El olor a putrefacción penetraba profundo en mi nariz, tan desagradable, denso y asfixiante, como una masa podrida que se deslizaba lentamente por mi garganta, contaminando mi sistema a gran velocidad. Olía a carne vieja, a sangre coagulada. Se me revolvía el estómago en cada inspiración de aire, como si la muerte estuviera disuelta en el ambiente.
Podía sentirlo en cada parte de la casa; podía sentirlo en la parte baja de mi lengua, como si fuera capaz en ese momento de degustar la descomposición. Llegue a ese punto en que no soportas más y buscas en cada rincón. Debajo de los muebles, la cocina, las camas, incluso en la parte de afuera de las ventanas, pero el olor persistía, y no encontraba el porqué. Darla es la persona más limpia que conozco. Ni siquiera ella, que me ha ayudado a buscar, encuentra la fuente. Acabábamos de despertarnos, eran según la hora de mi celular, las doce y media de la noche. Solo teníamos algo claro, y eso era que olor era más potente en la sala.
Fue Darla quien lo notó primero. Moscas, que no sabíamos de dónde habían salido, revoloteaban sobre tres jarrones que su padre le había dado por su cumpleaños. Tres piezas costosas, de las cuales la peli rosa se había enamorado completamente por su diseño artesanal peculiar. Nos acercamos a paso lento, dándonos cuenta al instante del incremento del desagradable hedor.
Darla sostuvo el primero con valentía, sacándolo del estante en el que estaba y soltándolo cuando con el movimiento docenas de moscas salieron volando de adentro. El jarrón se hizo añicos, revelando en su interior lo que parecía ser un corazón. Uno muy real... y muy muerto. Ambas tapamos nuestras narices sin poder evitarlo, observando con ojos bien abiertos lo que estaba en el suelo.
Seguí con el segundo, condenándolo al mismo destino que el primero, porque ni loca metería mi mano adentro. Otro corazón salió, en peor estado que el anterior. Pequeños gusanos se retorcían en él, entrando y saliendo, devorando la carne muerta. Y por último, el tercero. Ese sí fue el peor. Lo que sea que haya sido esa cosa, ahora estaba convertido en una especie de papilla oscura que flotaba en un líquido amarillento, burbujeante y apestoso.
El olor fue mucho peor. Darla estaba luchando para que las lágrimas no salieran de sus ojos. Temblaba, y con razón. Miré el estante de nuevo, notando una nota de papel negra que no debería estar allí.
Mi amiga era demasiado organizada para dejar papeles por allí, así que la tomé, abriéndola con recelo. Al desdoblarlo, una tinta dorada brilló con la luz de la sala. Todo estaba escrito con una caligrafía pulcra, elegante, escrita con pluma, pero el contenido me daba escalofríos.
— ¿Qué es eso, Nao? —Darla apareció desde atrás, mirando por encima de mi hombro.
— No creo que quieras leerlo — Anuncié con voz estrangulada por el miedo. Doblé de nuevo la hoja, pero la peli rosa me la arrancó de las manos, alejándose a sacadas para leerlo en voz baja sin que intentara quitársela. No tardó en curvar sus cejas hacia abajo y apretar los labios en una mueca de desagrado. Lo leía y releía con una seriedad corrosiva. Cuando terminó bajó el papel lentamente, procesando cada palabra de la carta.
— ¿Qué demonios es esto, Nao? ¿Qué clase de declaración enfermiza es esta?
Guardé silencio, pensando en una respuesta que no tenía.
Darla retrocedió, apoyando todo su peso en una de las sillas al dejarse caer en ella... y lloró con fuerza, cubriendo su cara con las palmas de sus manos. El peligro desbordaba en cada línea de ese pedazo de papel.
— No podemos quedarnos aquí. Yo no quiero quedarme aquí... Y si es una de las bromas pesadas de Zay...
— No creo que ella tenga algo que ver aquí.
— Naomi, entraron a mi departamento— Levantó el tono de su voz, con un temblor que apenas y lograba disimular— Zay es la única que sabe cómo abrir la puerta sin necesidad de una llave. ¿Quién más podría ser? Tú misma viste cómo se fue.
— Hey hey— Me agaché hasta quedar a su altura, tomando sus manos heladas entre las mías — Vamos a calmarnos. Ve a la habitación, guardas tus cosas en una maleta y vamos a mi casa. Hazlo mientras yo recojo este desastre, ¿Si?
Sin más opciones que la que yo le daba, se fue, desapareciendo por el pasillo mientras yo me giraba hacia los restos de lo que una vez fueron jarrones. Busqué una bolsa en la cocina, unos guantes y preparando a mi estómago para lo que se venía, me puse manos a la obra. Recogí todo tan rápido como pude sin vomitar ni una sola vez.
Eso era un logro muy grande para mí. Le escribí a Elliot para que nos hiciera el favor de llevarnos a mi casa. Era muy tarde y no quería ponérsela fácil a la asesina que andaba por ahí saliendo a altas horas de la noche al otro lado de la ciudad, y con un poco de suerte, él contestó. Le expliqué la situación y no se negó a buscarnos. Solo faltaba que Darla saliera para poder irnos y pensar bien las cosas en la mañana... con la cabeza fría. También le escribí a Saher para que no se espantara cuando escuchara la puerta abrirse. Aún recuerdo una vez que llegué a casa sin avisar. Esa noche me llevé un buen escobazo de gratis.
No comentamos nada en todo el trayecto. Le pedí a Elliot que no hiciera comentarios al respecto. Yo hablaría con él en privado cuando Darla se fuera a dormir junto a Saher. Sus nervios estaban a flor de piel y no quería alterarla más. De vez en cuando la miraba por el espejo retrovisor. La chica en cuestión se aferraba con fuerza a su maleta.
No la soltaba para nada. Ni siquiera apartaba la vista de la carretera, como si buscara algo o alguien entre la oscuridad de la noche. Al llegar, Saher se la llevó a la habitación sin hacer preguntas, y yo me quedé con el fortachón. Aprovechando el momento para curarle el labio roto y algunos hematomas del cuerpo.
— ¿Qué le pasó a la Ricky Ricón? — Pese a que Elliot era un insensible, la preocupación se notaba. Después de todo, Darla era como una hermana pequeña para él.
Yo resoplé, avivando de nuevo el horrendo suceso.
— A alguien se le ocurrió que era buena idea entrar en su apartamento y dejar tres corazones de no sé qué cosas junto a una nota en la que le declaran de una manera bastante retorcida su amor. — me reí sin gracia alguna — ¿Puedes creerlo? Todo esto es... demasiado raro.
El pelinegro soltó un bufido en respuesta a el exceso de presión que apliqué a uno de los cortes de su abdomen.
— No sé qué decirte. Veo muchas cosas raras en mi trabajo... pero ¿ Tres corazones? — Agregó pensativo al cabo de unos minutos — ¿Qué decía la misteriosa carta exactamente?
Hacía malabares en la cocina. Moviéndome de un lado a otro, intentando mantenerme despierta. En el mejor de los casos me hubiera hecho una taza de café, pero era víctima de una flojera descomunal. Cada uno de mis huesos pesaba y, aun con eso, no quería ir a la cama. No era motivación suficiente.
— Algo así como que había escogido tres corazones, y que cada uno representaba una cosa... eh, deseo... lealtad... y hablaba también sobre que desde el momento en que la vio sintió algo especial. No espera que lo entienda por ahora, pero que con el tiempo lo hará— No eran las palabras precisas. Me negaba a memorizar cada parte, y en sí, la carta decía muchas locuras. Cosas que alguien normal no diría.— Mañana en la mañana Darla te la dará para que la leas— Suspiré, pasando una mano por mi rostro— ¿Crees que es una broma de Zay?
— No, no lo creo. Sé que estaba molesta por algo, pero no creo que sea capaz de algo así. No con Darla.— El chico se levantó y movió sus pies al lado contrario de la cocina, desasiéndose del suéter manchado en la basura. El sonido del contenedor al cerrarse pareció sellar la conversación.
El silencio fue el nuevo protagonista por varios minutos; pensé incluso en irme a dormir... o intentarlo al menos, pero Elliot, visiblemente agotado también, se paró en frente de mí y habló, manteniendo esa pizca de indiferencia.— Puede que suene como un idiota al que no le importa el asunto, pero... Hay líneas que ni siquiera Zay cruzaría. Hoy en la mañana veremos qué pasa. No jugarán con ella de ese modo. Te lo prometo. Vamos a dormir antes de que salga por esa puerta a buscar un par de dólares extra esta noche— Reprobé su comentario con una mirada rápida, incrementando la risa que luchaba por contener para él mismo, y que terminó soltando en voz alta y muy vibrante.
— No le veo el chiste.— Musité en un resoplido.
— Yo sí. — Exclamó, tanteando mi hombro — Tu cara le da el toque. Te tomas todo tan en serio que... — Elliot no continuó, se detuvo ante el pequeño ladrido que escuchamos desde atrás del mesón. Las luces estaban casi en su totalidad apagadas, aunque eso no fue impedimento para ver a la pequeña perrita que se suponía, debía estar en la casa de Kasia y no aquí — Ammmm, esa no es la...
— Sí. —No dejé que terminara. ¿Qué había pasado ahora? No podemos tener perros en el apartamento. Si el dueño viene y la ve, nos meteremos en muchos problemas por no cumplir con las reglas... y ella lo sabe muy bien.— ¿Por qué no se la dio? Si los vecinos la escuchan, le dirán al dueño.
— ¿Y crees que ya no la escucharon? —Se burló, agachándose hasta la altura de la cosita bullera.— Sabes... no creo que Saher pretenda darse a Kasia.
Entrecerré los ojos al no entender.
— ¿Qué? ¿Por qué?
— Porque estoy viendo una cama de perro justo ahí — Soltó, señalando con el mentón la esquina de la sala, como si la evidencia hablara por sí sola. Y de hecho, sí lo hacía. — ¿Cómo te llamas cosa peluda?— Le preguntó al animal, a la vez que leía su placa— Ebony, ¿eh? No sé, Nao. Algo me dice que ella se quedará con ustedes por un largo tiempo.
— Cállate, Elliot — Sisee, manteniendo en su lugar a mi mal humor — Voy a dormir antes de que busque a quién estrangular.
— Pff, como si pudieras conmigo.
Mis ojos se rodaron por inercia.
— ¿Y quién dijo que ibas a ser tú?
— No veo a nadie más. A menos que te refieras a Ebony.
— Vete a dormir tú también. De verdad no sé cómo los soporto a todos — Dije refunfuñando por todo el pasillo hasta que llegué mi cuarto. No encendí la luz. No quería ver nada. Recuerdo tirarme en el colchón sin cuidado alguno y sin desvestirme. Después de todo, no podía hacerlo cuando tenía en la habitación a Elliot.
Miré el techo por unos minutos, como si fuera lo más interesante en toda la habitación, deseando que el cansancio fuera más fuerte que el ruido en mi cabeza. Todo me indicaba que esta iba a ser una de esas noches en las que el sueño, por más que lo llame, no vendrá, y contra todo pronóstico, en algún momento mis ojos se cerraron y caí rendida; no fue hasta la mañana siguiente que me levanté, con unas ojeras enormes y con las mismas energías de un zombie. Me incorporé con pesadez, buscando a tientas mi celular en la mesa de noche. Eran las 6:30 AM, y me sorprendí por la cantidad de mensajes que tenía en mi celular, porque estoy segura de que cuando me fui a dormir no tenía esa cantidad alarmante de mensajes, así que las abrí, y juro que hubiera preferido no hacerlo. Imágenes mías y de Darla durmiendo me dieron la bienvenida.
Una imagen, tras otra.
Sin texto.
Sin una amenaza.
Lo único que tenía era el número desconocido.
Tragué el nudo que empezaba a formarse en mi garganta. El corazón me martilleaba con agresividad en el pecho, pero no me atreví a gritar, en cambio, miré a todos lados, solo para cerciorarme de que nadie estuviera en la habitación. Me levanté con lentitud, en silencio, descansa, caminando paso a paso hacia afuera de la habitación.
Necesitaba un vaso de agua, una taza de café o un trago... cualquier cosa que sirviera. La sensación de que me observaban se hizo más fuerte. El miedo que me ha acompañado toda la vida cobró fuerza. Mucha más que antes. Como si hubiera estado dormido todo este tiempo, esperando justo esta noche para recordarme que nunca se fue. Que siempre ha estado ahí.
Entré a la cocina, deteniéndome en seco.
Sobre la encimera, justo al lado del microondas, había una taza humeante. Alguien... alguien había preparado café. Y junto a él una pequeña nota, diferente a la que encontramos en la casa de Darla. Con una simple oración que me congeló los huesos: Me impresiona lo inocente y perfecta que te ves mientras duermes, corderito.
Esto ya no era un juego. Esto... esto daba miedo. Quien quiera que haya entrado a la casa de Darla y a la mía quería dejarnos en claro que podía entrar, dejar y hacer lo que quisiese... y luego marcharse sin que nadie lo viera. Me sentía enferma. Asqueada. Acorralada.
De repente, el aire que ingresaba en mis pulmones ya no era suficiente, la vista se me nubló y mis piernas flaquearon hasta caer. El suelo me recibió dolorosamente. Todo mi cuerpo temblaba, era incluso difícil ver con las lágrimas acumulándose en mis ojos hasta que cayeron sin control.
Intenté incorporarme, pero mi cuerpo era un desastre andante. Me costó mucho ponerme de pie nuevamente con ayuda de la pared. Me deshice del café, hasta de la taza, y me obligué a mí misma a mantener la calma. Darla no necesitaba más ansiedad de la que ya cargaba por lo de los jarrones. Yo podía con esto. Siempre he podido... quizás deba ir al pueblo por un tiempo. Trabajar otra temporada con mi papá no suena tan mal en mi cabeza.