apareció en mi campo de visión, poniéndose como escudo viviente entre la castaña y yo — Saher no gastó nada, no la dejé hacerlo. Todo esto es un regalo para ustedes.
Eso no ayudó mucho.
— ¿Qué tú qué? — Parpadeé, sosteniéndome de los bordes sobresalientes del mesón — Agradezco el detalle, Kasi... pero...
— No quiero oír ningún pero. Puedo permitirme esta clase de cosas, además, mi hermana nos ayudó y — Hizo una pausa, caminando hacia los muebles, ni siquiera noté las otras cosas que estaban puestas allí hasta ahora. Dios, ¿Cuánto dinero gastó? — Te mandó esto — Anunció a modo de cántico mientras se acercaba con algo en la espalda que a pesar de mis intentos, no podía ver. Solo llegaba a distinguir los bordes de una gran caja de color crema — Toma.
Quedé boquiabierta, era hermoso.
Un caballo hecho enteramente en crochet con detalles súper precisos. Era de un pelaje negro brillante, con una crin y una cola hechas de hilos negros y blancos. Me quedé sin aliento, el detalle con el que estaba hecho, su tamaño solo me indicaba el trabajo que había llevado hacerlo, porque era en comparación con un peluche normal, grande.
— Está hermoso — Chillé, abrazando el peluche al instante — ¿Cómo supo...? — La pregunta quedó incompleta al ver la figura de la mujer entrando a mi sala de estar con tanto glamour, resonando la punta de sus tacones en mi suelo alfombrado, armónicamente, casi como una melodía para mis oídos.
Dudaba de su humanidad, ¿Podría un ser humano tener tanta belleza y elegancia juntas? En realidad, lo dudo mucho. Un ser de carne no podría tener tanta perfecta.
— Veo que te gustó. Me alegra mucho ver una sonrisa en tu lindo rostro, florecita — Sus palabras, cargadas de sensualidad, acariciaban cada nota con una lentitud mientras sus caderas se balanceaban de un lado a otro.
El asombró en mi mirada no podía disimularse, mentiría si dijera que lo hice, porque no me tomé ni siquiera la molestia de cerrar mi boca cuando mi mandíbula cayó hacia abajo con la fuerza de una roca al caer en el agua.
La emoción, la vergüenza y la ternura bailaban en mi pecho, cada una teniendo su momento de protagonismo y en ocasiones, mezclándose en una sinfonía confusa y magistral. Aquí estoy, una persona cero apasionada por la música, hablando de sinfonías.
— Le conté a mi hermana tu pasión por los caballos y quiso hacerte este detalle — la rubia a mi lado tuvo la amabilidad de sacarme de mi nube.
Vi como las facciones de Katrina cambiaron sombríamente en solo segundos, apenas fue un destello, uno rápido y casi imperceptible, pero... lo vi. Dio miedo. — Bueno — Aclaró su garganta con un sonido forzoso y fingido — Katrina y su gemela te hicieron este detalle.
— ¿Gemelas? — Pregunté, ignorando lo que había visto hace un instante, no tenía caso retenerlo en mi cabeza. Traté de buscar en lo profundo de mi memoria algo relacionado con una hermana gemela, pero no lo recuerdo. No hay nada grabado al respecto.
Ambas hermanas asintieron. La más alta incluso se atrevió a acercarse, rompiendo por completo mi espacio personal.
Sus iris negros consumieron toda mi atención, me absorbían como dos agujeros, oscuros, profundos y espesos; su mano derecha se elevó hasta tocar mi mentón, fue apenas un roce de sus largas uñas; eran naturales, la falta de esmalte me permitía ver el color transparentoso que tenían e incluso, pude notar el filo en ellas al deslizarlas por mi sensible piel.
— Si florecita. Te hablé de mi hermana el día en que nos conocimos— Habló, en un murmullo — Aneska, mi hermana menor. Le encantó lo que le conté de ti y quiso hacerte un regalo. La idea fue de ella en realidad.
— Oh — Exclamé, sin saber que más decir. Su cercanía me dejaba en blanco.
— Eso me recuerda lo que venía a hacer aquí — Dijo, más para ella que para mí, bajando sus ojos y soltando el mechón de mi cabello para sostener su barbilla, pensativa — Ya que son amigas de Kasia, me preguntaba si querían ir a su fiesta de cumpleaños el sábado... Ustedes y el resto de su grupo.
— ¿Cumples años, Kasi? — Saher buscó a la rubia con la mirada, abriendo los ojos hasta su máxima capacidad, tapándose la boca con sus manos.
— Que olvidadiza soy, siempre se me olvida. Todavía no es tarde para comprarte un regalo. Mierda, tengo que pensar en eso. Soy una muy mala amiga.
Rodé los ojos, sabiendo muy bien la escena que se desarrollaría a continuación, y para ser sincera, no quería verla. No necesito ver tanta melosería casi a diario.
En lugar de eso, me concentré en la vibración de mi celular en mi bolsillo trasero, extrañándome cuando vi la notificación en la parte superior de la pantalla, abriéndolo casi instantáneamente.
Tecleé algo y volví a subir la mirada, únicamente para encontrarme con una mirada gélida y oscura en la cara de Katrina, quien no solo se notaba curiosa... sino que también sus facciones me gritaban algo muy parecido a la palabra "peligro". Pude sentir su intensidad, me golpeó con una fuerza invisible, haciéndome retroceder en mi lugar hasta que ya no había más espacio para redirigir mis pasos.
— Es solo un amigo — Sentí la necesidad de aclarar. En parte, eso me molestaba, nunca tuve que explicarle o decirle a Jeremy quién me escribía, porque no tenía problemas con eso... pero, con esta mujer, no lo sé. Su aura, su actitud y alguna parte extraña me hacen querer explicarle todo por mi propio bien.
— Está bien. No tienes que decírmelo — Cambió de nuevo sus facciones, pasando de un rostro ensombrecido al cálido y amable de antes —. Creo que ya deberíamos irnos. Tenemos una fiesta que organizar y familiares a los que invitar — Asentí, pegándome aún más al mesón de la cocina por su cercanía. Sus manos subieron de nuevo por el costado de mi mejilla, aplanando la palma y dejando un sonoro beso en la parte que no estaba tapada con su tacto.
— Gracias de nuevo por el regalo. Me encantó — agradecí otra vez que no fuera una de esas personas que se sonroja con facilidad — ¿Podría agradecerle a tu hermana por mí, por favor?
— No será necesario. La verás el sábado, florecita — Murmuró, envolviéndome con su perfume.
Encogí mis hombros, elevando las comisuras de mis labios en una sonrisa tímida.
— Supongo que esperaré entonces.
Ella asintió.
— Te veré el sábado — Su voz lo afirmó con total seguridad, no había espacio para la duda, ni para una oposición. Ella estaba dando por hecho que yo iría, y... bueno, si van los chicos, supongo que yo también lo haré.
— Hasta el sábado, Katrina.